La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1) 8. Me apetece estar contigo
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8. Me apetece estar contigo

A las ocho y media, Roberto enciende las velas.

No lo hace nunca. Las velas del comedor son de adorno, blancas, largas, con la mecha intacta desde hace años, en dos candelabros de plata que fueron de su madre.

Esta noche las enciende una a una con un mechero largo de chimenea, despacio, y se queda mirando la llama de la última hasta que se estabiliza.

—Hoy cenamos aquí —dice—. Como antes.

Como antes. No sé a qué antes se refiere. Quizá a los primeros meses, cuando aún me llevaba a cenar a sitios con manteles de hilo y me pedía el vino como si fuera un regalo. Quizá a un antes que solo existe en su cabeza.

Ha cocinado él. Magret de pato con salsa de frutos rojos y una ensalada de canónigos con nueces. Ha puesto la mesa con la vajilla buena, la de los bordes dorados, y ha doblado las servilletas en forma de abanico, como en los restaurantes. Hay una botella de Priorat abierta, respirando.

Me ha pedido que me ponga el vestido azul, el de la cena de su cumpleaños. Me lo he puesto. Me ha pedido que me deje el pelo suelto. Me lo he dejado.

Esta mañana, en la peluquería, Eulàlia me ha cortado las puntas, como él quería.

Le dije «solo las puntas, Eulàlia, de verdad, solo un dedo».

Ella me miró en el espejo y no dijo nada.

Cortó un dedo, exacto. Luego, mientras me secaba, me puso la mano en el hombro un segundo, solo un segundo, por encima de la bata.

No he llamado desde su teléfono. No hacía falta. Ya no era jueves por la noche.

* * *

Roberto me sirve el vino. Primero me echa un dedo para que lo pruebe, como un camarero. Lo pruebo.

—¿Está bien?

—Está muy bueno.

—Es de una añada especial. Lo guardaba para una ocasión.

No le pregunto qué ocasión. Me llena la copa hasta la mitad y se sirve él. Brinda. El cristal suena fino, como una campanilla.

—Por nosotros.

—Por nosotros.

Comemos. Él habla. Me cuenta un juicio de esta semana, un abogado joven que ha intentado una nulidad «de manual de primero de carrera» y al que ha dejado «en ridículo delante de su cliente».

Se ríe al contarlo. Yo me río cuando se ríe.

El pato está bueno. Se lo digo. Él dice que la clave es marcarlo primero por el lado de la grasa, en frío, en la sartén sin aceite.

Es una cena normal. Es la cena más normal que hemos tenido en meses. Y no puedo tragar.

Me obligo. Corto trozos pequeños, mastico mucho, bebo un sorbo de agua entre bocado y bocado. Aprendí hace tiempo que dejar comida en el plato es una pregunta, y que todas las preguntas tienen una respuesta equivocada.

En el salón, al otro lado del arco, el reloj da las nueve. Canta entero, las dieciséis notas, y luego las campanadas, una detrás de otra, graves y lentas. Roberto las cuenta en voz baja, moviendo los labios, como hacía su padre, me dijo una vez. Nueve.

—¿Sabes por qué no he ido al Círculo? —pregunta.

Dejo el tenedor.

—Me lo dijiste esta mañana. Que te apetecía estar conmigo.

—Es verdad. —Asiente—. Y porque esta semana no me apetecía oír a Ferran hablar de la loca del 112. Lleva toda la semana con eso. Que si es la mujer de este, que si es la de aquel. —Hace girar el vino en la copa—. Hoy en la Audiencia ya circulaba un nombre.

Me concentro en el aire: cuatro tiempos dentro, cuatro fuera.

—¿Qué nombre?

—Garrido. El de Instrucción 14. —Roberto sonríe—. El pobre está divorciado. No tiene mujer que lo denuncie. Pero tiene una exmujer, y eso, para la gente, ya vale.

—Qué injusto —digo.

—Mucho. —Me mira por encima de la copa—. Por eso me parece tan importante, Paula, que la gente diga la verdad. ¿No crees? Que si alguien tiene un problema lo diga a la cara, en su casa, a quien corresponde. Y no por ahí, a desconocidos.

—Sí.

—Las cosas de casa se arreglan en casa.

—Sí, Roberto.

Me sostiene la mirada un rato más. Luego sonríe otra vez y me pasa la ensaladera.

—Come un poco de ensalada. Estás muy delgada.

* * *

Es al recoger.

Llevo los platos a la cocina, dos cada vez, como me gusta a mí. Vuelvo a por las copas. La mía la cojo por el tallo, como él me enseñó. La suya también. Al levantarla, veo que en el borde, en el cristal fino, hay una marca.

Es mía. Es el rojo del pintalabios, una media luna pequeña en el borde de su copa. No sé cuándo ha pasado. Quizá cuando brindamos, quizá cuando me pasó la ensaladera y yo dejé la copa junto a la suya y luego las cogí sin mirar, y bebí de la que no era.

Me quedo con su copa en la mano, mirando la marca.

—¿Qué pasa?

Está en el arco del comedor, con las manos en los bolsillos del pantalón. No lo he oído llegar.

—Nada. Que he bebido de tu copa sin querer. Ahora la lavo.

Se acerca. Me coge la copa de la mano, sin brusquedad, y la levanta hacia la luz de la lámpara de la cocina. Mira la media luna roja como mira las pruebas de un sumario.

—Sin querer —repite.

—Lo siento.

—No, si no pasa nada. —Su voz se ha vuelto suave, el tercer tono—. Solo me pregunto, Paula, en qué estarías pensando para no saber de qué copa bebes.

—En nada.

—En nada. —Deja la copa en la encimera con mucho cuidado, junto al fregadero—. Toda la cena en nada. Te he estado mirando. Masticabas como si te fueras a atragantar. No has dicho nada de la vajilla. No has preguntado por la añada. Y ahora no sabes ni de qué copa bebes.

—Estaba cansada. Lo siento, de verdad, estaba buenísimo, el pato…

—No me hables del pato.

Lo dice sin levantar la voz.

Me coge del brazo, por encima del codo, en la parte blanda donde la manga del vestido azul lo tapa todo. Aprieta. No mucho al principio. Luego más, con los dedos clavados, hasta que siento el hueso debajo y la vista se me empieza a llenar de puntos.

—Mírame cuando te hablo.

Lo miro.

La primera vez es en el costado, con la mano abierta, rápida, en el sitio exacto de las costillas donde nunca se ve nada aunque lleve bañador. El ruido es sordo, como cuando se sacude una alfombra. Me doblo hacia ese lado. No grito. Aprendí a no gritar el primer año, porque gritar alarga las cosas.

—Me he pasado la tarde cocinando para ti.

—Lo sé.

La segunda vez es igual, un poco más abajo. Me quedo sin aire. Me apoyo en la encimera. Los platos de los bordes dorados tintinean en el fregadero.

—Para que estuvieras contenta. Para que vieras que me importas.

—Lo sé, Roberto. Perdóname. Perdóname, por favor.

Me suelta el brazo. Se mira la mano un momento, como si fuera de otra persona. Luego se la limpia en el pantalón, aunque no tiene nada.

—Me parece que necesitas despejarte —dice—. Ponte el camisón.

* * *

Sé lo que viene. Lo supe en cuanto dijo despejarte.

Subo. Me quito el vestido azul y lo cuelgo en su percha, bien, porque si lo dejo mal también contará. Me pongo el camisón blanco de algodón, el fino, el de verano. No elijo otro. Si elijo otro, contará.

Bajo descalza.

Roberto ya tiene abierta la puerta corredera del salón que da a la terraza. Entra el aire de noviembre, húmedo, con olor a tierra mojada del jardín de los vecinos. Ha dejado de llover hace un rato, pero las baldosas de barro todavía brillan.

—Quince minutos —dice—. Para que pienses en qué estabas pensando.

Salgo. La puerta corredera se cierra a mi espalda con un ruido de goma.

Y luego otro ruido. El pestillo.

* * *

El frío no entra de golpe. Entra por los pies.

Primero las plantas, contra el barro mojado, y luego los tobillos, las pantorrillas. El camisón se me pega a las piernas con la humedad. Me abrazo. Me pongo de lado para que el viento me dé en la espalda y no en el pecho, porque así lo aguanto mejor, y no sé cómo lo sé.

Desde aquí veo el salón entero a través del cristal, iluminado como un escaparate: el sofá, los cuadros, la lámpara de pie, el reloj de caja de madera oscura en su pared, con el péndulo dorado que se mueve de un lado a otro. Las velas del comedor siguen encendidas.

Roberto no se sienta.

Cruza el salón, despacio, y entra en el pasillo. Se enciende la luz del despacho. Se apaga. Se enciende la del baño de invitados. Se apaga. Lo veo moverse por la casa de habitación en habitación, encendiendo y apagando luces, como si buscara algo que se le ha perdido.

Se enciende la luz del cuarto de la plancha.

Dejo de sentir el frío.

Desde la terraza veo la ventana pequeña del lavadero, el ángulo de la lavadora y, apoyada contra la pared, la tabla de planchar, con su funda de flores azules.

Dentro de la funda, en el forro, envuelto en una bolsa de congelación, está el móvil.

La batería, en un calcetín viejo, dentro de la caja de las pinzas.

Roberto entra en el lavadero. Lo veo de espaldas. Abre el armario de los productos de limpieza. Lo cierra. Se queda quieto en el centro del cuarto, con las manos en las caderas, mirando alrededor.

Luego coge la tabla de planchar.

La levanta. La sostiene en el aire con las dos manos, por las patas, como si calculara cuánto pesa. Se queda así un tiempo que no sé medir.

En el salón, el reloj da el cuarto. Cuatro notas que suben y bajan. Las cuento a través del cristal, una por una, sin respirar.

Roberto gira la cabeza. Mira por la ventana del lavadero, hacia la terraza. Hacia mí.

No sé si me ve. Yo estoy a oscuras y él a la luz. Pero me mira como si me viera.

Vuelve a dejar la tabla contra la pared, exactamente donde estaba, y apaga la luz.

* * *

Los quince minutos son treinta y cinco.

Lo sé porque cuento los cuartos. El primero lo da cuando él está en el lavadero.

El segundo, cuando ya ha vuelto al salón, se ha servido otra copa de Priorat y se ha sentado en su butaca, de espaldas a la terraza, a leer el periódico.

El tercero es a las diez menos cuarto. Entonces ya no siento los dedos de los pies y el temblor me sale de dentro, del estómago, en sacudidas que no puedo parar aunque apriete los dientes.

A los cinco minutos del tercer cuarto, Roberto dobla el periódico, se levanta y viene hacia la puerta corredera. Quita el pestillo. Abre.

—Ya está bien —dice, como quien termina un juego.

Me coge del brazo, del mismo brazo, y me mete dentro.

El calor del salón me duele. Me pican los pies como si tuviera hormigas debajo de la piel.

Me sienta en una silla del comedor, delante de las velas, que casi se han consumido.

Me echa una manta de lana sobre los hombros. No me la pone. La deja caer.

Se va a la cocina. Oigo el agua, el hervidor, el ruido de una taza. Vuelve con un té con miel, humeante, y lo deja delante de mis manos.

—Bebe.

Bebo. Derramo un poco sobre el camisón húmedo.

Roberto se sienta a mi lado. Me pone la mano en el pelo y me acaricia despacio, de arriba abajo, como se acaricia a un perro que ha vuelto a casa después de escaparse.

—No quería hacerlo, Paula. —Su voz es baja y casi triste—. Pero me obligas. Sabes cómo me pongo cuando no me escuchas.

—Lo sé.

—Yo quiero cuidarte. Pero tienes que dejar que te cuide a mi manera.

—Sí.

Me lleva la taza a los labios con una delicadeza que me da más miedo que la terraza. Bebo otra vez. El té está amargo debajo de la miel.

Odiarlo y, al mismo tiempo, querer apoyar la cabeza en su mano. No sé explicarlo. Nadie que no lo haya vivido lo entiende, y yo ya no intento que lo entiendan.

Al cabo de un rato, Roberto se levanta. Sopla las velas, una a una. El humo sube en hilos grises hacia el techo y huele a cera quemada y a iglesia.

En la puerta del comedor se para y se gira.

—Por cierto —dice—. Mañana tienes pilates, ¿verdad? A las cinco.

—Sí.

—Te he activado una cosa en el móvil esta mañana, mientras estabas en la peluquería. Para que puedas compartir tu ubicación conmigo. —Sonríe—. Por si te pasa algo por la calle. Una nunca sabe, con lo que hay por ahí.

Se va escaleras arriba. Catorce segundos.

Me quedo sola en el comedor a oscuras, con la manta en los hombros y el té enfriándose entre las manos, y pienso en el martes de hace dieciséis días. En las cinco y veinte. En el taxi negro y amarillo en doble fila en la calle de l’Hospital, con el motor en marcha.

Esta mañana, ha dicho. Lo ha activado esta mañana.

No sé desde cuándo lo tenía antes.