7. El locutorio
El juez de Sabadell firmó las dos órdenes el jueves a las nueve y cuarto de la mañana, sin preguntar nada y sin saber quién era nadie. Mónica las envió a la operadora y a la relojería desde su propio correo, con copia a nadie.
La relojería contestó primero.
El señor Casals había escrito la lista a mano, con pluma estilográfica y una caligrafía de otro siglo. Siete relojes de carillón Westminster, todos dentro del óvalo de la antena.
Una viuda de noventa y un años. Dos médicos jubilados. Un notario. Una fundación. Un anticuario. Un piso vendido hacía un año.
Y el séptimo.
—Joaquín Martínez Prat —leyó Marta—. Calle Ganduxer. Presidente de sección de la Audiencia Provincial.
Claudia se acercó a la pantalla.
—Un juez.
—Un juez viudo. —Marta tecleó—. Su mujer, Teresa Bosch, murió en 2017. Vive solo desde entonces. —Hizo una pausa y leyó algo más en la pantalla—. Muerte accidental. Una caída por la escalera de su casa.
Las dos se quedaron un momento en silencio.
—La mujer del 112 dijo «mi marido» —dijo Claudia al fin—. En presente. No dijo «mi difunto marido».
—Ya. Martínez no encaja.
—No. —Claudia no apartó la vista del nombre—. Pero apúntalo igual.
—¿En qué lista?
—En una nueva.
* * *
Mientras esperaban a la operadora, Claudia mandó a Marta a la calle Muntaner. Volvió a los cuarenta minutos, con el pelo mojado por la llovizna y cara de pocos amigos.
—Nada, jefa. La dueña dice que por ese teléfono pasan veinte personas al día, que ella no apunta quién llama y que si queremos algo, que vengamos con papeles. —Se dejó caer en la silla—. Me ha ofrecido un café. No me lo ha cobrado. Y no me ha mirado a los ojos ni una vez.
—¿Había clientas?
—Dos. Una señora mayor con rulos y otra con la cabeza llena de papel de aluminio, que no ha levantado la vista de la revista en todo el rato. —Marta se encogió de hombros—. Lo normal un jueves por la mañana, supongo.
Claudia apuntó «Eulàlia: volver con papeles» en la libreta y lo subrayó dos veces.
* * *
La operadora contestó a las once.
La tarjeta prepago a nombre de la difunta Remedios Lozano Gil se había vendido en un establecimiento de la calle de l’Hospital, en el Raval: Imran Telecom, locutorio, envío de dinero, reparación de móviles. La habían activado allí mismo, hacía dieciséis días, a las 17:24 de un martes.
—Dieciséis días —dijo Marta mientras cogía las llaves del coche—. Las cámaras de los comercios solo pueden guardar las imágenes un mes. Si tiene cámara, la tenemos por los pelos.
—Si es legal.
—Es un locutorio del Raval que vende tarjetas a nombre de muertos, jefa. —Marta le abrió la puerta—. Seguro que tiene la mejor cámara de la calle.
* * *
El local olía a incienso y a plástico recalentado.
Había seis cabinas de madera con teléfonos fijos que ya no usaba nadie, una pared de fundas de móvil de colores y un mostrador de cristal con aparatos de segunda mano dentro, ordenados por precio.
Encima de la puerta, en una esquina, una cámara pequeña y blanca con un piloto rojo encendido.
Imran tenía unos cincuenta años, gafas de montura dorada y la tranquilidad de quien ha hablado con muchos policías. Miró las placas, miró la orden y suspiró.
—Yo vendo tarjetas, señora. La gente me trae el DNI y yo la activo. No sé si el DNI es suyo o de su abuela.
—No vengo por eso —dijo Claudia—. Vengo por una clienta.
Le enseñó la hora en la pantalla del móvil: martes, 17:24, dieciséis días atrás.
Imran se quedó pensando. Luego entró en la trastienda, detrás de una cortina de cuentas, y volvió con un portátil viejo con la carcasa llena de pegatinas. Buscó la fecha. Fue pasando la grabación hacia atrás, rápido, con gente que entraba y salía a cámara rápida como en una película muda.
—Aquí.
Las 17:21. La puerta se abría y entraba una mujer.
Llevaba una gabardina beige, larga, abrochada hasta arriba aunque en la calle hacía bueno, y un pañuelo de seda al cuello, anudado alto, hasta la barbilla.
Unas gafas de sol enormes, de pasta oscura, que le tapaban media cara.
El pelo recogido debajo de una gorra de lana gris.
Se paraba en mitad del local, sin saber hacia dónde ir, como alguien que entra por primera vez en una iglesia de otra religión.
—Ah, sí. —Imran se ajustó las gafas—. Esta señora. Me acuerdo.
—¿Por qué?
—Porque aquí no entran señoras así. —Lo dijo sin malicia, como un dato—. Y porque me pidió el teléfono más sencillo que tuviera. Me dijo: «El que no se conecte a nada». Se lo enseñé. Un Nokia de teclas, de los antiguos. Treinta euros.
En la pantalla, la mujer se acercaba al mostrador. Imran, más joven en la imagen, le enseñaba algo. Ella asentía. Hablaba muy poco y mantenía las manos dentro de los bolsillos de la gabardina todo el rato.
—¿Le pidió algo más?
—La tarjeta. Le dije que necesitaba el DNI. Se puso muy nerviosa. Entonces yo… —Imran carraspeó—. Yo le dije que a veces tengo tarjetas que ya vienen activadas. Que cuestan un poco más.
—Cuánto más.
—Cuarenta euros.
Marta soltó un resoplido. Claudia no apartó los ojos de la pantalla.
En la imagen, la mujer sacaba por fin una mano del bolsillo para pagar. Llevaba unos billetes doblados. Al estirar el brazo hacia el mostrador, la manga de la gabardina subió unos centímetros.
—Pare ahí.
Imran pulsó la barra espaciadora. La imagen se congeló.
En la muñeca izquierda de la mujer, entre el puño de la gabardina y el dorso de la mano, brillaba algo bajo el fluorescente del locutorio. Un brazalete de oro, rígido, liso, de los que se abren con una bisagra. Ancho como dos dedos.
—Amplíe, por favor.
La imagen se pixelaba al ampliarla, pero se veía lo suficiente. Era una joya buena. No de turista ni de bisutería. De las que se compran en una tienda del paseo de Gràcia con un dependiente con guantes.
—Joder —murmuró Marta—. Eso cuesta más que mi coche.
Claudia se quedó mirando el brazalete un rato largo.
Pensó en la gabardina abrochada hasta arriba, en el pañuelo anudado hasta la barbilla, en la gorra y las gafas.
Lo había tapado todo: el pelo, la cara, el cuello, probablemente las marcas del cuello.
Una mujer que se había preparado durante días para entrar en un locutorio del Raval sin que nadie pudiera reconocerla.
Y no se había quitado el brazalete.
—No se lo podía quitar —dijo en voz alta.
Marta la miró.
—¿Cómo que no podía?
—Si se lo quita y él lo nota, tiene que explicar por qué. —Claudia señaló la imagen congelada—. Es un regalo, Marta. Uno de esos. De los que se dan después.
Marta no contestó. Conocía ese tipo de regalo.
—Siga, por favor —dijo Claudia.
* * *
La mujer pagaba. Imran le daba la caja del teléfono y un sobre pequeño con la tarjeta. Ella lo metía todo en un bolso de tela, de los de supermercado, que llevaba doblado en el bolsillo. Luego se quedaba quieta un segundo frente al mostrador, como si dudara. Decía algo.
—¿Qué le dijo ahí?
—Gracias. —Imran sonrió un poco—. Me lo dijo de una manera rara. Muy despacio, mirándome a los ojos a pesar de las gafas, como si fuera importante. —Se encogió de hombros—. Me dio las gracias como una maestra. Como la maestra de mis hijos cuando le llevamos el regalo de fin de curso.
Claudia lo apuntó en la libreta, palabra por palabra.
En la imagen, la mujer se giraba hacia la puerta. En la calle, a través del cristal sucio del escaparate, se veía la parte trasera de un coche negro y amarillo aparcado en doble fila, con el piloto apagado.
—Un taxi —dijo Marta—. La ha esperado.
—¿Se ve la licencia?
Marta se acercó a la pantalla y entrecerró los ojos.
—Un trozo. Los tres primeros números. —Ya lo estaba apuntando—. El Institut del Taxi tiene el registro. Si el taxista la recogió en un sitio, sabremos de dónde venía.
Claudia asintió despacio. Una peluquería en Muntaner, un taxi en el Raval. La mujer del baño empezaba a tener lugares. Y quien tiene lugares, tiene rutinas.
—Gracias, señor…
—Imran.
—Gracias, Imran. Necesitaremos una copia de esa grabación. Entera, desde que entra hasta que se va.
—Claro. —Imran ya estaba buscando un pendrive en un cajón lleno de cables. Luego se detuvo y la miró por encima de las gafas—. ¿Le ha pasado algo a esa señora?
Claudia tardó un segundo en contestar.
—Todavía no.
Imran asintió despacio, como si entendiera más de lo que decía. Siguió buscando el pendrive. Lo encontró, lo conectó al portátil y empezó a copiar el archivo. La barra de progreso avanzaba muy despacio.
—¿Sabe qué? —dijo de pronto, sin levantar la vista—. Lo que me extrañó no fue la ropa, ni las gafas, ni el oro. Aquí viene gente rara todos los días.
—¿Qué le extrañó?
Imran giró el portátil hacia ella. Retrocedió la grabación unos segundos, hasta el momento en que él le entregaba el sobre a la mujer.
En la imagen, el sobre era más grueso de lo normal. Abultaba.
—Lo que me extrañó —dijo Imran— es que no se conformó con una.
Claudia se quedó muy quieta.
—¿Cómo que una?
—La tarjeta. —Imran se quitó las gafas y las limpió con el faldón de la camisa—. Me preguntó si podía comprar otra. Por si acaso, me dijo. Le dije que sí, que cuarenta euros más. Pagó las dos.
Le puso las gafas otra vez y la miró.
—Se llevó dos tarjetas, inspectora.