6. El jueves
A los catorce segundos de oír la llave, Roberto está arriba.
Lo he medido muchas veces, con el reloj del horno, con el del microondas y contando por dentro, como contaba con los niños cuando jugábamos al escondite.
Catorce segundos desde el clic de la cerradura hasta el último escalón.
Se para en la entrada, deja las llaves en la bandeja de plata del recibidor, cuelga el abrigo, se quita los zapatos y se pone las zapatillas de piel que yo le dejo preparadas, mirando hacia la escalera. Luego sube.
Si la bandeja suena fuerte al dejar las llaves, son catorce segundos. Si no suena, son más. Cuando no suena, es que viene pensando en algo, y entonces sube despacio y yo tengo tiempo de arreglarme el pelo, de comprobar la cocina y de volver a doblar la toalla del baño de invitados.
He aprendido muchas cosas en esta casa. Ninguna sirve para nada fuera de aquí.
* * *
Sé que hay cuatro tonos de voz.
El primero es el de las cenas, culto, paternal, el que hace reír a los Puig. El segundo es el del desayuno, neutro, de periódico, cuando no me mira. El tercero es suave, muy suave, como si hablara con un animal asustado. Ese es el que más miedo da, porque siempre viene antes de algo.
El cuarto no tiene voz. Es el silencio. Puede durar dos horas o tres días. Cuando dura tres días, yo le pido perdón el tercero, aunque no sepa qué he hecho. Se lo pido igual. Es más fácil.
El reloj del salón da los cuartos. Antes lo oía sin escucharlo, como el tráfico.
Ahora lo cuento. A las nueve menos cuarto, Roberto llega.
A las nueve, la cena. A las diez menos cuarto, el telediario termina y él apaga la tele.
A las once, si ha sido un buen día, se duerme leyendo. Si no lo ha sido, las once no existen.
Mi vida va de cuarto en cuarto.
* * *
Esta noche ha sido un día normal. La bandeja ha sonado fuerte.
Durante la cena me ha pedido que le recite mi día. Lo hace desde hace dos años. Empezó como una broma, como el «sí, señor»: «A ver, cuéntame, ¿qué has hecho hoy, mi amor?».
Luego dejó de ser una broma. Ahora tengo que decirlo en orden, con las horas, y él escucha mientras corta la carne en trozos pequeños y exactos.
—A las nueve y media, he ido al mercado de Galvany —recito—. Pescado para mañana, rape. Treinta y dos euros con cuarenta. A las once he vuelto. He planchado tus camisas. A la una he comido. Ensalada. A las cuatro he ido a la farmacia, por las pastillas del estómago. A las seis…
—¿Qué farmacia?
—La de la plaza Bonanova.
—¿Por qué esa? La de aquí al lado es más cómoda.
—Porque la de aquí al lado no tenía. —Es verdad. Lo comprobé antes de ir, por si me lo preguntaba—. Me lo dijeron el lunes.
Asiente. Se lleva un trozo de carne a la boca y mastica. La prueba ha terminado. No sé si la he pasado. Nunca lo sé.
—Mañana es jueves —dice.
—Sí.
—Tienes peluquería.
—A las diez, con Eulàlia.
—Dile que te corte un poco las puntas. Las llevas estropeadas.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Sí, señor.
* * *
Los jueves son míos.
No del todo, porque nada es del todo mío, pero los jueves son lo más parecido que tengo.
Por la mañana, peluquería. Roberto me la permite porque quiere que vaya arreglada a las cenas, y una mujer con el pelo así no se hace sola.
Hora y media en el salón de Eulàlia, en la calle Muntaner, con el pelo envuelto en papel de aluminio, un café con leche en un vaso de cristal y las revistas de los domingos encima de la mesita.
Y por la noche, la cena del Círculo. Roberto y sus amigos cenan los jueves en un comedor privado de la calle Balmes, con chimenea y retratos al óleo de señores muertos. Sale a las nueve y vuelve pasada la una. Cuatro horas y media. Dieciocho cuartos.
Tenía un plan para el jueves. Durante doce días tuve un plan.
El domingo pasó lo del domingo y ya no pude esperar al jueves.
* * *
Hace un mes, en el salón de Eulàlia, leí un reportaje en el suplemento dominical sobre un abogado que defendía a mujeres a las que nadie creía.
Tenía los ojos grises, una cara seria y un titular que no le gustaba, se le notaba en la foto.
Lo leí tres veces con el pelo lleno de papel de aluminio.
Arranqué con cuidado la esquina de la página donde salía el teléfono de su despacho y me la guardé en el sujetador.
Eulàlia me vio arrancarla. Lo sé porque, en el espejo, dejó de lavarle la cabeza a una señora un segundo, solo un segundo, y luego siguió.
Eulàlia me lava el pelo desde hace seis años.
Me ha visto la espalda. Me ha visto la nuca cuando me inclino hacia atrás en el lavacabezas y la bata se abre.
Me ha visto moratones en los brazos que yo le he explicado con puertas, con armarios, con una caída en la ducha.
Nunca me ha dicho nada. Nunca me ha preguntado. Pero nunca me ha cobrado los cafés.
Ese jueves, cuando se fue al fondo a preparar el tinte de otra clienta, me levanté con el papel en la cabeza y fui hasta el mostrador. El teléfono fijo estaba junto a la caja, un aparato beige con los números gastados. Marqué. Una mujer con voz de secretaria dijo el nombre del despacho.
—Mi marido es juez —dije.
Y colgué. Me temblaban tanto las manos que se me cayó el auricular sobre la caja registradora.
Volví a mi silla. Me senté. Respiré cuatro tiempos dentro y cuatro fuera.
A los cuatro minutos volví a levantarme.
Volví a marcar. Volví a decir «Mi marido es juez».
Esta vez quería decir más cosas: mi nombre, mi calle, que tengo miedo de que un día no pare.
Pero oí la voz de la secretaria, que esta vez sonaba distinta, alerta, y pensé que me estaba grabando, que le estaba diciendo a alguien «es ella otra vez», y volví a colgar.
Cuando me giré, Eulàlia estaba de pie al fondo del salón, con un cuenco de tinte en las manos, mirándome.
No dijo nada. Fue hasta la radio de la estantería y subió el volumen. Luego volvió con su clienta.
* * *
En el colegio, a los de segundo, les enseñaba la regla de la mano.
Se dibujaban la mano en un folio, con los dedos abiertos, y en cada dedo escribían el nombre de un adulto de confianza.
Alguien a quien poder contárselo todo. Mamá, papá, la abuela, la profe, el entrenador de fútbol.
Cinco dedos, cinco personas. Así, si alguien les hacía daño y un adulto no les creía, les quedaban cuatro.
Algunos niños llenaban los cinco dedos enseguida y pedían otro folio para dibujar la otra mano. Otros se quedaban con el lápiz quieto en el aire. Martina, la del hermano, solo escribió uno. En el pulgar puso Seño Paula.
Esta noche, después de cenar, mientras Roberto ve el telediario en el salón, friego los platos y me dibujo la mano por dentro.
Pulgar: mi madre. Pero mi madre vive en una residencia de Zaragoza y desde hace dos años me llama «Pilar», que era el nombre de su hermana.
Índice: Eulàlia. Pero Eulàlia solo me ha subido el volumen de la radio.
Corazón: nadie.
Anular: nadie.
Meñique: una voz de mujer joven que dijo «Emergencias, dígame» a las tres de la mañana. No sé su nombre.
Cierro el grifo. Me seco las manos. En el salón, el reloj da los tres cuartos, cuatro notas que suben y bajan.
Mañana es jueves.
* * *
Por la mañana, Roberto se viste delante del espejo grande del dormitorio, como siempre. Yo le preparo la camisa blanca, la de los jueves, la de cuello italiano que le gusta para el Círculo, y el traje gris oscuro. La corbata está en la butaca, granate con un dibujo pequeño de anclas.
Me siento en el borde de la cama, con el café en las manos, y lo miro anudarse la corbata. Lo hace en cuatro movimientos, siempre los mismos, sin mirar, como si la corbata fuera parte de él.
Pienso en esta noche. En las nueve. En los dieciocho cuartos. En lo que podría decir esta vez, con más tiempo, con la casa vacía: mi nombre entero, la calle, el número, el código de la alarma. Pienso que esta vez no colgaría.
Roberto termina el nudo. Lo ajusta con dos dedos, un milímetro hacia la izquierda. Se mira en el espejo y luego me mira a mí, a través del espejo.
Me sonríe. La sonrisa de las tomas de posesión.
—Por cierto —dice, cogiendo el reloj de la mesilla y abrochándoselo—, este jueves no salgo. Le he dicho a Ernesto que esta semana me apetece quedarme en casa.
Se gira y me pone la mano en la mejilla, la del lado bueno.
—Me apetece estar contigo.