5. Otra mujer colgó
Mónica se pasó el martes entero en Egara, encerrada en reuniones con el comisario general, y no volvió a la comisaría hasta la noche. El miércoles, a las ocho y cuarto de la mañana, Claudia dejó la servilleta de papel encima de su mesa.
La había pasado a limpio en una hoja, pero llevó la servilleta igualmente. Quería que Mónica viera la letra torcida de las diez de la noche y las manchas de tomate de los macarrones de Valentina. Quería que viera la hora.
Mónica leyó la lista dos veces. Se detuvo en el segundo nombre.
—¿Me has puesto a mí?
—Es usted la número dos.
Mónica levantó la vista. Durante un segundo, Claudia esperó la explosión. No llegó. La comisaria se reclinó en la silla y cruzó los brazos.
—Bien —dijo—. Así me gusta. Si no me hubieras puesto, te habría devuelto a homicidios esta misma mañana.
Volvió a mirar la servilleta.
—Garrido —murmuró—. Firmó a las dos y diez y no preguntó nada. Ni una pregunta. Eso es lo raro. Garrido pregunta hasta la marca del bolígrafo.
—Y Ribas leyó la carpeta del revés.
—Ribas es un idiota, no un traidor. —Mónica dobló la servilleta por la mitad—. Aunque una cosa no quita la otra. —Se la guardó en el cajón—. ¿Y la operadora?
—Se llama Laia Ferrà, veintiséis años, tres en la sala del 112. La llamé ayer. Lloró. Dice que no se lo ha contado a nadie, solo a su supervisor, porque es el protocolo con las llamadas de violencia de género.
—Su supervisor.
—Ocho.
Mónica cerró los ojos un instante, como quien cuenta hasta diez.
—Lo que sea que hagas a partir de ahora —dijo— lo sabremos tú y yo. Marta también, si confías en ella. Nadie más. Ni órdenes judiciales a Garrido, ni carpetas encima de la mesa.
—¿Y si necesito otra orden?
—Me la pides a mí y yo buscaré a un juez que no sepa ni dónde está la Ciudad de la Justicia. —Mónica abrió los ojos—. ¿Qué tienes?
* * *
Lo que tenía era un relojero.
Había llamado a los tres talleres de la zona alta a primera hora, antes incluso de ir a la comisaría, con Valentina tirándole de la manga para que le hiciera la coleta.
Dos le colgaron enseguida por protección de datos.
El tercero, Rellotgeria Casals, en una calle estrecha de Sant Gervasi, lo cogió un hombre que hablaba despacio y con mucho catalán.
—Carillones Westminster de pared, en esta zona… —Se oyó un suspiro—. Llevaré seis o siete. Gente mayor, casi todos. Relojes de familia, de esos que se heredan con los cubiertos de plata.
—¿Me podría dar los nombres?
—No, señora. —Lo dijo con amabilidad, como un abuelo que explica algo a una niña—. Con un papel del juez, todo lo que quiera. Sin papel, ni el de mi cuñado.
Mónica escuchó y asintió.
—Te consigo el papel. Mañana. Con un juez de Sabadell que me debe un favor. —Se puso las gafas de leer—. Seis o siete relojes. Eso ya no son cuarenta mil casas.
—No.
—Sigue.
* * *
A las once y diez, el agente de la entrada llamó a la unidad.
—Inspectora Ferrer, hay un abogado que pregunta por usted. Dice que no tiene cita, pero que no se va a ir.
—¿Nombre?
—Adrián Serrano.
Claudia conocía el nombre. Lo conocía todo el mundo que hubiera leído un periódico en los últimos dos años.
Serrano había sacado de la cárcel a una mujer de Badalona que había matado a su marido tras quince años de palizas.
Había llevado el caso hasta el Supremo y había ganado.
Desde entonces su despacho, pequeño y caro, solo aceptaba casos de víctimas.
En las fotos salía siempre serio, con traje oscuro, como si sonreír fuera una pérdida de tiempo.
—Que suba —dijo Claudia.
Marta levantó la vista de su pantalla y arqueó las cejas.
—¿El de la tele?
—El de la tele.
—Pues péinate.
—Marta.
—Solo digo que llevas la coleta de tu hija.
Claudia se tocó el pelo. Era verdad. Se la había hecho igual que la de Valentina, alta y torcida, con la goma de los ositos. No se la quitó.
* * *
Adrián Serrano era más alto que en las fotos y menos serio. O la seriedad la llevaba de otra manera: no en la cara, sino en cómo se quedó de pie en el umbral de la unidad, mirando las seis mesas, la máquina de café rota y el cartel del 016, como si estuviera tomando nota de todo para un informe.
Traje gris antracita y camisa blanca sin corbata. El pelo castaño, con canas tempranas en las sienes. Los ojos eran grises, del color del agua de la Barceloneta en invierno, y no se apartaban de lo que miraban.
Miraron a Claudia. Luego a la coleta de los ositos. Luego otra vez a Claudia.
—Inspectora Ferrer.
—Señor Serrano. —No se levantó—. No tengo mucho tiempo.
—Yo tampoco. —Se sentó en la silla que había delante de su mesa sin que nadie se lo ofreciera—. Así que voy al grano. El lunes de madrugada, una mujer llamó al 112 y dijo que su marido es juez.
Claudia no movió ni un músculo de la cara. Le costó.
—No sé de qué me habla.
—Lo sabe todo Barcelona, inspectora. Me lo contaron ayer en el Colegio de Abogados, en la máquina de café, entre una tostada y un recurso de apelación. —Hizo una pausa—. No vengo a preguntarle si es verdad. Vengo a decirle que creo que es verdad.
—¿Por qué?
Adrián sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta. Lo desbloqueó y lo dejó sobre la mesa, girado hacia ella. Era una captura del registro de llamadas de una centralita.
—Un jueves de principios de octubre, mi despacho recibió dos llamadas con una diferencia de cuatro minutos.
Las cogió mi secretaria, Elvira. Las dos veces, una mujer dijo la misma frase: «Mi marido es juez.»
Y colgó. —Señaló la pantalla con un dedo—.
La primera a las 11:42. La segunda a las 11:46. Desde un número fijo.
Claudia se inclinó hacia el móvil. Era un número de Barcelona, empezaba por 93.
—Elvira apuntó la llamada en el libro de incidencias, porque es así de meticulosa —siguió Adrián—. Le pareció una broma. A mí no. Llamé a ese número esa misma tarde. —Se recostó en la silla—. Es una peluquería.
—¿Una peluquería?
—Eulàlia Estilistes, en la calle Muntaner, a la altura de la plaza Adrià. Clientela fija, señoras de la zona, mechas y manicura los jueves. La dueña no recordaba que nadie hubiera usado el teléfono del mostrador. Lo dijo demasiado deprisa.
Claudia sintió algo que no sentía desde hacía meses: el pequeño vuelco en el estómago de cuando una pieza encaja.
Una peluquería. Era el único sitio de la semana al que una mujer como esa podía ir sola sin que nadie lo cuestionara.
Una hora y media con el pelo envuelto en papel de aluminio, el móvil en el bolso del perchero y un teléfono fijo encima del mostrador, junto a la caja, mientras la dueña lavaba una cabeza al fondo.
—¿Por qué llamó a su despacho? —preguntó.
—No lo sé. —Adrián se encogió de hombros—. El mes pasado salí en un reportaje del suplemento dominical. Una foto mía. Un titular de los que odio, «El abogado de las mujeres que nadie cree». Puede que lo leyera mientras le hacían las mechas. Las peluquerías están llenas de suplementos dominicales.
—¿Y no volvió a llamar?
—No. —Lo dijo bajando la voz—. Esperé un mes. Luego, el lunes, me entero de que una mujer ha llamado al 112 diciendo exactamente lo mismo. Exactamente la misma frase. —La miró a los ojos—. No creo en las casualidades, inspectora.
—Yo tampoco.
—Lo sé. Leí lo del cráneo de Cádiz. —Una sombra de sonrisa, muy pequeña—. «No creo en las casualidades cuando todo encaja tan perfectamente.» Lo dijo usted en la rueda de prensa.
—No me acuerdo.
—Yo sí.
Se quedaron un momento en silencio. Al fondo, Ribas fingía teclear y no le quitaba ojo a la conversación. Marta, en su mesa, estaba más quieta que en toda la mañana.
Claudia cogió una libreta y apuntó el nombre de la peluquería, la dirección y las dos horas, 11:42 y 11:46. Los cuatro minutos. En cuatro minutos, una mujer había tenido que volver a armarse de valor desde cero.
—Necesito ese registro —dijo—. El original. El libro de incidencias de su secretaria.
—Se lo traigo esta tarde.
—¿Por qué me lo da? Podría ir usted a la peluquería, encontrarla, ofrecerle sus servicios. Sería el caso de su vida.
Adrián la miró con algo parecido a la decepción, como si esperara más de ella.
—Porque si la encuentro yo, inspectora, ella tiene un abogado. Si la encuentra usted, tiene una orden de protección. —Se levantó y se abrochó el botón de la chaqueta—. Y porque ya le ha pedido ayuda a dos sitios. Si el tercero también falla, no habrá un cuarto.
Claudia lo acompañó hasta el pasillo. No supo bien por qué. No era necesario. Junto a la máquina de café rota, Adrián se detuvo.
—Una cosa más. —Bajó la voz—. La prensa ya tiene un nombre.
—¿Qué nombre?
—Un periodista de El Observador Digital lleva desde ayer haciendo preguntas por el Colegio de Abogados.
Pregunta por un magistrado concreto. Divorciado, con fama de mujeriego y con una exmujer que lo odia lo suficiente como para hacer una llamada así.
—Adrián hizo una pausa—. Pregunta por Garrido. Instrucción 14.
Claudia se quedó muy quieta.
Garrido. El que había firmado la orden a las dos y diez sin preguntar nada.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó.
—Porque el periodista me llamó a mí para pedirme una valoración. —Adrián sostuvo su mirada—. Le dije que no hago valoraciones de casos que no existen. Y luego vine aquí.
—¿Y por qué cree que Garrido es el equivocado?
—Porque Garrido se divorció hace un año y vive solo en un ático de Poblenou. Sin reloj de carillón, se lo aseguro. Una vez estuve en una fiesta en su casa. Tiene una máquina de pinball y un póster de Rocky.
Claudia no preguntó cómo sabía lo del reloj. No hizo falta. Al ver su cara, Adrián sonrió por primera vez de verdad, una sonrisa breve, casi a regañadientes.
—Barcelona es un pañuelo, inspectora. Y usted está buscando un reloj. Lo sabe media ciudad.
Se fue por la escalera sin esperar el ascensor.
Claudia se quedó en el pasillo mirando la puerta cerrada, con la libreta en la mano y la coleta de los ositos medio deshecha. Notaba un calor en la nuca que le molestaba profundamente. No era por el abogado. Se dijo que era la calefacción.
Cuando volvió a la unidad, Marta la estaba mirando con los brazos cruzados.
—¿Qué?
—Nada. —Marta volvió a su pantalla—. Que lo del reloj solo lo sabíamos tú, yo y Mónica.
Claudia se paró en seco.
Tenía razón. Lo del carillón no estaba en la hoja de la sala, ni en la orden que firmó Garrido, ni en la carpeta que Ribas había leído del revés. Solo lo sabían tres personas. Y el relojero de Sant Gervasi, que no sabía para qué preguntaba.
Fue a la ventana. Abajo, en la acera de la Travessera de les Corts, Adrián Serrano se subía a un taxi.
Claudia sacó la servilleta de su memoria y la reescribió de cabeza, con un nombre nuevo al final:
9. Adrián Serrano. Sabía lo del reloj.