4. El azúcar
Roberto elige la ropa la noche antes.
La deja preparada sobre la butaca del dormitorio mientras yo me desmaquillo: una camisa blanca de algodón y la falda negra que me ciñe las caderas.
Las medias finas, color carne, y los zapatos de tacón bajo, los de las ocasiones en que no tengo que lucirme, solo estar.
Debajo de todo, doblada en un cuadrado perfecto, la ropa interior que él quiere que lleve.
Yo solo tengo que ponérmela y fingir que me queda bien.
Anoche, al volver del restaurante, no me dijo nada en el coche.
Condujo con las dos manos en el volante, en silencio, y yo miré por la ventanilla cómo pasaban los semáforos de la Diagonal.
En casa me pidió el bolso. Lo vació sobre la mesa de la entrada, despacio, objeto por objeto: la cartera, las llaves, el pintalabios rojo, un paquete de pañuelos, el móvil, el de verdad, el que él paga.
Lo desbloqueó con mi código. Sabe mi código. Lo eligió él.
Revisó las llamadas, los mensajes, las fotos. No había nada, porque nunca hay nada. Me devolvió el móvil sin mirarme.
—¿Por qué ibas tan acelerada?
—El orujo de Lluïsa —dije—. Ya sabes que no me sienta bien.
Me miró un rato largo, el mismo rato que me miró en el pasillo, la noche del baño.
—Ya lo sé —dijo al fin—. Por eso no deberías habértelo bebido.
Esa noche dormí en el borde de la cama, con una mano debajo de la almohada. No por nada. Solo para saber dónde estaba mi mano.
El otro móvil sigue dentro de la funda de la tabla de planchar, envuelto en una bolsa de congelación, con la batería aparte. Lo he comprobado esta mañana mientras él se duchaba. Diecinueve segundos. Los conté.
* * *
—Recuerda, Paula —dice en el coche, sin apartar la vista del retrovisor—. Sonríes cuando yo sonría. Hablas solo si te preguntan. Y si notas los ojos de alguien en ti, no apartes la mirada. Eso es una falta de respeto.
—Sí, Roberto.
—¿Sí, qué?
—Sí, señor.
Asiente. El intermitente hace su ruido de reloj.
La cafetería está en la parte alta de la Rambla de Catalunya, de las que todavía tienen camareros mayores con pajarita y sillones de cuero marrón. Huele a café recién molido y al dulzor de los licores que sirven en copas pequeñas, como si fuera de otra época. Quizá lo es.
Los dos hombres esperan junto a la ventana.
—Paula —dice Roberto, tomándome del codo con firmeza—. Ya conoces a Ernesto y a Joaquín.
Los conozco. Los he conocido muchas veces, en muchas cenas, y cada vez Roberto me los presenta como si fuera la primera. Creo que le gusta oírse decir sus nombres.
Joaquín Martínez es viudo desde hace ocho años. Preside una sección de la Audiencia y tiene la cara de un abuelo de anuncio, cansada y amable. Se levanta para darme la mano y la suelta enseguida, como se debe.
Ernesto Salcedo es otra cosa.
Tiene sesenta y siete años, el pelo blanco peinado hacia atrás y una piel fina, de pergamino, con manchas marrones en el dorso de las manos.
Nunca se ha casado. Es magistrado de la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior.
Roberto siempre lo pronuncia entero, como si cada palabra pesara: de la Sala de lo Civil y Penal.
Salcedo me da la mano y no la suelta. La sostiene más de lo necesario y me roza la yema de los dedos con la suya, como si probara la textura de algo que ya le pertenece. Sus ojos son húmedos, de un azul aguado.
—Paula. Siempre tan guapa.
—Gracias, Ernesto.
Sonrío, porque Roberto está sonriendo.
Nos sentamos. Roberto ocupa el sillón del centro, como si presidiera un tribunal. A mí me coloca a su lado, un poco por detrás, en el ángulo exacto donde quiere tenerme: a la vista de todos y al alcance de nadie.
El camarero trae los cafés y tres copas de brandy. Para mí, un cortado. No lo he pedido yo.
Martínez habla de la reforma de la planta judicial, de un ministro que no entiende nada, de una sentencia del Supremo que, según él, «hará historia por idiota». Yo asiento cuando toca. Mis oídos registran las palabras, pero no las guardan. Estoy pendiente de otra cosa.
Salcedo apenas habla. Bebe su brandy despacio y me mira.
No me mira la cara. Su mirada me recorre el cuello, baja hasta el primer botón de la camisa blanca y se queda ahí.
Luego sube otra vez y vuelve a bajar, sin prisa.
Conozco esa mirada. La he sentido en ascensores, en pasillos estrechos, en el metro cuando tenía quince años. Antes podía cambiarme de vagón.
Ahora no. Ahora, con la mano de Roberto apoyada en el respaldo de mi sillón, solo puedo quedarme quieta y dejar que me mire. No apartes la mirada.
Y Roberto lo ve. Lo sé porque, cada vez que Salcedo baja los ojos, la comisura de su boca se curva apenas, medio milímetro. Es la sonrisa de un dueño cuando enseña su casa.
* * *
—Por cierto —dice Martínez, removiendo el café—, ¿os habéis enterado de lo del 112?
El tiempo se espesa como el brandy.
—Algo nos contaron anoche —dice Roberto, sin cambiar el tono—. En casa de los Puig.
—Pues esta mañana ya lo sabía todo el mundo en la Audiencia. —Martínez niega con la cabeza—. Una vergüenza. Que se filtre una cosa así. Imagínate que es verdad, la pobre mujer.
—O imagínate que es mentira —dice Salcedo, con su voz fina, sin dejar de mirarme—, y el pobre marido.
Martínez se encoge de hombros.
—Sea como sea, si fuera uno de nosotros…
—Iría a mi sala —termina Salcedo, y deja la copa sobre la mesa con un clic suave—. Ya lo sabes, Joaquín. Somos aforados. Si uno de nosotros fuera denunciado, el asunto no lo vería un juzgado de violencia cualquiera.
Lo vería el Tribunal Superior. Lo veríamos nosotros.
Lo dice como quien recuerda una norma de tráfico.
Yo no lo sabía. Me quedo mirando el cortado que no he pedido y siento que algo se me abre por dentro, despacio, como una grieta en un vaso.
Lo veríamos nosotros. Si alguien llegara a mi puerta, si alguien me creyera, si yo firmara mi nombre en un papel, ese papel acabaría encima de una mesa de madera noble y lo leerían los ojos húmedos de Ernesto Salcedo.
—Así es la ley —dice Roberto, y se ríe.
Me río. Es la señal.
* * *
—Paula —dice Roberto de pronto—, ¿nos traerías más azúcar?
El azucarero de porcelana está en el centro de la mesa. Lleno.
Lo veo yo. Lo ve Martínez, que mira el azucarero y luego a Roberto con un pequeño ceño. Lo ve Salcedo, que sonríe.
Lo entiendo enseguida. No es el azúcar. Es levantarme. Es cruzar el salón con la falda negra, ida y vuelta, por delante de la mesa, hasta la barra del fondo. Es que me miren mientras obedezco algo que no tiene sentido. Una prueba. Y la prueba no es para mí. Es para ellos.
Me levanto. Me tiemblan las piernas debajo de la falda, pero no se nota porque he aprendido a caminar de una manera que no deja ver casi nada.
Cruzo el salón. El camarero de la barra me da dos sobres de azúcar blanco sin preguntar nada, con cara de haber visto esto antes.
En esta ciudad hay mucha gente que ha visto esto antes.
Vuelvo. Noto la mirada de Salcedo todo el trayecto, de ida y de vuelta, como una mano.
Al sentarme, uno de los sobres se me escurre entre los dedos y cae al suelo, junto al pie de Martínez.
Martínez se agacha antes de que yo pueda moverme. Lo recoge y me lo devuelve, y por un instante sus ojos cansados se quedan en los míos. No hay nada en ellos de lo que hay en los de Salcedo. Hay otra cosa. Algo parecido a la tristeza, o a la vergüenza.
—Mi Teresa también tomaba siempre dos —dice en voz baja, solo para mí—. Decía que el café de aquí era demasiado amargo.
—Pobre Teresa —dice Salcedo, y le da un sorbo al brandy—. Con lo torpe que era con las escaleras.
Martínez no contesta. Vuelve a su copa. Durante unos segundos nadie dice nada, y yo me quedo con el sobre de azúcar en la mano sin saber muy bien qué ha pasado en esta mesa.
Roberto me pone la palma de la mano sobre el muslo, por debajo del mantel, justo donde la piel todavía me arde del domingo. Nadie puede verlo. Yo sí.
—Gracias, Paula —dice en voz alta, para que lo oigan todos. Y aprieta—. Siempre tan obediente.
Martínez levanta su copa sin mirarme. Salcedo bebe sin apartar los ojos de mí.
* * *
A las once y media, Roberto pide la cuenta. Fuera ha empezado a llover, una lluvia fina, de las que no mojan pero lo ensucian todo.
En la puerta, mientras Roberto y Martínez discuten quién paga el aparcamiento, Salcedo me ayuda a ponerme el abrigo. Es un gesto educado, de otra época, como la cafetería. Me sostiene el abrigo por los hombros mientras meto los brazos. Sus manos se quedan ahí un segundo de más.
Se inclina. Huele a brandy, a tabaco antiguo y a una colonia de lavanda, de las de barbería.
—Ten cuidado con lo que cuentas por teléfono, Paula —me susurra al oído.
Y se aparta. Se sube el cuello del abrigo, se despide de Roberto con una palmada en la espalda y sale a la lluvia sin paraguas, sin girarse.
Me quedo en la puerta de la cafetería con el abrigo puesto y las manos dentro de los bolsillos, apretadas. Pienso en lo que ha dicho y en cómo lo ha dicho. Con la misma voz con que se dice «abrígate» o «no corras con el coche». Una frase cualquiera.
O no.
—¿Qué te ha dicho Ernesto? —pregunta Roberto, abriendo el paraguas sobre los dos.
Lo miro. Tiene gotas de lluvia en las cejas plateadas y la cara de siempre, la de las fotos de las tomas de posesión.
—Que me abrigue —digo—. Que hace frío.