La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1) 3. Una mujer muerta
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3. Una mujer muerta

El número desde el que se había llamado al 112 era un prepago. Eso lo sabían desde el primer minuto, porque lo ponía en la hoja de la sala. Lo que no sabían era de quién era.

—Para eso necesito un juez —dijo Mónica a las diez y media, sin levantar la vista del ordenador—. La operadora no nos da el titular de una línea sin una orden.

—Lo sé —dijo Claudia.

—Ya sé que lo sabes. Te lo digo para que entiendas lo que voy a hacer. —Mónica giró la silla hacia ella—. Voy a pedirle a un juez una orden para investigar una llamada en la que una mujer dice que su marido es juez.

Se quedaron las dos en silencio un segundo.

—Lo voy a pedir como una denuncia por amenazas, sin más detalles —siguió Mónica—. Con el número, la hora y nada de lo que se dijo. Si el de guardia pregunta, le diré que es rutina.

—¿Quién está de guardia hoy?

Mónica consultó la pantalla.

—Garrido. Instrucción 14.

* * *

Mientras esperaban la orden, Claudia y Marta se pusieron con lo que podían hacer sin pedir permiso a nadie.

La sala del 112 no tenía la localización exacta. Un móvil moderno habría enviado su posición solo. Este no: era un modelo antiguo, de teclas. Únicamente había dejado el rastro de la antena a la que se conectó.

Marta proyectó el mapa de cobertura en la pantalla grande de la sala de reuniones. La antena estaba en la azotea de un edificio de la Via Augusta. Su radio dibujaba un óvalo irregular sobre el plano de la ciudad: Sant Gervasi, Tres Torres, un pedazo de Pedralbes y otro de Sarrià.

—Es la zona alta —dijo Marta—. Calles con nombres de santos, chalets con perro y más abogados por metro cuadrado que en toda España.

—Y jueces.

—Y jueces. —Marta se cruzó de brazos—. ¿Sabes cuántas viviendas caben ahí dentro? Unas cuarenta mil.

—¿Y cuántas tienen un reloj de carillón en el salón?

Marta la miró de reojo.

—Eso no viene en el padrón, jefa.

Claudia se acercó al mapa. Pasó el dedo por el óvalo sin tocar la pantalla, como si pudiera sentir las casas debajo. Una mujer encerrada en un baño con el grifo abierto. Un reloj en el piso de abajo. «Si no vienen, también.»

—Una casa con dos plantas —dijo—. El reloj sonaba lejos, por debajo. Ella estaba arriba, en un baño. Una casa o un dúplex. No un piso normal.

—Eso descarta… —Marta hizo una mueca—. Bueno, la mitad.

—Algo es algo.

Ribas pasó por detrás de ellas con un café en la mano y miró el mapa por encima del hombro.

—¿Seguís con la loca del juez? —preguntó, y se rió solo.

Nadie le contestó. Ribas se fue a su mesa. Claudia esperó a oír su silla y luego bajó la voz.

—Ribas no sabe lo del juez. Mónica dijo que no se lo contáramos.

Marta frunció el ceño.

—Lo sabe porque estaba en la mesa de al lado cuando te dieron la carpeta esta mañana. Lo leyó del revés. Es su único talento.

Claudia se quedó mirando la espalda de Ribas.

—Apúntalo —dijo.

* * *

La orden de Garrido llegó a las dos y diez, firmada sin preguntas. A las cinco menos cuarto, la operadora devolvió los datos.

La línea se había activado hacía trece días. El titular era una mujer llamada Remedios Lozano Gil, con DNI y domicilio en L’Hospitalet de Llobregat.

Marta la buscó en tres bases de datos. En la tercera se le cambió la cara.

—Remedios Lozano Gil murió en marzo de 2019. —Giró la pantalla hacia Claudia—. Cáncer de páncreas, a los setenta y seis años. Viuda. Sin hijos.

—Una muerta con móvil nuevo.

—Es un clásico. —Marta se recostó en la silla—. Tarjetas ya registradas con el DNI de un difunto. Se compran en locutorios, en efectivo, sin preguntas.

—Y nuestra mujer no es un camello.

—Nuestra mujer —dijo Marta despacio— sabía que tenía que comprar una así. O alguien se lo enseñó.

Claudia pensó en una maestra de la zona alta, con su dúplex y su reloj inglés, entrando en un locutorio del Raval a comprar una tarjeta a nombre de una muerta. Para eso hacía falta mucho miedo. O mucho tiempo pensándolo.

Trece días. Había tenido el móvil escondido trece días antes de atreverse a usarlo.

—La operadora tiene registrado el punto de venta de la tarjeta —dijo Claudia—. Siempre lo tiene.

—Para eso necesitamos otra orden.

—Pues que Mónica la pida.

—A Garrido otra vez, no —dijo Marta, y le sostuvo la mirada.

Claudia no dijo nada. Lo había pensado ella también.

* * *

Salió de la comisaría a las siete y veinte, una hora y veinte minutos tarde.

Xavi le había escrito a las seis y cuarto: Tranquila, está conmigo. Hemos hecho macarrones. Ha comido como un estibador. Luego otro a las siete: Ahora se está bañando. Canta lo del reloj del Enrique.

Claudia subió la escalera de dos en dos.

La puerta de Xavi estaba entornada, como siempre que tenía a Valentina, como si temiera que Claudia no supiera dónde encontrarla. Dentro olía a tomate y a gel infantil de fresa. Desde el baño llegaba la voz de su hija, desafinada y feliz:

—¡Ding, dong, ding, dooong! ¡Dong, ding, dong, diiing!

Xavi estaba en la cocina, fregando la olla, con un trapo de cuadros al hombro. No se giró enseguida.

—Perdona —dijo Claudia desde la puerta—. Primer día. Se me ha complicado.

—Ya lo sé. —Él cerró el grifo—. Tienes la cara de cuando se te complica.

—¿Qué cara?

—Esa. La de que no puedes contarlo.

No era un reproche, o no del todo. Claudia se apoyó en el marco. En la nevera de Xavi había un dibujo de Valentina: tres figuras de palo y un gato gris con corona. Lo había pegado él, con un imán del mercado de la Boqueria, y no lo había quitado cuando ella se fue. Claudia procuraba no mirarlo.

—No puedo contarlo —dijo.

—Ya. —Xavi se secó las manos—. ¿Has comido algo?

—Un sándwich de máquina.

Él abrió la nevera, sacó un táper con macarrones y lo dejó en la encimera, delante de ella, sin decir nada. Era lo que hacía antes. Seguía haciéndolo, igual que Claudia seguía dejándole la llave de su casa debajo del felpudo los días que no iba a llegar. Ninguno de los dos lo había hablado.

—Gracias.

—Son de Val. Le he dicho que los guardábamos para ti. Se ha enfadado mucho.

Valentina apareció en el pasillo envuelta en una toalla de pulpo, con el pelo mojado pegado a la cara y Nube colgando de la mano, también mojado.

—¡Mamá! ¿Has oído? ¡Ya me sé el reloj entero!

—Lo he oído desde la escalera, cariño.

—Enrique dice que es el de las campanas de Londres.

—Valentina se acercó, dejando huellas de agua en el suelo—. A los cuartos canta poquito, a las medias canta más…

—… y a las horas canta entero —terminó Claudia, y se agachó a darle un beso—. ¿Todos los relojes cantan igual, Val?

Valentina lo pensó muy seria.

—No. El de la abuela de Lia canta otra canción. Una más fea. Y el de la cocina del cole no canta, solo hace pi-pi.

Xavi se rió por lo bajo. Claudia no. Se quedó mirando a su hija con la toalla de pulpo y pensó en lo que había dicho: no todos cantan igual.

Había otras melodías, otras marcas, relojes alemanes, franceses.

El de la grabación tocaba Westminster, el más común.

Pero un reloj así no se compra en una tienda cualquiera.

Se hereda, o se busca en un anticuario, o se pide a un relojero que lo restaure.

Y alguien le da cuerda cada semana. Alguien lo revisa.

Alguien, en algún taller de Barcelona, conocía ese reloj.

—¿Qué? —preguntó Xavi, que la estaba mirando.

—Nada.

—Ya. Esa cara también la conozco.

* * *

Valentina se durmió a las nueve menos cuarto, con el pelo todavía húmedo, en su propia cama. Claudia se sentó en el sofá con el táper de macarrones fríos y el portátil abierto, buscando relojeros especializados en carillones. Encontró once en la provincia. Tres en la zona alta.

A las diez y cinco le sonó el móvil. Era Pau.

Pau seguía en homicidios, en la misma mesa, con la misma foto de su perro en el salvapantallas. Era el único compañero de los doce años que la llamaba solo para preguntarle cómo estaba. No era el caso.

—Claudia. —Tenía la voz baja, como si llamara desde un pasillo—. ¿En qué te has metido?

—¿Por qué?

—Porque vengo de tomarme una caña con uno de los forenses, que estaba con un fiscal, que venía de una cena en el Colegio de Abogados.

—Pau tomó aire—. Y el fiscal ha contado en la mesa, con todo detalle, que esta madrugada una mujer ha llamado al 112 diciendo que su marido es juez.

Y que la investigación la lleva una inspectora recién trasladada a violencia de género.

Claudia dejó el tenedor en el táper.

—¿Ha dicho mi nombre?

—No le ha hecho falta, ¿no? —Pau hizo una pausa—. Tu llamada ya la conoce media Ciudad de la Justicia.

Claudia colgó tras prometerle que lo llamaría al día siguiente. Se quedó un rato quieta en el sofá, con el portátil apagándose solo y el reloj de la cocina, uno vulgar de pilas, sin campanas, marcando las diez y doce.

Esa mañana, Mónica había dicho cuatro personas: ella, Mónica, Marta y la operadora del 112.

Claudia cogió un bolígrafo y una servilleta de papel y empezó a escribir:

1. Yo.

2. Mónica.

3. Marta.

4. La operadora del 112. Nombre: pedir mañana.

Debajo, con letra más pequeña, añadió:

5. Ribas. Lo leyó del revés.

6. Garrido. Firmó la orden a las 14:10.

7. El secretario de Garrido.

Se quedó mirando la lista. Siete nombres. Y el fiscal ya lo contaba en una cena a las diez de la noche.

La mujer del baño había tardado trece días en atreverse a llamar.

A ellos les había bastado una mañana para devolverla al lugar del que intentaba escapar.