2. El maquillaje
El maquillaje no cubre del todo el enrojecimiento de mi mejilla.
Lo sé, y aun así me quedo veinte minutos frente al espejo del dormitorio hasta convencerme de que nadie lo notará.
Primero, corrector verde para el rojo. Luego, base, en tres capas finas.
Luego, polvos. Es una técnica que aprendí en un tutorial que vi con el volumen a cero, en el baño con el pestillo echado, hace cuatro años.
El pelo suelto hacia la izquierda. Un mechón detrás de la oreja derecha, solo de la derecha, para que el ojo vaya hacia ese lado. Las mujeres que nos peinamos así no lo hacemos por coquetería.
En la comisura del labio tengo un corte pequeño. Lo tapo con un pintalabios mate, de un rojo oscuro que Roberto eligió en una tienda del paseo de Gràcia porque, dijo, «un rojo así dice que eres una mujer seria».
Soy una mujer seria. Me miro y lo compruebo.
Anoche, cuando abrí el pestillo del baño, él estaba en el pasillo con su pijama azul y las manos a los lados.
No me preguntó con quién hablaba. Me preguntó por qué tenía el grifo abierto a las tres de la mañana.
Le dije que me había mareado y que quería mojarme la nuca.
Me miró un rato largo. Luego me pidió que le enseñara las manos.
Se las enseñé. Estaban vacías. El móvil estaba en el bolsillo del albornoz, sin batería, contra mi muslo.
Lo de la mejilla vino después, por otra cosa. Por dejar la toalla mal doblada. Él siempre encuentra otra cosa.
* * *
—¿Lista?
Roberto entra en el dormitorio ya vestido, con el traje gris marengo y la corbata granate, perfectamente alineada con los botones de la camisa.
Tiene cincuenta y un años, el pelo plateado en las sienes y una cara que sale bien en las fotos de las tomas de posesión.
Cuando era alumna suya en la facultad, en una asignatura optativa que solo cogí porque encajaba en mi horario, todas decíamos que se parecía a un actor. No sabíamos a cuál.
No me mira la cara. Me mira el vestido, los zapatos, el bolso.
—Sí, señor.
Lo digo bajito, bajando la vista. Al principio era una broma suya, cuando nos casamos: «¿Sí, señor?», con una sonrisa, imitando a las criadas de las películas antiguas. Luego dejó de ser una broma, y no sé decir en qué día exacto.
Asiente, coge las llaves del coche y sale primero. Yo voy detrás, medio paso, que es la distancia correcta.
Antes de salir, me pongo el brazalete de oro que me regaló en septiembre. Es sencillo y elegante. Lo mereces cuando sabes comportarte, me dijo al dármelo. Si no lo llevo me preguntará por qué.
* * *
El restaurante está en una calle tranquila cerca del Turó Park y parece hecho para exhibir poder.
Paredes de mármol claro, camareros con chaqueta blanca, mesas tan separadas que nadie oye lo que se dice en la de al lado.
Aquí se celebran los nombramientos, las jubilaciones y las sentencias que salen como uno quería.
Esta noche cenamos con los Puig y los Camps. Ferran Puig preside una sección de la Audiencia y Jordi Camps tiene un juzgado de instrucción que, según Roberto, «no le corresponde a alguien de su nivel».
Roberto saluda, estrecha manos, ríe en el momento exacto. Yo sonrío lo justo. He aprendido a calcular cuánto: lo suficiente para que me llamen simpática y no tanto como para que alguien me pregunte algo.
—Paula, qué guapa —dice Lluïsa, la mujer de Ferran, que lleva un vestido rojo y un collar de perlas de tres vueltas—. Ese pintalabios te queda de maravilla.
—Gracias. Lo eligió Roberto.
—Qué detalle. Ferran no sabe ni de qué color tengo los ojos.
A su lado, Montse, la mujer de Jordi Camps, sonríe sin enseñar los dientes. Es la más joven de la mesa y la que menos habla, después de mí.
Nos reímos todos. Debajo del mantel, coloco la servilleta en las rodillas, y nadie ve que tardo tres intentos porque me tiemblan las manos. Nadie sabe que debajo del rojo mate hay un corte.
* * *
Roberto habla de sentencias, de política, de un consejero que va a caer antes del verano.
Su tono es firme, culto, casi paternal. Los otros hombres lo escuchan inclinados hacia él, como se escucha a alguien que va a llegar lejos.
Las mujeres hablamos de nuestras cosas en voz más baja: un viaje a Menorca, la reforma de una cocina, el hijo Lluïsa, que no aprueba Derecho.
De vez en cuando, la mano de Roberto se posa sobre la mía, encima del mantel, a la vista de todos. Un gesto de cariño para la mesa.
Cada vez que me toca, aguanto la respiración. Es la misma mano. No lo pienso con palabras. El cuerpo lo piensa solo.
—¿Y tú, Paula? —Jordi Camps se gira hacia mí con la amabilidad de quien cumple un trámite—. ¿Sigues en el colegio? ¿Era en Gràcia?
Me quedo quieta un segundo. Roberto me prohibió hablar de mi antiguo trabajo hace cinco años, la tarde que dejé de ir. Lo dijo sin levantar la voz: «No vuelvas a mencionarlo, te hace parecer una funcionaria». La respuesta me sale como una lección aprendida.
—No, ya no. Ahora me dedico a la casa. Roberto piensa que es lo mejor.
—Una mujer sensata —dice Jordi, satisfecho—. No como esas que se empeñan en demostrar no sé qué.
Se ríen los tres hombres. Montse mira su plato. Lluïsa juega con las perlas.
Yo sonrío. Pienso en Martina, una alumna de segundo que tenía un hermano mayor que le pegaba.
Me lo contó un martes, en el patio, debajo del tobogán, porque yo había dicho en clase que los adultos ayudan.
La acompañé a dirección esa misma tarde.
Llamamos a sus padres, a los servicios sociales, a todo el mundo.
Martina me hizo un dibujo: yo, con capa, más alta que el colegio.
Lo guardo en una caja de zapatos en el altillo, debajo de los adornos de Navidad. Es el único sitio de la casa donde Roberto no mira, porque no soporta la Navidad.
* * *
En el segundo plato, lubina a la sal que no me como, Ferran cuenta una anécdota de un fiscal que se quedó dormido en un juicio. Todos ríen. Roberto ríe más fuerte que nadie y me aprieta la mano por debajo de la mesa, que es la señal de que yo también debo reírme. Me río.
Con el postre llegan los licores. Los hombres se levantan a fumar en la terraza, porque Ferran tiene un puro cubano que le han traído «de primera mano». Nos quedamos las tres mujeres solas. Es el único momento de la noche en que respiro.
Lluïsa se inclina hacia nosotras con esa cara que pone cuando va a contar algo que no debería.
—¿Os habéis enterado de lo de esta mañana?
Montse levanta las cejas. Yo no muevo nada.
—Me lo ha contado Ferran antes de venir —dice Lluïsa, y baja todavía más la voz—. Se lo ha dicho alguien de la Ciudad de la Justicia, que a su vez lo sabía por alguien de los Mossos.
Una llamada al 112 de madrugada. Una mujer. —Hace una pausa, disfrutándolo—. Dice que su marido es juez.
—¡No! —Montse se lleva la mano al pecho—. ¿Y quién es?
—No se sabe. No dio el nombre. Llamó desde un móvil raro, de esos que no son de nadie. —Lluïsa da un sorbo a su orujo de hierbas—. Ferran dice que será una loca. Que hay mucha envidia.
—Pues claro que es una loca —dice Montse—. ¿Quién va a hacer algo así? Con lo que nos conocemos todos.
Las dos me miran. Esperan mi frase.
Tengo las manos sobre el mantel, una encima de la otra, el brazalete de oro brillando bajo la lámpara.
Me concentro en no apretar los dedos. Me concentro en el aire, que entra por la nariz y sale despacio.
Son las técnicas de respiración que enseñaba a los niños de primero antes de los exámenes. Cuatro tiempos dentro, cuatro fuera.
Han pasado dieciocho horas. Dieciocho horas desde que dije esas palabras en un baño con el grifo abierto, y ya han salido de una comisaría, han cruzado la ciudad y se han sentado a esta mesa.
—Qué horror —digo. Mi voz suena normal. Es la voz que uso para pedir el pan—. Pobre hombre, el marido. Imagínate lo que debe de estar pasando.
—Eso digo yo —asiente Lluïsa, encantada—. Que siempre pagan los mismos.
La puerta de la terraza se abre. Entra el olor del puro, frío y dulce, y detrás entran ellos.
Roberto viene el último, guardándose el mechero en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿De qué habláis tan calladas? —pregunta Ferran.
—De la loca del 112 —dice Lluïsa—. Le estaba contando a Paula.
Roberto se sienta a mi lado. Dobla la servilleta en un rectángulo perfecto y la deja junto al plato. Luego coge su copa de coñac, la hace girar una vez y la deja sin beber.
—Ah, sí. Algo he oído. —Lo dice con una calma absoluta, mirando la copa—. Una broma de mal gusto, seguro.
Pone su mano sobre la mía. Encima del mantel, a la vista de todos.
Con el pulgar empieza a acariciarme la muñeca, justo por debajo del brazalete, en círculos lentos, como hace siempre.
Y entonces, a mitad de un círculo, el pulgar se para.
Se queda quieto sobre mi pulso. Lo siento latir contra su dedo, rápido, demasiado rápido, y no hay ninguna técnica de los niños de primero que pueda bajarlo.
Roberto sigue mirando su copa.
—¿Tienes frío, Paula? —pregunta, sin girar la cabeza. Vas muy acelerada.
* * *