1. Lo que dice el reloj
A las ocho menos diez, Xavi abrió su puerta justo cuando Claudia abría la suya, como cada lunes desde hacía cinco meses.
Valentina salió disparada entre las piernas de su madre, con la mochila a medio cerrar y Queen detrás de ella.
—¡Xavi! Hoy me toca contigo hasta las ocho.
—Hasta las ocho —confirmó él. Le cogió la mochila, le cerró la cremallera sin preguntar y levantó la vista hacia Claudia—. Primer día, ¿no?
—Primer día.
—Suerte, inspectora.
No dijo «guerrera». Hacía tiempo que no lo decía. Lo habían intentado durante un año entero, con todo lo que tenían. Al final ella eligió el trabajo una vez más y él dejó de esperar. Ninguno de los dos se fue del rellano.
Xavi no era el padre de Valentina. No lo había sido nunca en ningún papel, y no había dejado de serlo en todo lo demás.
En el parque, Valentina corría a buscar a Xavi cada vez que quería enseñarle algo. Se había apropiado de él con la naturalidad de los niños, llamándolo «mi Xavi», como si siempre hubiera formado parte de su vida.
—Gracias —dijo Claudia. Besó a su hija en la coronilla y bajó por la escalera, aunque el ascensor funcionaba.
* * *
La unidad estaba en la tercera planta de la comisaría de Les Corts, al final de un pasillo con carteles que Claudia había visto mil veces sin leer: No estás sola.
016. No deja rastro en la factura. Había una máquina de café que nadie había conseguido arreglar desde 2021 y seis mesas, dos de ellas vacías.
Una de las vacías era la suya.
Marta ya estaba allí, sentada en la de enfrente con los pies sobre una caja de expedientes y un vaso de cartón con algo verde dentro.
—Bienvenida a la planta de los casos que nadie quiere —dijo, levantando el vaso—. Es apio. No preguntes.
—No iba a preguntar.
Marta había pedido el traslado con ella sin que nadie se lo pidiera.
Cuando Claudia le preguntó por qué, Marta se encogió de hombros: «Alguien tiene que vigilar que comas.»
Era mentira, o no del todo. Las dos sabían que el caso Castañeda se les había quedado dentro de manera diferente.
A Marta, los niños. A Claudia, la madre del asesino, Azucena, que pasó treinta años recogiendo billetes del suelo de un piso con humedades sin que nadie, ni un solo policía, llamara a su puerta.
Por eso estaba allí. No por los cinco muertos. Por la mujer a la que nadie fue a buscar.
—La comisaria quiere verte a las nueve —dijo Marta. Te aviso: no sonríe.
—Mejor.
* * *
Mónica Soler no sonreía. Tenía cincuenta y pocos años, el pelo gris cortado como un casco y una manera de sentarse que dejaba claro que la silla era suya y el despacho también. Sobre su mesa no había fotos de nadie.
—Ferrer. —No le tendió la mano—. He leído tu expediente. Homicidios, doce años, el cráneo de Cádiz, los Castañeda. Muy bonito. Aquí no te va a servir de nada.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. —Mónica cruzó las manos—. En homicidios la víctima ya está muerta y no puede cambiar de opinión. Aquí sí. Aquí la víctima te llama llorando a las tres de la mañana y a las diez te dice que se cayó por la escalera. Y tú tienes que volver a creerla la siguiente vez. ¿Entendido?
—Entendido.
Mónica la miró un segundo más. Luego sacó una carpeta fina del cajón y la dejó caer sobre la mesa.
—Pues empieza por esto. Entró anoche por el 112 y la sala la ha derivado a primera hora. Ribas dice que es una broma.
Claudia abrió la carpeta. Una hoja con la transcripción de la llamada, la hora, 03:12, y la duración, 2 minutos y 41 segundos. Pegado con un clip, un pendrive.
—¿Por qué cree Ribas que es una broma?
—Léelo.
Claudia lo leyó. Se detuvo en una frase y la volvió a leer.
Mi marido es juez. Si vienen a mi casa, me mata. Si no vienen, también.
* * *
Ribas tenía cuarenta años, una barriga que le apretaba el cinturón y el ingenio de un monólogo de bar.
—¿La mujer de un juez? —dijo cuando Claudia se sentó con los auriculares puestos—. Ya. Y yo soy el sobrino del Papa. Sabes cuántas llamadas así entran, ¿no? La mitad son despechadas y la otra mitad, borrachas.
Claudia no le contestó. Le dio al play.
Había un ruido de fondo constante, blanco: agua corriendo. La voz de la mujer sonaba rebotada, cercana, como si hablara dentro de una caja de azulejos. Un baño, entonces. Con el grifo abierto, para que no la oyeran.
—Es por violencia… doméstica. De género.
No estaba borracha. Una borracha no corrige la palabra a mitad de frase. La mujer había empezado con la palabra que se usa en casa y había saltado a la que se usa en los papeles. Como quien sabe que hay una forma correcta de decir las cosas.
—Yo les decía a mis alumnos que si alguien les hacía daño se lo tenían que contar a un adulto.
Claudia apuntó alumnos en la libreta y lo subrayó dos veces.
Lo escuchó entero una vez más, y otra. A la cuarta, cerró los ojos.
Al minuto 2:19, debajo del agua, había algo más. Notas. Cuatro notas que subían y bajaban, y luego otras cuatro. Muy débiles, lejanas, como si vinieran de otro piso de la casa.
Lo conocía. Tardó un momento en saber de qué.
Enrique, el marido de Mercedes, tenía uno en su salón, junto a la vitrina de las copas buenas.
Un reloj de pared, de caja de madera oscura, que había sido de su padre.
Valentina se pasaba las tardes sentada debajo esperando a que sonara.
«Escucha, Val», le decía Enrique, «a los cuartos canta un poquito, a las medias canta más, y a las horas en punto canta entero y luego da las campanadas».
Se llamaba Westminster, por las campanas de Londres. Valentina lo cantaba en la bañera.
Cuatro notas. Un cuarto. A las 03:15, en mitad de una llamada que había empezado a las 03:12.
Diez segundos después, la mujer colgaba sin despedirse.
Claudia se quitó los auriculares.
—No es una broma.
Ribas soltó una risita.
—¿Por qué? ¿Porque llora bien?
—Porque está en un baño con el grifo abierto para que no la oigan. Porque ha sido maestra. Y porque en su casa hay un reloj de carillón que da los cuartos. —Se levantó y le dejó los auriculares sobre la mesa—. Las bromas no se molestan en tener un reloj.
Marta la miraba desde su mesa con una media sonrisa.
—¿Y eso de que ha sido maestra?
—«Les decía a mis alumnos.» En pasado. Ya no lo es. —Claudia volvió a coger la carpeta—. Alguien le ha quitado eso también.
* * *
Mónica escuchó los tres hallazgos sin interrumpirla, con los dedos cruzados delante de la boca. Cuando Claudia terminó, no dijo nada durante un rato. Fuera, en el pasillo, alguien maldijo a la máquina de café.
—¿Sabes cuántos jueces hay en Barcelona? —preguntó al fin.
—Unos cuantos cientos, entre todos los juzgados.
—Unos cuantos cientos —repitió Mónica—. Y cada uno de ellos conoce a un fiscal, a un periodista y a un consejero.
—Se inclinó hacia delante—. Te voy a decir cómo va a funcionar esto, Ferrer.
Esto no sale de aquí. Lo sabemos tú, yo, Marta y la operadora del 112.
Ni Ribas, ni el comisario general, ni tu ex.
Claudia no preguntó cómo sabía lo de Xavi. Asintió.
—Y otra cosa. —Mónica se echó hacia atrás en la silla. Si es verdad, te doy todo lo que necesites. Si no lo es, si señalas a un magistrado por un reloj y una palabra en pasado, no vuelves a homicidios. No vuelves a ninguna parte.
—¿Y si es verdad y no la encontramos?
Mónica la miró como se mira a alguien que acaba de hacer la única pregunta que importa.
—Entonces —dijo— la próxima vez no llamará ella.