La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1)
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Prólogo
03:12
Abro el grifo antes de marcar.
El agua cae en el lavabo con un ruido blanco y constante, y me arrodillo en las baldosas con la espalda contra la puerta. Es la única puerta de la casa que tiene pestillo. Él lo sabe. Por eso solo me deja usar este baño cuando está despierto.
Ahora duerme. Lo he comprobado tres veces. Al respirar hace un ruido pequeño al final, como un punto y aparte.
El móvil cabe en la palma de mi mano. Es de plástico, barato, de los que ya casi no se venden. Lo he tenido doce días metido en el forro de la funda de la tabla de planchar, y ahora está caliente porque lo he apretado demasiado mientras bajaba la escalera.
Marco el 112. Me equivoco con el último número y tengo que volver a empezar. Me tiemblan los dedos y no lo entiendo, porque llevo doce días ensayando esto.
—Emergencias, dígame.
Es una mujer joven, con voz de turno de noche.
No me sale nada. Abro la boca y lo que sale es aire.
—¿Hola? ¿Me oye? ¿Está usted bien?
—No —digo. Y luego, más bajo, porque el agua no lo tapa todo—: Es por violencia… doméstica. De género.
—De acuerdo. Tranquila. ¿Está en peligro ahora mismo?
Miro la puerta. La madera blanca, el pestillo dorado, mi propia rodilla con el moratón que ya está amarillo por los bordes.
—Siempre.
—¿Me puede dar una dirección? ¿Su nombre?
—No.
—Necesito saber dónde está para enviar a alguien.
—No pueden venir. —Lo digo deprisa, porque es la frase que he ensayado—. Mi marido es juez. Si vienen a mi casa, me mata. Si no vienen, también.
Silencio al otro lado. Oigo su teclado. Me la imagino escribiendo juez y deteniéndose.
—Señora, escúcheme. ¿Hay alguien más en la casa? ¿Niños?
—No hay niños.
Antes había alumnos. Veintiocho, cada septiembre, con mochilas que pesaban más que ellos. Les enseñaba las tablas, los ríos de España y una cosa que no venía en ningún libro.
—Yo les decía a mis alumnos —digo, y la voz se me rompe en la palabra alumnos— que si alguien les hacía daño se lo tenían que contar a un adulto. Que los adultos ayudan.
—Hace muy bien en llamar. Está hablando con un adulto. Voy a pasarla con…
En el piso de abajo, el reloj del salón empieza a sonar.
Son cuatro notas que suben y bajan, y luego otras cuatro. Las tres y cuarto. Es un reloj inglés, de la familia de él. Suena cada cuarto de hora, día y noche, desde hace once años. Antes lo oía. Ahora lo cuento.
Arriba cruje la madera del pasillo.
No es la casa. Conozco todos los ruidos de esta casa, y ese no es de la casa.
Cuelgo. Apago el móvil, le saco la batería con las uñas y lo meto todo en el bolsillo del albornoz. Cierro el grifo. Tiro de la cadena para tener algo que explicar.
Los pasos se paran al otro lado de la puerta.
—¿Paula?
Su voz es suave. Siempre es suave al principio.
—Ya salgo —digo—. Me encontraba mal.
Me miro en el espejo y practico la cara. Luego abro el pestillo.
* * *