77. La que no espera permiso
T ras tres días velando por Lioran, supo que era hora. Se levantó sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión irreversible. Se acercó a la esquina donde dormía Rey Baba, envuelto entre hojas.
—Hoy tú comes primero, alteza —murmuró, con una media sonrisa cansada.
Vertió con cuidado unas migas blandas en un cuenco bajo, junto a un poco de fruta que había apartado la noche anterior. El animal, fiel a su costumbre, avanzó con lentitud majestuosa, como si entendiera que todo acto simple también podía ser una forma de ceremonia.
Miró el cielo desde la ventana entreabierta. El Bastión despertaba, pero sin certeza de cómo continuar. Y era ella quien debía dictar el siguiente paso. Ya había llorado, velado, resistido. Por fin, iba a volver a sí misma.
Ordenó un baño. Cuando Mirel entró con las jarras humeantes, vaciló.
—¿Estás segura? Aún está en la habitación. El Guardián.
—Lo sé —dijo, sin dejar de observar el espejo empañado—. Esta es mi habitación. Haré lo que desee.
La sirvienta bajó la cabeza y murmuró—: Dicen que no es apropiado. Que una mujer sola con un hombre…
Serenya no la dejó terminar.
—Los que murmuraban no sangraron por mí. No velaron esta cama. Y si alguien tiene una queja… que venga a decírmelo a la cara.
Esta vez no dejó que nadie eligiera por ella.
Ni ungüentos, ni esencias dictadas por tradiciones ajenas.
Señaló un pequeño frasco de vidrio ámbar que llevaba días ignorando, uno que jamás había sido usado, cuyo olor desconocía.
Lo destapó y lo vertió con cuidado en la tina aún vacía.
El aroma que emergió fue sutil y salvaje.
Raíz de orlaen, savia de azahiel y silmistra.
Una flor de pétalos traslúcidos como cristales nacidos del hielo, con venas oscuras que palpitaban levemente al contacto con el aire.
Crecía en riscos imposibles, donde solo la magia lograba aferrarse.
No tenía perfume floral. Su aroma era mineral y denso, como la lluvia sobre piedra volcánica, como el recuerdo de algo perdido y sagrado.
Se marchitaba cuando se la arrancaba… salvo si quien la tocaba conocía su nombre verdadero.
La palabra surgió sola, como si su madre se la hubiera susurrado desde el agua misma. Aurenya solía bañarla de niña con cantos que no venían de ninguna lengua conocida. Y luego, cuando ya nadie las veía, sumergía las manos en el agua y hacía surgir espirales de vapor con formas imposibles.
—Esto es magia, Serenya —decía en voz baja, mientras dibujaba constelaciones en el aire—. Pero no es para que te obedezcan. Es para que no te olvides.
Entonces, le entregaba una flor —nunca la misma— y le enseñaba su nombre secreto.
«Toda magia empieza con un nombre que solo tú puedes decir sin romper».
Luego, la abrazaba. Y la niña que era pensaba que no había nada más poderoso que eso: que ser abrazada era una forma de hechizo que el mundo había olvidado.
Susurró el nombre entre dientes al verter el aceite. Y en respuesta, una flor de silmistra apareció y flotó sobre el agua, intacta. Aspiró su aroma con los ojos cerrados. No buscaba paz. Buscaba conexión .
Cuando la bañera estuvo lista, alzó la mano y conjuró una pared de agua translúcida, sólida, danzante.
Hermosa. Infranqueable. Se desnudó lentamente.
No como acto sensual, sino como un rito.
Como si al desprenderse de cada prenda, desollara una capa del pasado que ya no quería habitar.
Se sumergió entera, con los ojos cerrados, el cuerpo rendido a la calidez.
Exhaló el aliento, soltando siglos de cadenas invisibles.
Dejó que el agua la acariciara, que le lamiera la piel como un animal manso, que le recordara que seguía viva.
La marca en su vientre no dolía. Brillaba como destino reclamado.
Y el agua, reconociéndola, latía con ella, como un corazón reflejado.
«A veces pienso que el poder no me va a matar… Va a devorarme. Y cuando lo haga, ¿quién quedará para recordarme a mí… y no a la grieta?»
Jugó con la magia. Una hebra de luz surgió de su palma y tocó la superficie del agua.
El líquido respondió, alzándose en espirales suaves, en remolinos suspendidos que flotaban sin caer.
Como si la obedecieran no como reina, sino como parte de sí.
Moldeó con los dedos una flor que nunca existió, y la hizo estallar en gotas.
Invocó una corriente que le trenzó el cabello por sí sola.
Hizo que el agua le envolviera los brazos como brazaletes vivos.
La magia era fuego contenido en líquido. Era hambre. Era danza.
Sintió las sombras que no entraban. La sangre que la buscaba y no hallaba puerta. Allí, en ese círculo íntimo, solo existía ella. La mujer que ya no esperaba permiso.
Cuando la piel ya no dolía y el alma había dejado de gritar... apareció. El cuerpo primero recordó. El corazón, después. La mente… se rindió.
No como un pensamiento forzado. No como un eco manipulado, sino como un recuerdo real. Uno que su cuerpo reconoció antes que su mente.
◆◆ ◆
La biblioteca. Su risa. Su boca. Su nombre. El deseo que no era imposición, sino elección.
Estaban en medio de la cena. Serenya apenas podía concentrarse en el sonido de las copas chocando, en las palabras cargadas de protocolo, en la risa falsa de los aliados.
Sabía que su anillo brillaba bajo la luz de las velas, símbolo de su futura boda con Ezryn, pero lo único que ardía era el roce de su mirada sobre ella.
Cuando se levantó con la excusa de ir al baño, no dio más de dos pasos antes de que una mano firme la tomara del brazo.
—No te escaparás tan fácil, prometida —murmuró contra su oído, su voz aterciopelada como un roce de lengua caliente—. Estás demasiado hermosa para no devorarte un poco antes del postre.
Sin hablar, la condujo por el pasillo en penumbra hasta la biblioteca. Allí, la arrinconó contra una estantería colmada de libros polvorientos. Las cubiertas encuadernadas en cuero fueron el único muro entre sus cuerpos y el temblor que ya no sabían callar.
—¿Ezryn…? —susurró ella, con una sonrisa temblorosa.
Él la miró como si fuera una estrella a punto de estallar.
—Eres lo más jodidamente hermoso que he visto —dijo, meneando la cabeza—. Cada vez que te mueves, me cuesta respirar. Esta noche llevas ese vestido como si supieras que vas a arruinarme.
Y la besó. No con dulzura, sino con hambre.
Su boca se apoderó de la de ella con una intensidad feroz, explorando, exigiendo, memorizando. La lengua de Ezryn se abrió paso con una caricia húmeda y dominante que hizo que gimiera. La besaba como si necesitara grabarla en su memoria. Como si temiera perderse sin ella.
Su mano descendió por su cuello, sus dedos trazando el borde del escote hasta rozar la curva del pecho. Su boca la siguió, besando cada centímetro hasta que su lengua atrapó su pezón a través de la tela.
—Joder… —murmuró contra su piel—. No tienes idea de lo que me haces.
Ella bajó la mano hasta tocarlo. Estaba duro, palpitante contra la tela.
—Sí que lo sé —susurró ella, y apretó suavemente, deslizando la palma sobre su bulto con un movimiento lento y provocador.
Dejó escapar un jadeo bajo, gutural. Cerró los ojos un instante.
—Dioses… —musitó—. Vas a matarme.
Ella sonrió y volvió a rozarlo con los dedos. Esta vez, delineando el contorno de su erección a través de la tela. Era gruesa. Pesada. Tan real que podía sentir el calor traspasando la ropa. La punta se marcaba contra su palma, latente.
—Estás tan duro… —dijo, con la voz cargada de deseo—. Tan listo para mí.
Lo acarició más fuerte, rodeándolo con la mano por encima del pantalón. Ezryn apoyó la frente contra la suya, respirando con dificultad.
—Serenya… si sigues así… voy a corr… —se interrumpió, mordiéndose el labio.
Ella deslizó los dedos hacia su cintura y metió la mano por debajo del cinturón. El contacto con su piel hizo que Ezryn maldijera en voz baja. Serenya bajó aún más, hasta envolverlo con la mano desnuda.
Estaba más caliente de lo que creía posible. Palpitaba al ritmo de su respiración. La piel tensa. El glande húmedo. Se sentía viva.
Comenzó a masturbarlo lentamente. Con movimientos firmes, medidos. Ezryn gimió, ronco, y la sostuvo por las caderas.
—Eres una bruja —susurró, vibrando de placer—. Vas a enloquecerme.
—Ya estás loco por mí —respondió ella, lamiendo su labio inferior .
La besó entonces como si quisiera que su lengua quedara tatuada en la de ella. Su mano no se detuvo. Subía y bajaba con presión perfecta, mientras el cuerpo masculino temblaba contra el suyo.
Él se mordió el labio para no gemir más alto.
—Dile a mi madre que estoy… agotado —jadeó, entre risas—. O no le digas nada. Ya sospecha.
Ella lo soltó de golpe, con una sonrisa traviesa.
—No vas a correrte todavía, príncipe.
—Te juro que esta noche no vas a poder sentarte —le murmuró al oído, con los dientes apretados por el deseo contenido.
—Promesas, promesas —susurró ella, mordiéndole el cuello.
Se quedó quieto un segundo.
—Si me dejas entrar esta vez… Si me dejas entrar del todo… no voy a saber cómo salir. —Ezryn se separó de golpe, respirando con dificultad—. Ve. Antes de que te folle contra esta estantería y nadie se atreva a entrar a esta biblioteca jamás.
Se acomodó el vestido como pudo, vibrando por dentro.
Ezryn desapareció por el pasillo, y ella se quedó un instante más, tratando de tranquilizar su respiración. Volvió al comedor con las mejillas encendidas.
—Me iré a descansar —le dijo a Aelira, intentando sonar casual.
Aelira levantó una ceja, divertida.
—¿Mi hijo también está… cansado?
Sonrió, sonrojada hasta las orejas.
—Extenuado.
Cuando abrió la puerta de la habitación, él estaba allí, de pie junto a la ventana, con la camisa medio desabotonada y los ojos cargados de promesa. Cerró la puerta sin decir una palabra. No las necesitaban. Solo el roce de las miradas incendiaba el aire.