La llama no escrita (Lux Mortem 1) 77. La que no espera permiso #2
95%

77. La que no espera permiso #2

Ezryn acortó la distancia con una rapidez inhumana, y la besó como si fuera la única forma de vivir.

Su espalda chocó contra la madera. Ella subió sus manos hasta su cabello, enterrándolo en él.

Pero no era suficiente. Nunca era suficiente.

Arrastró sus manos por su musculosa espalda hasta encontrar el borde de su camisa.

Acarició la piel desnuda con una necesidad que quemaba. Y él… temblaba.

Las manos volaban de un lado a otro, desenfrenadas. Las bocas no se separaban un instante, mientras la habitación se llenaba de ruidos mojados, casi obscenos. La respiración de ambos era un arma más, entre jadeos, murmullos y besos húmedos.

Fue desnudándola despacio, cruelmente despacio, como si cada capa fuera una condena que debía arrancar con reverencia. Cuando llegó al corset, no dudó. Sus dedos se deslizaron con familiaridad por la lazada, aflojando nudos como quien abre un secreto bien guardado.

Serenya lo observó, jadeante..

—¿A cuántas les has quitado el corset así?

Levantó la vista y la sostuvo, sin rastro de broma.

—A muchas. —Se acercó, rozó su boca con la suya y susurró —: Pero a ninguna que haya importado. A ninguna que se me haya quedado en la piel. A ninguna que me duela como tú.

Serenya cerró los ojos un instante, tragándose ese golpe de ternura y fuego que le atravesó el pecho.

El corset cayó al suelo con un susurro suave, y él deslizó los dedos por los costados de su torso como si la estuviera dibujando.

—Esta noche quiero hacerte sufrir —murmuró contra su cuello—. Pero de la mejor manera.

No pudo responder. Sus piernas casi no la sostenían. La alzó en brazos con facilidad y la llevó hasta la cama con movimientos lentos, rituales, como quien transporta una ofrenda.

La depositó con suavidad, y se colocó sobre ella, presionando su cuerpo contra el suyo, hasta que pudo sentir su erección contra su vientre, caliente, firme, desesperada por entrar.

Lamió el borde de su camisola, dejando un rastro de saliva que empapó la tela. Su boca bajó hasta su pecho, chupando y mordiendo con suavidad sobre la fina seda.

Ella gimió por la necesidad de sentir que no era un sueño. Que podía temblar sin romperse.

—Me muero por saborearte… sin nada entre nosotros.

Deslizó la camisola hacia arriba, lentamente, mientras la miraba a los ojos. Su expresión era adoración. Y hambre. Y algo más.

Cuando la tuvo completamente desnuda, bajó con la boca por su estómago, por sus caderas… y se hundió entre sus piernas. El primer lamido fue lento, profundo, una lengua de fuego que acariciaba su alma.

—Quiero que grites mi nombre —le dijo, no con la boca, sino en su mente.

Su voz no era un pensamiento: era una promesa clavándosele en los huesos—.

No solo quiero tu cuerpo esta noche. Quiero que sepas que me perteneces…

—Hizo una pausa, mientras su lengua trazaba un camino entre sus muslos—.

Y que yo también soy tuyo. Porque lo que nos une…

no se rompe. No se olvida. No se borra con el tiempo ni con la muerte.

—Subió la mirada, fija en la suya, y remató—: Quiero que tu cuerpo me recuerde para siempre.

Quiero que te corras sabiendo que soy tu maldito destino.

La lengua de Ezryn la devoraba sin piedad. Succionaba, lamía, giraba con movimientos calculados para hacerla perder el juicio.

—Quiero que cada orgasmo sin mí te recuerde lo que somos. Lo que fuimos. Lo que nunca vas a poder borrar.

Arqueó la espalda, los dedos enredados en su cabello.

—Ezryn… Ezryn, por favor…

Cuando la llevó al clímax, fue con un rugido contenido. Su grito se ahogó contra el colchón, pero el cuerpo le tembló durante segundos eternos.

—No grites tan alto, amor mío… —susurró, con ese tono en tre burla y amenaza dulce que le erizaba la piel—. No me gustaría tener que matar a alguien por escucharte correrte. —La besó en la parte interna del muslo, con una ternura cruel—. Tus gemidos me pertenecen. Solo yo puedo arrancártelos así.

Serenya no podía más. El deseo era un incendio incontenible.

—Fóllame. Ahora.

Se irguió lentamente, con los ojos encendidos de lujuria y algo más oscuro. Sin apuro, sin vergüenza, comenzó a desnudarse frente a ella. La camisa cayó al suelo, dejando ver su torso marcado, con cicatrices finas en algunos puntos, con venas levemente visibles por la excitación.

Cuando se deshizo del cinturón y bajó los pantalones, su miembro surgió tenso, la punta húmeda y brillante, como un músculo al borde del estallido.

Lo observó, sin parpadear. Su boca entreabierta. La necesidad recorriéndole la columna.

—¿Así me quieres? —preguntó él, mientras subía una ceja.

—Así. Y dentro.

Ezryn sonrió, se inclinó sobre ella y la volvió a girar con suavidad, dejándola boca abajo sobre el colchón. Su mano se deslizó por la curva de su espalda, y besó cada vértebra, una a una, como si sellara un pacto antiguo.

—Algún día —murmuró mientras su lengua bajaba hasta el pliegue de sus nalgas—. Algún día vas a rogarme que te lo haga por aquí también.

Su dedo rozó el orificio con un toque, un anticipo. Serenya gimió, y él rio, bajo y oscuro.

Entonces la tomó por las caderas, y la penetró desde atrás, deliberadamente lento. Con la intención de que lo sintiese centímetro a centímetro. Ella intentó moverse, pero él la contuvo, haciendo de esa invasión una dulce tortura. Hasta que, finalmente, estuvo dentro. Profundo, total.

—Joder… estás tan mojada… tan jodidamente perfecta.

Se movía con ritmo hipnótico, sus caderas golpeando contra las de ella mientras sus manos la mantenían firme, atrapada bajo su cuerpo. Cada embestida era una declaración. Un reclamo. Una adoración salvaje.

Se corrió con un gemido ahogado, mordiendo la almohada mientras su cuerpo se sacudía, el placer recorriéndole la espalda como una descarga eléctrica. Pero él no se detuvo. La giró con un movimiento fluido, la boca ya en la suya.

—¿Estás satisfecha? —preguntó, con la voz rota y su verga aún húmeda de ella.

Apenas pudo respirar.

—Más…

Él la observó, con una mezcla de devoción y hambre oscura.

—No quiero solo que me sientas.  Quiero que no puedas volver a tocar a nadie sin recordarme.

La volvió a llenar, esta vez cara a cara. La tomó del mentón y la obligó a mirarlo.

—Mírame. No cierres los ojos.

—Ezryn…

Ella obedeció. Y en ese segundo de quietud, el deseo se volvió más feroz que cualquier embestida.

—Mente a mente, alma con alma. Quiero verte correrte para mí. Saber que estás aquí. Conmigo. Quiero que veas quién es capaz de romperte en mil pedazos y volverte a unir.

Sus pensamientos se entrelazaron. No hubo palabras, pero el mensaje fue claro:

— Siempre fuiste tú. En todas las vidas. En todos los cuerpos. En todas las guerras.

Y cuando Serenya acabó otra vez, fue con los labios entreabiertos y su nombre escapando en gemidos rotos.

Su cuerpo se arqueó bajo el de él, los ojos clavados en los suyos, sin poder cerrarlos aunque quisiera.

—Ez… Ezr… —intentó decir su nombre, pero solo exhaló un suspiro quebrado, húmedo, incontrolable.

El orgasmo se apoderó de ella, arrasando todo, excepto a él. Terminó, viéndolo. Sintiéndose vista .

Ezryn la siguió segundos después, con un gruñido sordo, hundido en su boca. La besó como si el mundo se apagara alrededor. Como si sellara todo lo que no se atrevieron a decir en voz alta.

◆◆◆

E l recuerdo se desvaneció. No con ternura. Con hambre. Un hambre que ni el tiempo, ni la guerra, ni la grieta habían logrado apagar.

Solo entonces notó su propia mano, hundida entre sus piernas. Apretaba. Acariciaba. No había pensado en hacerlo. Solo pasó.

Se apartó de golpe. El rumor en su vientre no era solo placer. Era furia. Era pérdida.

No dijo su nombre.

Pero lo pensó con rabia.

« Ezryn » .