76. Las cosas que no debía recordar #2
—Ezryn es fuego. Sí. Pero no solo para quemar.
Tiene hambre de verdad. De conexión. Lo heredó de mí…
y ojalá no lo hubiera hecho. No ama fácil, pero cuando lo hace, lo apuesta todo.
Tú lo desarmas, aunque no lo sepas. Por eso te mira como si fueras su ancla y su tormenta.
Y tú, niña… tú también ardes. No como él, que ruge.
Tú lo haces en silencio. Por eso temo que, si no sabes lo que eres, acabarás siendo solo lo que él necesita.
Y yo no quiero eso. No para ti. Porque aunque no seas mi hija…
hay algo en ti que me hace desear que lo fueras.
Y junto a Aelira estaba él. Lazhar. Aún tenía manos cálidas.
Aún tocaba el hombro de su esposa con una ternura inadvertida.
Le servía el vino. Le recogía los pliegues del vestido al caminar.
Su voz no era cuchilla. Era piedra suave.
Tenía ojos de cazador paciente y, cuando se inclinó ante ella, dijo:
—Eres la niña de la mirada imposible. La que ve demasiado. No te pierdas en lo que otros esperan de ti.
Amaba a Aelira. Aún podía amar.
El sueño le llegó a medias, como una tela húmeda sobre los párpados, pesada, pero imperfecta.
Había apoyado la frente contra el borde del colchón sin darse cuenta, y en algún momento su cuello cedió.
El chasquido de su mandíbula al cerrarse de golpe la hizo parpadear.
El calor de la habitación le pesaba en la espalda.
Los músculos entumecidos. El silencio, únicamente roto por el murmullo de Lioran, que seguía perdido en su fiebre.
Se incorporó lentamente, frotándose la nuca.
El crujido de su espalda la devolvió al presente.
Caminó hacia la jarra, pero no bebió. En lugar de eso, apoyó los dedos en el borde de la mesa.
Sintió la rugosidad de la madera, las vetas marcadas como arrugas en una piel que había visto demasiados inviernos.
Los recuerdos no le daban tregua. La ahogaban, uno detrás de otro, sin tiempo para procesar lo que resurgía en su mente.
Lyeth, con su risa de campanas rotas, el cabello siempre trenzado con cintas negras que cambiaban de forma. Manos pequeñas que la arrastraban por pasillos oscuros con la seguridad de quien pertenece a la noche. Un trozo de pastel robado. Un beso en la mejilla como promesa de hermandad.
—Si un día desapareces —le prometió una vez Lyeth, mientras compartían una manzana a escondidas—, juro que te encontraré. Aunque el mundo se abra en grietas.
Y ese juramento, sin solemnidad, pesaba más que la sangre.
Serenya rozó la mejilla de Lioran con el dorso de la mano, buscando calor o fiebre. Él murmuró algo que no entendió. Se inclinó para escucharlo… pero lo único que oyó fue su propia respiración. Y entonces, otra imagen, otro instante, otra sombra familiar.
A veces creía que Caelan la veía incluso cuando no la miraba. Que sabía leer su temblor antes de que ella misma lo notara. La observaba desde la sombra de un arco. El olor a cuero y lluvia impregnado en su ropa. Una noche se le acercó, cuando sus dedos temblaban por no controlar un hechizo.
—No tienes que demostrar nada. No conmigo.
El roce de su mano sobre su espalda. El calor de su palma, traspasando la tela del vestido, era un recordatorio cruel de que no todo deseo nace para ser nombrado. Y aun así, lo quería cerca. Aunque doliera. Aunque no supiera si era amor… o refugio.
La vela más cercana titiló, lanzando sombras irregulares sobre la pared. Por un momento, creyó ver el reflejo de un rostro que no estaba. Cerró los ojos. No para escapar, sino para regresar.
Ezryn, joven, sin joyas. Sus dedos torpes sobre un laúd.
Una risa pura en una fiesta cualquiera. Una mirada larga desde la otra orilla de una fuente iluminada.
Recordaba el momento exacto en que sus dedos se rozaron por primera vez con intención.
El silencio entre ambos, lleno de todo lo que no sabían cómo decir.
Y la certeza extraña de que, si Ezryn la amaba, iba a destruirse en el intento. Y, peor aún, tal vez ella también.
¿Amaba a Ezryn? Sí. Con ese vértigo de caer sabiendo que no hay red. Con el impulso salvaje de quien ve la tormenta y decide no cerrar la puerta.
¿Amaba a Caelan? También. Con una fuerza silenciosa, como quien reconoce en otro una herida que ha llevado toda la vida.
Lo que sentía por cada uno era distinto. No menos. No más. Solo distinto.
Había algo en ella que respondía a sus presencias de forma que no sabía explicar. Como si cada uno tocara cuerdas diferentes… y juntas, tejieran la única melodía que le permitía recordar quién era.
Y aunque aún no entendiera por qué, había comprendido que no se trataba de elegir a uno. No todavía. Se trataba de no perderse a sí misma en el reflejo de ninguno.
Sus dedos tocaron la tapa del libro que alguien había dejado olvidado sobre la mesa. El lomo gastado. El olor a pergamino viejo. Todo en ella resonó con otro recuerdo. Uno que llevaba su nombre escrito entre líneas.
Lioran, con una pila de libros. Dejando un tomo a su lado con esa calma suya que nunca necesitó grandes discursos.
—Lee esto. Te reconocerás.
Sintió un leve temblor en los pies. La piedra se quebraba de nuevo bajo ella. Parpadeó. No era real. Pero lo recordaba con tanta nitidez… que dolía.
Y luego, la grieta.
La vibración. El mundo partiéndose en dos.
Su cuerpo perdiéndose en la nada. El grito que no salió.
El sabor metálico en la boca. La sensación de ser tragada por algo que no podía ver, pero que conocía su nombre.
No había dolor. Solo vacío. Y silencio. Una líquida oscuridad que olía a mineral y ceniza.
El regreso fue un espasmo. Un latido. Frío contra la espalda. La piedra dura. El sonido del viento entre rocas. Y una palabra en su lengua, como si se hubiera grabado en el paladar: Kael .
En la habitación, Lioran murmuró algo en sueños. Serenya lo acarició. Le acomodó el brazo. Su piel estaba húmeda. Lo cubrió con la manta, el tacto conocido de la lana vieja.
Y entonces, otra escena irrumpió, más reciente. Más vívida. Recordó cuando la vio sangrar por la nariz tras un hechizo fallido, y corrió a sostenerla. Sus brazos eran piedra. También refugio.
Los recuerdos se agolpaban en su mente, giraban a toda velocidad, causándole mareos y dolor de cabeza.
Se vio a sí misma, como era antes. Rubia.
Delgada. De ojos claros. Reflejada en un estanque al pie de una montaña.
Con un vestido sencillo, los pies en el agua, las rodillas abrazadas al pecho.
Una niña que sabía conjurar la lluvia, pero que aún no había aprendido a usar su voz.
Se dejó caer con cuidado en la silla que había junto al lecho. El respaldo frío le sostuvo la espalda entumecida. Acarició los pliegues de la manta, sin tocarlo, como si ese roce bastara para calmar algo en su interior.
¿Cuándo había cambiado? La piel más tostada. Las curvas más marcadas. La mirada, más honda, más oscura, diferente. Las manos, más firmes. Quizás en la grieta. Quizás en cada persona que había amado. En cada piedra que había tocado. En cada noche que no durmió.
Cambiar no era perderse.
Era sobrevivir.
Era crecer.
Era elegir.
Las memorias no llegaron como relámpagos. Ni como profecías. Llegaron como lo hacen las cosas que importan: en silencio. Con sabor a sopa caliente. Con peso de manta vieja. Con la cadencia de una respiración acompasada.
No lloró. No habló. Solo respiró, hasta que su propio nombre dejó de sonar ajeno. Kael. No como refugio. Como verdad.
No sabía quién había sido su padre. Ni por qué su madre calló tanto. No obstante, sabía algunas cosas:
Había sido amada. Había caído. Había regresado. Y todos esos fragmentos también eran su historia.
Lioran suspiró entre sueños. Ella lo observó. Le acomodó la manta. Le rozó la sien con los dedos. Y por primera vez en años, el recuerdo no dolió. Solo la sostuvo.
Y ella lo sostuvo también. No como niña perdida, sino como quien, al fin, sabe su nombre.