La llama no escrita (Lux Mortem 1) 76. Las cosas que no debía recordar
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76. Las cosas que no debía recordar

N o hubo amaneceres claros ni noches completas.

Solo una sucesión de horas que se confundían entre paños húmedos, velas consumidas y una fiebre que no cedía.

Durante esos días junto a Lioran, los recuerdos se filtraban como una radio encendida que no podía apagar. Más silencio. Más fiebre. Más tiempo.

Serenya había dejado de contar las horas.

Las velas ardían hasta consumirse y ella encendía nuevas sin ceremonias.

No dormía más de lo justo. Comía cuando el estómago la obligaba.

Se recostaba a ratos junto a Lioran, sin soltarle la mano, con el rostro apoyado sobre su hombro.

A veces hablaba en voz baja. A veces solo respiraba.

Cuando Mirel entraba con una bandeja, casi nunca alzaba la mirada. Recibía el alimento sin palabras, y si su amiga intentaba quedarse, ella negaba con la cabeza. No era soledad. Era algo distinto. Algo que solo podía desatarse cuando no había testigos.

Le daba de comer con cuchara, con paciencia.

El caldo siempre humeante, especiado con raíz de tharn y hojas de lúner.

El olor le recordaba la cocina donde su madre hervía pócimas y sopas con el mismo gesto silencioso.

Ella, de niña, sentada junto al fuego, viendo cómo la espuma se disolvía en remolinos.

Poco a poco, comenzó a recordar.

Primero, fue una melodía. Un arrullo. Su madre peinándole el cabello con los dedos, desenredando con paciencia mientras le susurraba una canción sin palabras, solo sonidos suaves que parecían nacer de la tierra misma.

Cantaba en una lengua que no era real, pero sabía a hogar.

El aroma a lavanda seca impregnaba las sábanas.

El crujido rítmico de la madera vieja al moverse en la cama acompasaba la voz de Aurenya, creando una especie de cuna inmóvil donde el tiempo se detenía.

—Siempre serás más de lo que ellos pueden imaginar —decía, mientras sus dedos acariciaban el cuero cabelludo con ternura. Serenya, entonces una niña de mejillas redondeadas y ojos inmensos, fruncía el ceño sin comprender del todo a qué se refería su madre.

Se sentaba junto al aljibe del patio, el suelo frío bajo sus muslos desnudos y levantaba las manos con una sonrisa radiante.

Conjuraba con el agua, feliz de ver danzar las gotas.

Estas se elevaban, obedientes, formando figuras: peces que nadaban entre las ramas, dragones de escamas translúcidas, torres enteras que temblaban con cada parpadeo.

Las gotas respondían al instinto. A la voluntad.

Aurenya la observaba desde el umbral, con un cuenco humeante entre las manos. A veces sonreía. A veces suspiraba, inquieta. Siempre le decía lo mismo:

—Está bien jugar. Pero nunca muestres el alcance de lo que puedes hacer. El poder rara vez es admirado. Lo temen. Y lo que temen… lo encierran.

Y una vez, una sola vez, cuando la niña dibujó sombras en la pared con los dedos y estas respondieron con formas propias, Aurenya dejó caer el cuenco. El ruido seco del barro contra la piedra la sobresaltó.

—Las sombras no, Serenya. Nunca. Nunca dejes que nadie te vea moverlas. Nunca delante de otros. Si las controlas, hazlo en secreto. Y si alguna vez sientes que ellas te llaman... ignóralas.

Serenya no entendió, pero el temblor en la voz de su madre quedó grabado como tatuaje bajo la piel.

Se pasó una mano por la frente, húmeda de sudor. El calor del cuerpo de Lioran le subía por los dedos, como una advertencia tibia, persistente. Se inclinó a mojar el paño en agua fresca, y al escurrirlo, el movimiento le recordó otro gesto: otro cuenco, otro cuidado.

Luego, otra imagen. Su madre sosteniéndole las manos sobre una vela encendida. El calor de la llama cosquilleando las palmas, el olor a cera derretida y resina clavándose en la nariz. Las sombras en la pared danzaban con la misma cadencia que sus corazones.

—Controla la chispa. No la dejes ver entera. Si creen que puedes romperlos, querrán poseerte.

Y esa advertencia, una y otra vez: «Si te preguntan por tu linaje, di que eres Kael. Y que estás sola, que no recuerdas de dónde vienes ni quiénes eran tus padres».

Ella intentó preguntarle por qué. Quién había sido su padre. Por qué siempre parecía mirar hacia el sur cuando creía que no la observaba. Nunca obtuvo respuesta. Solo miradas que ocultaban luto. Solo un beso en la frente. Solo una frase repetida en voz baja.

—Algunas verdades pueden matarte antes de que aprendas a vivir con ellas.

Aurenya sonreía con tristeza y le repetía que el poder era tanto una bendición como una condena. Y que los nombres verdaderos tenían un precio que, a veces, no se podía pagar sin sangre.

La casa quedó vacía. Las sábanas a medio doblar, la tetera aún caliente.

El eco de una risa que ya no existiría. Serenya, sentada en el umbral con la cabeza entre las manos, no lloraba.

No entendía cómo se suponía que debía sentirse.

Fue entonces cuando apareció una mujer de ojos verdes, con el cabello recogido en una trenza torcida y una capa manchada de barro.

Traía una carta sellada, el papel húmedo por lo que parecían lágrimas secas.

—Una amiga de tu madre me pidió que te busque. No pudo venir ella. No podía arriesgarse. Pero me confía en esto. De ahora en más, vivirás conmigo y con mi esposo. No estarás sola.

Dejó caer la cuchara dentro del cuenco con un leve sonido hueco.

No tenía hambre, pero igualmente se llevó un trozo de pan a los labios, más por necesidad de aferrarse al presente que por apetito.

Masticó en silencio, sin que el gusto llegara, antes de que otro recuerdo se impusiera sin pedir permiso.

Abandonó todo: su habitación con las paredes cubiertas de dibujos de agua congelada, sus libros escritos a mano por Aurenya, la cama de madera con el pie astillado que su madre había reparado mil veces.

Dejó atrás el bosque donde había crecido, con los susurros de hojas en las noches y el canto de los crims al amanecer.

Ese retiro había sido necesario. Antes de eso, había estado en un colegio del pueblo.

Y allí, los niños la señalaban. La llamaban rara.

Decían que su madre hablaba con las piedras y que ella tenía un brillo peligroso en los ojos.

Nadie quería sentarse a su lado. Nadie la invitaba a los juegos.

Una vez, llenaron su mochila con pequeñas piedras afiladas y enterraron sus libros bajo el barro del patio.

La obligaron a buscarlos mientras reían.

Otra vez, la encerraron en el almacén del colegio y susurraron conjuros falsos desde fuera, fingiendo que invocaban algo para devorarla.

Por eso, su madre decidió llevársela lejos.

Y por eso, al perderla, el mundo se sintió demasiado grande.

Llegar al asentamiento Sangreth fue como caer en otro universo.

El pueblo era de piedra roja, con muros altos y gente de ojos intensos.

El aire olía distinto: a hierro, a vino fermentado, a madera envejecida.

Había ruido. Conversaciones públicas. Risas abiertas. Y miradas que no se apartaban de ella.

La pareja que la acogió era extraña al principio.

Ella, silenciosa, pero firme. Él, de manos grandes y espalda curva, que siempre cocinaba de más por si llegaba alguien inesperado.

No hablaban mucho de su madre. Tenían un cuadro colgado con flores secas a sus pies, con una cinta trenzada alrededor del marco, hecha de hilos negros y dorados.

Aurenya no estaba en la imagen. Nunca se dejaba retratar.

Pero su nombre, bordado en la cinta, estaba escrito con una caligrafía antigua, de las que ya no se enseñaban.

Una ofrenda silenciosa. Un gesto de deuda o respeto. Algo que nunca se atrevió a preguntar.

A ella le llamó la atención que, a diferencia del pueblo anterior, los Sangreth no parecían temer la diferencia.

La observaban. La probaban. Pero no la rechazaban de inmediato.

Aprendió a leer esos gestos. Aprendió a responder con firmeza.

Y, por primera vez, sintió que podía habitar un sitio sin encogerse.

Vivir entre Sangreth fue nuevo. Fue crudo. Fue real.

La jarra del agua estaba vacía. Se levantó sin hacer ruido, la llenó en el cuenco del rincón y volvió junto a la cama. Le ofreció un sorbo a Lioran, que balbuceó algo en sueños y volvió a hundirse en la fiebre. Luego se permitió estirarse, los músculos tensos por tanto tiempo en la misma postura.

Cruzó la habitación, abrió la ventana un palmo. El aire del amanecer entró con olor a piedra húmeda y a flores nocturnas que aún no se habían cerrado. Afuera, el Bastión seguía callado. No había ruido, solo el silbido del viento entre las torres.

Suspiró. Le dolían las piernas, el cuello, la espalda. Se sentó un instante junto al alfeizar.

La primera vez que la vio fue en la casa de los altos cantores.

Había música en el aire, una melodía antigua sostenida por la vibración de cuerdas de plata.

Aelira se deslizó entre los presentes como si perteneciera más al incienso que al mundo.

Vestía de negro, con mangas largas que se deslizaban por el suelo y una trenza recogida como una corona caída.

La miró una sola vez. Fue suficiente. En sus ojos había algo que dolía: reconocimiento, y una advertencia que aún no tenía nombre.

Esa noche, Aelira le ofreció una copa de néctar fuerte, con dedos que no temblaban, y le dijo: