La llama no escrita (Lux Mortem 1) 75. Donde el fuego no basta #2
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75. Donde el fuego no basta #2

—¿Siempre frunces el ceño al bailar o es solo porque yo soy tu pareja? —le había preguntado, inclinándose con una copa en cada mano, ofreciéndole una.

Ella había arqueado una ceja, desconfiada.

—No bebo con extraños.

—Perfecto —había dicho, con esa voz suave que desarma defensas—. Yo soy muchos hombres, depende a quién le preguntes. Esta noche… puedes imaginarme como uno amable.

Y se había reído. Con la cabeza echada hacia atrás, el cuello al descubierto, los dientes sin mostrar amenaza. Solo risa. Limpia. Torpe. Real. Un pequeño hoyuelo coronando su mentón .

La había tomado de la mano sin pedir permiso y arrastrado a la pista improvisada, donde otros enmascarados giraban y tropezaban al ritmo de una música que parecía inventada en cada paso.

Ezryn no bailaba bien. Y no le importaba.

—Soy pésimo —admitió, mientras casi le pisaba el vestido—. Pero mírame fingir dignidad.

Serenya se había reído. De verdad. No por cortesía, ni por defensa. Sino porque ese hombre —despeinado, caótico, casi desarmado— tenía una forma de mirarla que no pedía nada. Solo estar.

Bailaron así, mal y libres, entre risas.

Y en ese instante, sin máscaras, sin reinos, sin maldiciones...

creyó que quizá, solo quizá, podía confiar.

Luego, se sentaron en el borde de una fuente, con los pies descalzos y las máscaras en las manos.

Hablaron de todo y de nada. De lo que no habían sido. De lo que no sabían si podrían ser.

Y al despedirse, cuando ella le preguntó su nombre, él había vacilado un segundo.

—Ez —dijo. Nada más.

Y se inclinó como si quisiera besarle la mano, pero no lo hizo. Solo rozó con los labios el espacio entre sus dedos, y luego se marchó.

Días después, descubrió quién era.

Ezryn Maldrick. Heredero Maldrick. El futuro rey Sangreth.

Cuando lo volvió a ver, ya no llevaba camisa arrugada ni los pies descalzos. Llevaba colmillos en el alma y una sonrisa afilada. Pero ella aún recordaba al chico de la plaza. Al que bailaba mal. Al que se reía sin coronas en los ojos.

◆◆◆

V olvió al presente con un leve estremecimiento.

Lioran jadeó. Su piel seguía ardiendo. Le retiró el paño y lo reemplazó con otro. El roce del agua fría pareció calmarlo, pero dentro de ella, algo más se había agitado. No por el Ezryn del presente, sino por aquel recuerdo que aún ardía.

Mientras volvía a humedecer el paño, sus ojos se desviaron un segundo hacia el escritorio.

Sobre la mesa, junto a la bandeja sin tocar, alguien había dejado una pequeña cesta oscura.

Sin adornos. Sin sello. Al abrirla, el aroma la alcanzó antes que la vista: manzana seca, dátiles, un albaricoque partido en mitades.

Fruta cuidada. Elegida. Envuelta en papel encerado, sin ostentación.

Entre los pliegues, una hoja doblada con precisión. Solo una línea escrita con trazo firme:

Por si olvidas quién eras antes de que todos te miraran. Come despacio. Recuerda.

La caligrafía no dejaba dudas. Tampoco el gesto.

Caelan nunca usaba palabras grandes. No decía lo que sentía.

Lo dejaba en cosas pequeñas. Un cuenco de fruta.

Un mensaje breve. Una pausa donde otros apretaban el paso.

No sabía en qué se habían convertido. Ni si tenían nombre.

Pero entendía esto: cuando él no encontraba el modo de acercarse, dejaba rastros.

Y este la había alcanzado sin pedir permiso.

Cerró los ojos un momento. No para contener el temblor, sino para sostenerlo.

El crujido de la madera la arrancó del silencio. La puerta se abrió con un susurro breve.

—Serenya… —llamó Mirel, asomando el rostro—. Algunos sirvientes… han comenzado a hablar. Dicen que es inapropiado que el Guardián duerma aquí. En tu habitación. A solas…

Ella no giró la cabeza, solo inspiró hondo y preguntó:

—¿Y tú qué opinas, Mirel?

Su amiga vaciló un par de segundos y luego bajó la mirada.

—Solo temo por tu nombre. El tuyo. El de él.

—¿Mi nombre? —El sarcasmo podía leerle claramente en su tono—. Mi nombre ya fue tallado con sangre una vez. Esta vez, lo esculpo yo .

Mirel dio un paso dentro, con una bandeja en las manos.

—Podría cuidar de él, si lo deseas. Para que descanses. Para que no digan…

—No.

La palabra cayó como un sello. Se volvió por fin, los ojos encendidos por algo más hondo que furia. No era escándalo lo que temían. Era a ella.

—No lo sacarás de esta habitación. No permitiré que nadie lo toque, ni que nadie entre sin mi permiso. Diles que no me molesten. Que no quiero ver a nadie hasta que yo lo indique. Si alguien intenta forzar la entrada, que recuerden que aún puedo abrir la grieta.

Mirel tragó saliva. Asintió y se marchó en silencio.

Serenya volvió a Lioran. Le limpió la sien con un paño tibio. Le acomodó el brazo vendado. Él frunció el ceño antes de despertar, como si lo hiciera desde una pesadilla.

—¿Serenya…? —La voz fue ronca, quebrada por el dolor.

—Shhh —susurró ella—. Estás a salvo.

Intentó incorporarse. Un jadeo seco le sacudió el torso. Lo sostuvo por los hombros y lo reacomodó.

—¿Dónde…?

—En mi habitación.

El silencio que siguió fue denso. Casi incómodo. Por lo que significaba.

—Tenías otras opciones—murmuró él.

—Sí —admitió ella—. Pero ninguna con tanto significado político.

Él alzó una ceja.

—¿Político?

—Dormir a tu lado no es intimidad. Es un acto político. Y los clanes sabrán que el Origen no se esconde.

Lioran negó con la cabeza.

—¿Y tú… estás lista para lo que venga con esa declaración?

—No. Pero ya no necesito estarlo. Solo necesito que lo teman. Y créeme, lo harán.

Su rostro era más pálido de lo normal. Más humano .

—Pensé que te mataría —dijo Lioran al fin.

Lo miró sin pestañear.

—Elias.

Él asintió con los dientes apretados.

—Lo sentí en mi sangre. Una presión… como un eco de muerte antes de que ocurriera. Como si tu cuerpo gritara… y yo no pudiera alcanzarte. Como si ya estuvieras cayendo.

Serenya bajó la vista. Le rozó los dedos, los entrelazó con los suyos.

—No caí. Me arrojaron, pero no llegué a romperme.

—Te fallé —susurró Lioran, con rabia contenida—. Caí. No conjuré. No te salvé. Lo vi todo. Vi su boca en tu vientre. Vi cómo te marcaba como si fueras suya… y yo, maldita sea, no podía moverme.

Lo sostuvo con más fuerza.

—No necesitaba que me salvaras. Esta vez, yo desperté sola.

—No quiero ser el que llega tarde. No contigo. Nunca contigo.

Apoyó la frente sobre la suya, cerrando los ojos. Su aliento se mezcló con el de él.

—Estuviste, Lioran. Tu sangre me sostuvo. Sentí tu desesperación. Tu furia. Y fue eso lo que me ancló al mundo cuando todo lo demás quería tragarme.

Él no respondió de inmediato. Solo se quedó ahí, temblando. Hasta que, finalmente, murmuró—: No soy suficiente para ti.

Ella se apartó y lo miró. Le acarició la sien vendada con una dulzura firme, sin debilidad.

—No necesito que lo seas. Porque no te amo así, Lioran.

Él parpadeó, pero no se apartó.

—Lo sé. —Una exhalación. No un reproche. Un alivio.

—Te amo —dijo ella—, como se ama a quien ha visto tu peor rostro y no ha huido. Como se ama a la raíz. A la sangre elegida. No eres sombra. No eres sangre. Eres suelo. Y sin ti… no habría podido volver a mí .

Una lágrima le cruzó la mejilla.

—Entonces estaré donde me necesites. No por lo que puedas darme, sino porque te debo la parte de mí que aún cree.

Lo besó en la frente. Y ese gesto —íntimo, firme, sin fuego— fue el sello de un lazo que no pedía carne ni promesas. Solo presencia.

—Eso eres para mí, Lioran. Y eso bastará.

Y la grieta, por primera vez, no rugió. Asintió.