65. La hija del abismo #2
Elias no la miró con deseo humano. Era solo un recipiente sagrado a profanar.
—¿Sabes lo que eras para él? —susurró, descendiendo—. Un símbolo. Una llama bonita. Pero yo… yo te voy a fundir .
Se inclinó sobre su vientre, el aliento caliente sobre la marca palpitante. La besó con hambre. Con sacrilegio. La lengua rozó el borde de la runa, lenta, húmeda, repulsiva. Su mano subió por la cara interna del muslo, ascendiendo, peligrosa.
Su cuerpo no respondió con deseo, sino con un rechazo que no llegaba a los músculos. Una tensión sorda, ancestral. Como si incluso dormida, algo dentro de ella se negara a pertenecerle.
—Voy a dejarte una cicatriz que no se borre ni con magia —jadeó.
—¡Detente! —gruñó Kyrion, avanzando un paso.
—¿Ahora quieres ser héroe? —espetó Elias, sin mirarlo—. Tú me abriste la puerta. Tú me diste la llave.
Se quedó helado. Algo dentro de él se quebró. No podía dejar de mirarla. No por deseo, sino por espanto. Ella no era un símbolo. No era poder. Era una mujer. Y él la había entregado.
Elias desató el lazo de la prenda restante. Su mano tembló de ansiedad. Bajó el rostro. El aliento le rozó el pecho. Se relamió.
—Déjame… entrar.
El Umbrae no lo pudo soportar y se lanzó. Lo empujó con fuerza, tirándolo al suelo. Elias rodó, furioso, el rostro desencajado.
—¡¿Qué haces?! Esto no era parte del plan —espetó Kyrion con furia—. Tú ibas a encerrar el poder. No usar el cuerpo. No era esto. No era así.
Pero él sabía que no había forma limpia de invocar monstruos. Lo había permitido, esperando controlar el precio y, en ese instante, lo miraba de frente con el rostro de un dios herido y la furia de un hombre desatado.
—¡No hay diferencia! —gritó Elias—. Todo en ella es poder. Y voy a tomarlo todo.
Se abalanzó otra vez. Kyrion lo sujetó. Forcejearon. Cayeron sobre el suelo ritual, deshaciendo parte del círculo con sus cuerpos.
—¡Basta, maldito! ¡Basta!
Pero el Sangreth era más joven. Más fuerte. Lo golpeó con el puño cerrado. La sangre saltó. Kyrion cayó de espaldas. Aturdido. Y Elias se arrastró de nuevo hacia ella.
—Siempre vuelven a mí —susurró—. Hasta las diosas. —Trazó un nuevo círculo alrededor de ambos, para aislarlos. Las líneas centelleaban con una luz sucia, de un rojo sangre—. No me interrumpas esta vez, Umbrae —dijo sin mirarlo—. Este círculo no te dejará entrar.
Se detuvo al borde. Una barrera invisible vibró entre ellos. Una jaula sellada.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que siempre debí hacer —murmuró Elias—. Lo que me fue negado.
Se volvió hacia Serenya. Seguía inmóvil, expuesta sobre el altar, la piel cubierta de sudor y ceniza.
Empezó a desabrochar su propia ropa. Despacio. Con una ceremonia enferma. La camisa cayó. Luego el cinturón. Los pantalones.
—Tú eras para mí. Era lo justo. Lo inevitable. Lo correcto. Pero te dieron a ellos... a él.
Su voz se quebró, pero no de culpa. De furia.
—Te miraba desde las sombras. Cada vez que lo mirabas a él. A Ezryn. A Caelan. Como si fueran el sol. Como si tú fueras suya por derecho.
Apoyó una rodilla sobre el altar.
—¿Y yo? Yo era el heredero también. Yo era sangre real. Pero tú nunca me miraste. Nunca.
Se inclinó. Su aliento rozó el cuello de Serenya. Bajó por su clavícula, por el hueco de su pecho.
—Vas a verme.
Le tomó el rostro con una mano, torciéndolo hacia él.
—Y no vas a olvidar mi nombre.
Su cuerpo temblaba de excitación.
—Voy a fundirte en mí. Que cada rincón de tu piel recuerde la mía.
Se inclinó sobre ella, jadeando, con los ojos cerrados, con la reverencia de un poseído. La línea entre el ritual y la profanación ya no existía.
—El poder será mío. Porque lo arrancaré de ti.
Deslizó una mano por su costado, hasta el bajo vientre, hasta el borde de la marca. Pero entonces, su piel se tensó. Un espasmo leve —mínimo, casi imperceptible— recorrió el vientre de Serenya. Algo primario: instinto. Rechazo. Aunque nadie pudiera oírla, su cuerpo sí gritó: no.
Elias se detuvo. Algo… le susurró. Un eco sin palabras. Un latido sin sonido. No lo entendió, pero el miedo se le coló por las venas antes que la magia.
—Ni aunque vivas otra vida. Ni aunque vuelvas a nacer.
—Sus ojos se abrieron con locura, mientras su mano seguía recorriendo lo que nunca debería haber tocado—.
¿Sabes qué fue lo más fácil? —susurró, inclinándose sobre su oído—.
Robarte un beso no. Ni tu cuerpo. Fue meter una idea.
Solo una. Un mordisco. Una marca suya que pensaste robada. La sembré yo. Y tú… la creíste.
El mundo, durante un latido, se detuvo. Ni sombra ni magia respiraron.
Y fue entonces cuando ella, en el fondo de su consciencia, entendió todo.
Ezryn nunca la había marcado para poseerla.
Recordó unas manos frías en la oscuridad, un roce que no encajaba con su memoria, el temblor de una voz que no era la suya.
Nunca la obligó. Fue Elias, disfrazado de recuerdo, quien envenenó esa llama.
Desde la profundidad oscura donde el alma se repliega para no romperse, una chispa surgió.
—No… —gimió Serenya, quebrándose en su interior.
—¿Dónde fue, eh? —ronroneó Elias, con locura en los ojos—. ¿En el pecho? ¿En el vientre? ¿Dónde te mordía él por placer… y ahora duele?
Kyrion dio un paso atrás, como si algo invisible lo hubiese empujado. Tropezó, cayó sentado. Se aferró al pecho, temblando. El sudor le ardía, pero ni lo notó. La náusea no era solo por lo que veía, sino por lo que había permitido. Por lo que era.
«¿Qué soy? ¿Qué he hecho?»
Tenía la mirada vidriosa, los labios entreabiertos de puro asco. No solo hacia Elias. También hacia sí mismo.
—Eres un monstruo… —dijo, descompuesto.
—Soy real —respondió Elias, sin mirarlo—. Y… también lo es ese recuerdo. Él te marcaba porque tú lo deseabas. Pero tú pensaste que te obligaba. Y eso, Serenya… eso fue mío.
Tocó la runa con la punta de su dedo índice y se inclinó hacia ella con los labios semiabiertos y la lengua asomando.
—Mía —jadeó Elias, con los ojos cerrados.
—¡NO! —rugió Kyrion, desde fuera. Golpeó el círculo. La barrera tembló, pero no cedió—. ¡Tú dijiste que la encerrarías! ¡Dijiste que querías acabar con tu hermano! ¡Me prometiste que no la harías sufrir!
El joven príncipe, tan lejano al de los cuentos de hadas, no respondió. Sus ojos estaban fijos en ella. Hambrientos. Devotos. Enajenados.
—Mi padre me hizo un monstruo —murmuró, con lágrimas de odio en los ojos—. Pero tú… tú vas a hacerme dios.
Y entonces, cuando su mano bajó, cuando el cuerpo de Serenya se tensó en un último espasmo de resistencia…
—No importa si me odias —susurró Elias—. Lo que importa es que nadie te va a amar como yo te poseí.
En ese momento, la grieta respondió.
L a piedra se revolvió con el corazón furioso.
El altar crujió como hueso viejo. Y se partió.
Las velas se apagaron. El círculo se rompió en mil líneas negras.
Una onda invisible arrasó la cámara y Elias fue lanzado como un muñeco sin alma.
Se estrelló contra la pared, desnudo, jadeando.
Escupió sangre. Sus ojos ardieron. Su piel se rajó con pequeñas venas oscuras.
El aire se llenó de un zumbido insoportable .
El altar vibró. No como piedra. Sino como cuna. En la oscuridad absoluta de su conciencia, donde no quedaban ni pensamientos ni recuerdos, solo un eco resonaba.
Un susurro suave. Femenino. Valiente.
—Despierta, hija del abismo… aún no has dicho la última palabra.
Todo se detuvo. Ni piedra. Ni sangre. Ni magia. Solo un nombre, latiendo en el centro de su pecho. Surgió sin voz. No la dijo con la boca. Lo pensó con la sangre.
Thal’nar .
Y fue como si el mundo reconociera su nombre verdadero. Como si esa sílaba sellara no un conjuro, sino un legado.
La grieta no rugió. Tembló. La piedra se abrió. Fue entonces cuando el mundo cambió su latido. Las runas del Bastión reconocieron el sonido. Cada piedra se inclinó ante el nombre que había estado esperando desde el origen.
No era magia. Era verdad. Era voluntad. Y su alma… por fin recordó que nunca fue solo carne. Fue puerta.
Otra voz se unió, más joven, más temblorosa.
—Las que arden no se apagan. Solo cambian de llama.
Entre las voces que la devolvían a la vida, una —más rota, más maternal— no la llamaba, sino a él. Y lo hizo con la voz más improbable de todas. Una que Elias reconoció antes de comprender. Una voz que brotó desde la boca de Serenya, pero no era suya. Era la de su madre.
—Elias… aún puedes volver. Aún puedes ser mi hijo. No el príncipe que tu padre moldeó. No esa máscara de poder. Sino tú. El que reía al escuchar las cigarras en verano. El que lloró por un petirrojo herido. El que creía en las estrellas. No he dejado de esperarte. No aún.
Elias parpadeó. El terror se quebró por un instante. Un brillo distinto cruzó su rostro: la punzada cruel de un recuerdo olvidado. Sus labios se abrieron, pero no dijo nada. Las manos temblaron. Cayó de rodillas.
El tiempo se suspendió. Y por un momento, pareció que algo en él se rompía para sanar .