65. La hija del abismo
L a puerta se cerró tras Ezryn con un susurro solemne, como si el Bastión reconociera que acababa de perder uno de sus equilibrios.
Lioran se arrodilló sin pronunciar palabra.
Extendió las manos sobre el cuerpo inmóvil de Serenya y dejó que la magia hablara.
La primera runa se encendió con un resplandor tembloroso, pero se deshizo antes de anclar.
Un segundo intento: luz opaca, rojiza, que fue rechazada por la marca de su vientre.
—No regresa —murmuró—. Está atrapada… o negándose a volver.
El sudor cubría la frente de Serenya. La piel, aún tibia, no respondía a los impulsos. El aliento apenas se sostenía. Bajo el vestido rasgado, el pulso de la runa latía con una fuerza ajena.
Caelan observaba en silencio, sin atreverse a intervenir. La sombra a sus pies se alargaba y contraía, inquieta, buscando una orden que no llegaba. No se acercó de inmediato. Solo clavó la mirada en ella, con los puños cerrados.
Una ráfaga helada rasgó el silencio. El cuervo aterrizó sin sonido sobre el borde de la ventana, entre las arcadas góticas. Una criatura negra, sin marcas, que inclinó la cabeza hacia el centro del círculo. Graznó una vez. El sonido fue seco, como una advertencia .
Levantó la mirada. El cruce de ojos duró solo un instante, pero bastó. Algo entre ellos se reconocía.
—¿Has venido a ver cómo termina? —susurró.
Al otro lado del círculo, Lioran trazó una runa más. Esta vez no buscaba sanar. Solo sostener. El símbolo más antiguo parpadeó, débil. Ella respondió con un estremecimiento mínimo en la comisura de los labios.
—Resiste —dijo Lioran—. Por ahora.
El príncipe Umbrae se adelantó un paso, sin pronunciar palabra. Solo se arrodilló junto a ella y, con manos torpes, apartó un mechón pegado a su frente. La yema de sus dedos rozó su piel con una delicadeza que no usaba ni en batalla ni en sueños.
—Tienes que volver —susurró, sin saber si hablaba por ella… o por sí mismo.
Desde lo alto, el cuervo graznó otra vez. Las piedras vibraron.
Y entonces, un grito desgarró el corredor.
—¡Caelan! ¡Muchacho! ¡Caelan, por los dioses, contéstame!
No fue un llamado formal. No fue un nombre pronunciado por un emisario. Fue un rugido de angustia. Alzó la cabeza, instintivo, los hombros ya tensos. El grito rebotó, arrancando un estremecimiento de las sombras. Lioran se volvió hacia él, alerta.
—¡Caelan! ¡Caelan! ¿Dónde estás? —repitió la voz, más cerca, quebrada, viva de miedo.
Se levantó de un salto, con una destreza envidiable, resultado de siglos de duro entrenamiento.
Corrió hacia la puerta y la abrió de par en par.
Entonces lo vio. Kyrion doblaba el pasillo, el rostro desencajado, los ojos enrojecidos, lágrimas deslizándose sin pudor.
Respiraba entrecortado, debido al esfuerzo brutal de cruzar el Bastión.
En unas pocas zancadas, se encontró frente al rostro de su mentor. De su padre.
—¡Caelan, gracias a los dioses! Es tu madre. —Se dobló sobre sí mismo, tomándose las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.
Tenía la edad del invierno en la mirada y la desesperación de quien ya ha visto morir demasiado. Caelan notó que estaba sudado, pálido, y con los nudillos blancos de tanto apretarlos. La penumbra a su alrededor era más negra que nunca y estaba quieta, impasible, mezclándose con el entorno.
—Habla ya, Kyrion, ¿qué le pasa a mi madre!
—No lograban encontrarte —jadeó, con la voz tomada—.
Ella... ella sintió la grieta. Y cuando no te vio...
colapsó. Gritó tu nombre. Y se desplomó.
¡Pensó que la grieta te había tragado… como a Lyeth!
Ha perdido el conocimiento. Ya he enviado por un médico, pero salí a buscarte.
Quería asegurarme… —Lo miró de arriba a abajo, recorriéndolo entero para corroborar si se encontraba bien—.
Tu madre te necesita. Temo que sea su corazón.
Caelan no pensó y se puso en movimiento. Las sombras se alzaron con él, vibrando como si quisieran retenerlo. Las ignoró.
—Mierda... —susurró. Su sombra temblaba, indecisa. Su cuerpo, no.
Volvió hasta la puerta de la sala, donde Lioran lo estaba esperando. Apoyó una mano sobre su hombro, firme. Un sello silencioso. Un voto de confianza que no necesitaba palabras.
—No permitas que nadie cruce —dijo, con la voz áspera—. Ni siquiera yo, si tardo demasiado.
Lioran asintió. Comprendía. Con el alma, no con la lógica. Alzó sus manos y cerró la puerta.
Caelan se tomó un segundo para respirar profundo. Luego, se giró hacia Kyrion.
—¿Viene alguien más?
—No. Te necesitan a ti. Solo a ti.
Y corrió. Los pasos golpeaban el suelo con una urgencia más fuerte que cualquier alarma.
Su figura desapareció tras la penumbra del pasillo sin volver la vista atrás.
Kyrion lo observó irse. No dijo nada. Su rostro, aún bañado en lágrimas, se endureció con un clic silencioso.
Como si el dolor fuera una llave, y acabara de cerrar una puerta dentro de sí.
En el interior de la sala, Lioran se arrodilló frente al círculo. Colocó la piedra de anclaje sobre la runa más antigua y susurró una oración sin nombre. El sello vibró. Respondió.
—Que nadie entre —murmuró—. Ni por odio. Ni por amor equivocado.
El aire cambió con un suspiro mal contenido. Como si alguien hubiera exhalado una decisión irremediable. Elias emergió de las sombras y se unió a Kyrion, quien esperaba frente a la puerta. No ocultaban su llegada. Caminaban con determinación cruda, sin dudas.
La piedra aún vibraba con la sangre de Caelan y Ezryn. Un nudo sagrado. Intocable. Elias extrajo su daga.
—Sellado con sangre —dijo.
—Roto con traición —completó Kyrion, y se cortó la palma.
Las gotas cayeron. Dos sangres que una vez protegieron reinos opuestos. El sello gritó. No se rompió. Se desgarró. Como si la fe común que lo anudó fuera quemada desde dentro. Una luz blanca se partió en un eco sordo. El círculo se abrió; una herida mal cerrada. Y la sala quedó expuesta.
Lioran se levantó con la agilidad de alguien que no tenía edad, sino propósito. El bastón chispeaba entre sus dedos, cargado de una magia antigua.
—No voy a dejar que la toquéis —dijo. No fue una amenaza. Fue una promesa. Sus ojos brillaban con una furia que no nacía del poder, sino de la lealtad.
Elias se abalanzó primero. Lioran no se apartó. Levantó su bastón y de su palma brotó un muro de fuego. La barrera, conjurada con su propia sangre, se alzó como una exhalación viva, obligando al joven Sangreth a retroceder con un gruñido.
—¿Aún puedes luchar, viejo?
—Mientras respire.
Kyrion aprovechó el momento. Caminó hacia un lateral, despacio, sin levantar sospechas. Fingía observar. Fingía dudar. Pero cuando el muro titubeó, cuando el foco de Lioran se centró en Elias, atacó. Con traición.
El golpe fue seco, certero, directo a la nuca. Lioran se tambaleó. El fuego titiló. Kyrion no cerró los ojos. Quería creer que esto la salvaría. Que no lo sentiría. Que no lo recordaría.
—Lo siento —susurró Kyrion, con voz quebrada.
Lioran cayó de rodillas. Aún intentó conjurar algo. Trazó medio símbolo en el aire. Pero su cuerpo no respondió. Se desplomó como una antorcha que se apaga de golpe.
Elias se acercó, agachándose junto a él.
—Gracias, viejo amigo.
—No... somos amigos. Nunca lo fuimos.
La compasión se le enredó en la garganta como una maldición que no pudo pronunciar.
Su mirada buscó a Kyrion. La voz, ya casi un susurro:
—Y tú… tú creías que eras mejor que esto.
—No —murmuró Kyrion—. Esto es lo único que soy. Hazlo rápido —añadió con voz rota—. Y que no sufra.
Elias se incorporó. La sala estaba abierta. El abismo, también.
—No prometo nada.
La alzaron entre los dos. Su cuerpo era ligero como humo. Una herida abierta en forma de mujer. La marca brillaba intensamente bajo la tela rasgada, como si ardiera desde dentro, como si supiera lo que estaba por suceder.
Él la sostuvo, cargando un secreto prohibido, un trofeo maldito. Sus dedos la rodearon con una suavidad falsa, demasiado medida.
Kyrion apartó la vista un segundo. La forma en que Elias la tocaba era...
incorrecta. Algo en su interior se tensó.
Aún así, se mantuvo en silencio mientras activaba el acceso a las cámaras inferiores.
Su magia susurró a la piedra y el umbral se abrió con un crujido húmedo.
No miró atrás. Quizá porque ya no podía.
—¿De verdad crees que puedes controlarla? —murmuró, sin emoción. Elias sonrió sin volverse .
—No quiero controlarla. Quiero poseerla.
Y la puerta se cerró como un suspiro de condena.
L a cámara ritual era una herida enterrada en piedra. El altar, una losa lisa cubierta de símbolos escritos en sangre fresca y vieja, parecía respirar. El aire apestaba a flores marchitas, sudor antiguo y hierro oxidado. Cada grieta de la piedra vibraba con un pulso ajeno al humano.
Serenya yacía boca arriba. Su respiración irregular, como si no perteneciera del todo a su cuerpo. Su alma, en algún rincón lejano, parecía saber lo que se preparaba.
Elias se arrodilló junto a ella, con el pecho agitado, el rostro bañado en sombra.
—Mía —murmuró. No como un amante, sino como un cazador… un niño enfermo con su juguete roto.
Deslizó los dedos bajo la tela rasgada y la arrancó con un gesto lento, cruel. Cada hebra se partió con un sonido húmedo. La desnudez de Serenya quedó al descubierto. Su cuerpo inerte, expuesto como una ofrenda.
« Hubo un tiempo en que su voz —tan dulce, tan risueña— me pedía que le enseñara a bailar en los patios. Hubo un tiempo en que sus ojos no suplicaban poder, sino juegos. En que era solo el hermano pequeño de quien yo amaba. Y ahora... ahora esas manos buscan corromper lo que un día protegió » .
El dolor no era solo repulsión. Era duelo.
La piedra estaba helada contra su espalda. El sudor de su cuerpo comenzaba a mezclarse con el polvo ritual, formando una capa pegajosa, extraña, que no era ni carne ni magia. No había respuesta en sus músculos. Solo abandono. Como si su cuerpo hubiera decidido ausentarse para no sentir.