La llama no escrita (Lux Mortem 1) 65. La hija del abismo #3
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65. La hija del abismo #3

—No fue Serenya quien me quitó la vida. Fue el precio de elegir el amor por encima del miedo.

Y lo pagué… sabiendo que podía perderlo todo.

No escapé porque si lo hacía, todo lo que amaba caía con la grieta: tú, Ezryn, Lioran…

incluso Lazhar. No lo hice solo por ella.

Lo hice por todos. Por la esperanza de un mundo en el que aún pudierais elegir.

Porque eres mi hijo y te amo. Merecías una oportunidad para seguir con tu vida, para enamorarte, para tener hijos, para amar y ser amado…

Aún no es tarde, mi amor, no hagas esto.

—¿Tarde? —murmuró Elias—. Claro que es tarde.

Se rio. Un sonido desgarrado, hueco. No había alegría. Solo ruina.

—¿Quieres saber lo que me hizo tras perderte?

¿Lo que ocurrió cuando Ezryn se fue a jugar al héroe, más preocupado por su corazón roto que por su reino...

o por mí? Me encerró en la cripta de los condenados.

Quince años… y me dejó solo una semana entera, entre huesos olvidados y nombres tachados.

Dijo que si lloraba, no sería digno del trono.

Dijo que la sangre real no suplicaba. Que tenía que pasar la prueba por si Ezryn no volvía.

Que tenía que demostrarle que en ese caso podría ocupar el trono.

Grité. Al principio. Hasta que la garganta se me partió.

Luego ya no pedí ayuda. Solo… me apagué —resopló con desgana—. Cuando salí, era otra persona.

Comenzó a reírse, sin ganas, como una persona que ha perdido la cabeza.

—Elegiste dejarme. ¡La elegiste a ella! ¡Moriste por ella! —gritó—. Y yo… me quedé solo.

Su rostro se torció. El dolor ya no era humano. Era algo más antiguo. Más hueco.

—Y tú dices que me esperas. Pero yo… yo ya no sé dónde estoy. No hay niño que vuelva de eso, madre. No quedó nada de él. Solo esto. Esto que duele menos.

Su voz bajó.

—No me digas que aún hay luz. No puedo buscarla. Porque si la encuentro… voy a odiarla por lo que me recuerda que fui .

Aelira se quebró, pero no retrocedió.

—Entonces déjame quedarme contigo en la oscuridad, Elias. Como cuando eras pequeño y tenías miedo. No voy a juzgarte. Solo quiero abrazarte cuando ya no puedas más. Y si alguna vez… alguna… vuelves a mirar al cielo sin rabia… Sabrás que sigo allí. Esperando.

Pero ya no hubo respuesta.

Elias alzó el rostro. Los ojos, secos. El alma, cerrada. Su humanidad… se durmió para no romperse. La madre entendió. Y no lo condenó.

—Te esperaré más allá. Donde la rabia no alcance. Donde las madres aún abrazan… aunque ya no las recuerden.

Y el silencio cayó, antes de estallar.

—¡Esto no es real! —escupió Elias—. ¡No me engañes! ¡Ella murió por tu culpa! ¡Tú lo arruinaste todo! Todos eligieron, pero nadie a mí.

Se levantó, los ojos desorbitados, el poder reverberando en su mente.

Serenya vio unos ojos. Primero, verdes como helecho. Luego, de un gris tan claro que dolía. Aelira. Lyeth. No como visiones, como parte de sí misma. Como brasas que nunca se extinguieron.

—No estás sola —dijeron a la vez.

—Somos la grieta contigo.

Despertó como juicio. Abrió los ojos. No eran suyos. Eran los de la grieta. Ya no temblaba. Ya no dudaba. Era certeza encarnada. La grieta no era su carga. Era su herencia.

Su cuerpo se alzó sobre el altar, iluminado por una luz que no venía de ningún sol. La marca ardía. Su mirada… no tenía piedad.

Él la observó sorprendido y deshecho.

—No eres suya… no eres de nadie…

—No —susurró ella—. Nunca más seré de nadie. Ni de ti. Ni del destino. Ni de ningún dios que permita esto.

La runa se apagó. Y con ella, toda la sala. El aire cambió. Las paredes se partieron. La piedra sangró. Elias se tambaleó. Quiso levantarse.

—¿Qué… eres? —susurró.

Ella lo miró con una calma devastadora. La luz que la rodeaba ya no era mágica. Era lo que queda cuando la magia se rinde ante la voluntad.

—Soy lo que creaste con tus mentiras. Lo que despertaste cuando intentaste encerrarme. La grieta es mi carne. Y tú… intentaste violarla con tu ambición.

Le rozó el rostro con los dedos. Elias tembló. No de deseo. De pánico.

—No te perteneceré, Elias. Ni tú. Ni tu sello. Ni tus promesas. No eres suficiente. Y yo… ya no seré menos.

Con una caricia inversa, lo empujó. No con fuerza. Con voluntad. El muro lo recibió con un crujido sordo. Hueso. Magia. Orgullo. La grieta no lo desgarró. Lo deshizo. Desde dentro. Como si supiera exactamente dónde se escondía su ego. Dónde nació su odio.

—¿Y si todo esto fue amor? —susurró, más para sí mismo que para ella—. ¿Y si nadie me enseñó otra cosa?

Pero la grieta no respondió con consuelo. Respondió con juicio.

Lo quebró. « No destruí al monstruo. No arranqué la amenaza. Despedacé, también, al niño que una vez me pidió que le enseñara a lanzar piedras al río. El precio de la grieta... es que no escoge a quién rompe » .

Elias cayó. No como un hombre. Sino como una idea que ya no podía sostenerse. Y mientras su sangre se fundía en la piedra, su alma, rota, no halló consuelo. Solo vacío.

La grieta rugió.

Y su nombre se perdió en el eco.