62. Fragmentos de una mentira
E l recuerdo no la soltaba. No importaba cuánto cerrara los ojos, ni cuán profundo respirara. Estaba allí, como una astilla incrustada en la carne viva. Como una herida que, en lugar de sanar, se abría con cada intento de olvido.
Lo había sentido tan real. Tan detallado. Cada palabra, cada gesto, cada inflexión. Más allá del dolor, lo que más la desgarraba era la certeza: lo había amado. Y con la misma claridad con la que una vez había confiado en él, algo dentro de ella se partía.
Se encogió sobre sí misma, acurrucada en el rincón más oscuro de su habitación.
Los brazos rodeando las rodillas. La frente apoyada sobre ellas.
La piedra bajo su cuerpo estaba tibia, compartiendo su rabia.
La marca en su vientre no dolía., pero palpitaba.
Lenta. Constante. Cerró los ojos, buscando paz.
Y entonces vinieron los otros recuerdos.
No los del dolor. Sino los que latían con luz, aunque fuera tenue.
◆◆◆
Ezryn… riendo. Una carcajada breve, seca, pero verdadera, mientras ella —en algún lugar que olía a hierba mojada y tierra abierta— le arrojaba agua desde un arroyo helado.
Él se defendía con una ramita torpe, y ella lo empapaba con la ventaja de quien sabía jugar sucio. Estaban mojados, sucios, vi vos.
Ezryn… señalándole las estrellas. Tumbados sobre una manta áspera, en una noche sin luna. Su voz baja, enumerando nombres antiguos: Kaeros, Thalim, Sennari… Ella no recordaba las constelaciones. Solo el sonido.
—Esa eres tú —había dicho al fin, señalando una estrella casi invisible—. La que nadie ve venir hasta que arde.
Ezryn… perdiendo a propósito al ajedrez. Ella se dio cuenta porque, por primera vez, él había hecho un movimiento torpe. Imperdonable.
Cuando lo miró en silencio, él sonrió y dijo:
—Estoy aprendiendo a rendirme. Es... nuevo para mí.
Ezryn… con la frente pegada a la suya. Respirando como si le costara seguir vivo.
—No me toques si no es para quedarte —pronunció ella entre suspiros.
Él cerró los ojos. Tardó un segundo en hablar. Cuando lo hizo, su voz parecía vieja, como si viniera desde muy lejos.
—No sé cómo quedarme sin arrastrarte conmigo.
Y fue… suficiente. Por ese instante. Porque no prometía eternidad, pero sí verdad. Y en aquel entonces, eso le bastó. Fue antes. Mucho antes. Cuando aún no sabían que el amor podía costar el mundo.
El último recuerdo no llegó. Se abalanzó.
No era un retazo, como los anteriores, se sentía vívido.
Ezryn y ella habían escapado juntos por la noche. Solo eso. Una travesía sin sentido por los campos, una pelea fingida con ramas, un beso entre risas, un retozo torpe en un pajar olvidado.
La lluvia los sorprendió antes de que pudieran regresar. Volvieron empapados. Serenya con paja enredada en el pelo, barro hasta las rodillas, el vestido roto por un lado. Ezryn sin capa, con las botas llenas de agua. Parecían fugitivos de un crimen que aún no se había cometido.
Aelira los esperaba en la entrada, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Pero no habló. Solo los observó .
Se acercó a ella primero. Le quitó la paja del cabello con manos suaves, pero firmes. Luego alzó una ceja hacia su hijo, que bajó la mirada con un amago de sonrisa culpable.
—No me digáis que habéis estado entrenando con lobos —dijo.
Ellos no respondieron. El silencio los delató. Aelira los cubrió a ambos con una misma capa. Una vieja, de lana pesada. Los apretó juntos bajo el tejido y añadió:
—Lo que hay entre vosotros… no es de este tiempo.
Y eso es hermoso. Pero también peligroso.
—Ezryn la miró. Serenya casi no respiraba—.
Un día —continuó Aelira— alguien va a intentar romper esto.
No por odio. Por miedo. No dejéis que el dolor os haga creer que estáis solos.
Eso… es lo que parte los lazos de verdad.
Luego se alejó, dejándolos empapados bajo la capa, con la advertencia latiendo entre ellos como una premonición sin nombre.
◆◆◆
L a habitación olía a piedra húmeda y lino viejo.
Un rayo de luna atravesaba la cortina y dibujaba líneas pálidas sobre el suelo.
Por un segundo, el mundo pareció detenerse allí.
En el trazo plateado sobre la piedra. En ese aire suspendido, donde aún no existía la traición.
Serenya respiró hondo, pero el aire no entraba del todo.
Era como si los recuerdos la hubieran dejado sin oxígeno.
Se frotó los brazos. No tenía frío. Tenía grietas. Los recuerdos peleaban entre sí. Como si lo falso y lo real se trenzaran en una danza imposible. Su propia mente ya no podía distinguir qué era visión, qué era verdad… y qué era deseo.
La marca en su vientre ardió. No con furia.
Con urgencia. Se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero el cuerpo obedeció.
La grieta pulsó una vez, con fuerza. Como si dijera: Busca la verdad.
Y ella obedeció. No porque confiara. Sino porque necesitaba dudar de su duda.
Porque había una parte de ella —la más rota, la más vieja, la más feroz— que aún creía que Ezryn era el de los últimos recuerdos y que el anterior tenía que ser un error.
No podía mentirle así. No a ella. No con esos ojos.
E l aroma a hojas mojadas inundaba la fortaleza. Serenya descendía por los corredores como si siguiera un eco que no sabía nombrar. No había urgencia en sus pasos. Solo una quietud quebrada. Una determinación sin aliento.
Había buscado en la sala de entrenamiento, donde ella se deleitaba mirando la gracia con la que se movía.
No estaba. En la terraza norte, donde solía afilar sus dagas con la mirada puesta en la lejanía, ensimismado, pensando.
Tampoco. En la biblioteca. En la cámara del consejo.
En la sala de los espejos. Nada. Solo su reflejo, descompuesto por la duda, devolviéndole una mirada que ya no era del todo suya.
El Bastión parecía más vasto esa noche. Los techos más altos. Los muros más anchos. Como si el propio castillo respirara más lento, esperando. La grieta no decía nada. Pero palpitaba. No decía nada. Pero cada latido susurraba: Sigue. Busca. Duda.
Giró en uno de los pasillos interiores, los más antiguos, donde las voces bajaban el tono, aunque no hubiera nadie escuchando.
Allí, al fondo, reconoció su silueta desde la galería lateral, oculta entre las columnas. El príncipe Sangreth estaba de pie, de espaldas, con los brazos cruzados detrás, hablando en voz baja con el Archiduque.
No sabía qué la había guiado hasta allí. Tal vez la grieta. Tal vez la necesidad de confirmar lo que temía. Se quedó inmóvil. A una distancia segura. Suficiente para oír. Demasiado cerca para no doler.
—La grieta aún puede ser contenida —dijo, sin emoción.
Su voz era distinta. Precisa. Vacía. No era la que recordaba diciéndole nombres de estrellas ni confesando que no sabía cómo quedarse. Era otra. O tal vez era él, simplemente, sin ella.
—¿Y la voluntad? —preguntó el Archiduque—. ¿No hay riesgo de que el vínculo la vuelva impredecible?
—Aún no hay vínculo real. Nada irreversible —respondió—. Mientras no se fortalezca, no hay peligro. El apego se puede gestionar. Controlaré la situación.
El corazón se le detuvo. No literalmente. Pero dolió como si lo hiciera. Parpadeó. Tal vez no había entendido bien. Tal vez sí. La grieta no ayudó: tembló.
En ese momento, Ezryn hizo una pausa mínima. Un silencio que no correspondía a su tono anterior. Luego, giró el rostro, como si algo en el ambiente hubiera cambiado. Un reflejo, quizás, en la superficie bruñida del pilar frente a él. O tal vez la forma en que la grieta palpitó al reconocerlo.
Un músculo en su cuello palpitó con violencia contenida. No se dio la vuelta del todo, pero el leve temblor en su mano izquierda delataba que lo había sentido. Que lo sabía. La vio. No directamente. Pero supo que ella estaba allí. Y eligió no hacer nada.
Volvió a mirar al frente. Continuó hablando. Sin un titubeo más.
El pecho se volvió piedra. Su garganta se cerró. Hablaba de ella como de un riesgo. Como de un obstáculo. Un vértigo seco le golpeó el estómago. El corredor pareció girar un instante, como si el mundo ya no estuviera anclado bajo sus pies.
«Controlaré la situación».
Una parte de ella gritaba que era mentira.
Que era fachada. Que fingía porque su padre estaba allí.
Otra, más vieja, más rota, creyó cada palabra.
Se dio la vuelta antes de escuchar más. No corrió.
No lloró. Pero cada paso fue una traición al recuerdo.
Y lo que no dijo Ezryn… dolió más que cualquier condena.
Algo dentro de ella crujió. La clase de pérdida que no hace ruido, pero que deja ceniza en el alma.
Un pétalo solitario flotaba, como si hubiera escapado del ramo de otra historia.
Se agachó sin pensarlo y lo recogió. Era grisáceo.
Frágil. Inexistente, tal vez. Lo sostuvo en la palma.
Y por un instante, deseó poder hacer lo mismo con su dolor: sostenerlo, mirarlo, dejarlo ir. Pero el dolor no flota.
El dolor se arrastra.
N o supo cuánto tiempo caminó. El pasillo parecía curvarse sobre sí mismo. Al final, se detuvo frente a una pared vacía. Ni puertas, ni ventanas. Solo piedra. Ni el castillo tenía idea de a dónde enviarla.
Elias apareció sin hacer ruido. Estaba allí, apoyado contra la pared opuesta, con los brazos cruzados y el rostro ensombrecido por la luz tenue. No la miró como un depredador. No esa vez. La miró como quien contempla algo frágil que está a punto de quebrarse sin remedio.
—Ezryn tiene miedo —dijo sin que ella preguntara—. El poder le inquieta más que el deseo. Y tú… tú eres ambas cosas.
Serenya no respondió. Seguía de pie, con la espalda recta, pero el alma se le había resquebrajado como vidrio bajo hielo.
—No tienes que creerme —añadió, despacio—. Pero hay una diferencia entre quienes quieren protegerte… y quienes quieren encerrarte para que nadie más lo haga.
Ella buscó sus ojos. Estaban tranquilos. Limpios. Casi vacíos.
—No sé qué es verdad —susurró—. Todo se siente… contaminado.
Sus hombros se alzaron una vez, como si intentara respirar profundo, pero no lo consiguió.
Él dio un paso, sin tocarla.
—Tú mereces que alguien te vea sin querer romperte para poseerte.
Avanzó hacia ella… y se detuvo. El gesto fue tan mínimo qu e pudo pasar por casualidad, pero no lo fue.
Su mano se alzó y se quedó suspendida en el aire.
Luego, la retiró. Bajó la mirada por un segundo, como si lamentara haber dicho algo demasiado cierto.
La frase flotó en el aire como una cuerda rota.
Serenya no discutió. No tenía fuerzas. No sabía si él era el veneno o la cura. Pero, por una vez, no huyó.
Se quedaron allí, en el pasillo silencioso, con la grieta latiendo entre ambos. Un testigo ciego. Elias se fue sin hacer ruido. Ella no lo siguió con la mirada. Ni con el alma.
El pasillo quedó vacío. O casi. Porque la grieta seguía allí, invisible, latente, respirando por ella. Pasaron segundos. O siglos.
Y entonces volvió a moverse. No confiaba en Elias. Pero esa noche... tampoco confiaba en sí misma.
De regreso a sus aposentos, el castillo parecía más ajeno que nunca. Los muros respiraban con un pulso que no reconocía. Las sombras se apartaban a su paso, por miedo. Se detuvo antes de llegar a su puerta.
La habitación de Vaelith estaba justo al lado. Lo había olvidado. O no había querido recordarlo. La puerta estaba entornada.
Dentro, la dama de compañía, sostenía un ramo de flores entre las manos. Rosas oscuras y ramas de ashenor, una flor nocturna que solo crecía en los jardines internos del Bastión. Serenya se quedó inmóvil, a un paso de la sombra.
La mujer desenrolló el papel y leyó en voz alta:
—«Para la futura reina. Que nuestras casas encuentren estabilidad en esta unión. —C».
Vaelith no dijo nada. Solo sonrió. Ella tampoco dijo nada. No porque no tuviera palabras. Sino porque, por primera vez, entendió lo que era no tener lugar. Ni en el deseo. Ni en la historia. Ni en la promesa.
El mundo se estrechó en torno a un zumbido sordo, como si su propio cuerpo intentara protegerla del golpe. Tragó saliva, pero el nudo en la garganta era un ancla inmóvil.
El recuerdo que la partió. La conversación. Elias.
Todo pesaba en el mismo punto: su vientre. La marca ardía con un pulso irregular. Como si quisiera gritar… pero no se le permitiera.
Entró a su habitación sin hacer ruido. Cerró la puerta.
El olor del ashenor se filtró tras ella. Dulce. Implacable. Una promesa hecha a otra mujer. No lloró. Pero por primera vez, deseó no haber recordado.
En su vientre, la marca palpitó una vez más. No era magia. Era luto.