61. Lo que arde bajo la piel #3
No lo oyó llegar, pero lo sintió. El aire cambió. La sombra se alargó.
—¿Te escondes? —preguntó Caelan.
Serenya continuó un último giro con los brazos abiertos, fuego y agua danzando entre sus dedos. Cuando la energía se disipó, su respiración era agitada, pero no temblorosa.
—No. Me preparo.
—¿Para qué?
—Para cuando te quedes ahí, otra vez, mirándome, sin preguntarme si quiero ser salvada, sin siquiera intentarlo.
No supo de dónde habían salido esas palabras. La magia vibró entre ellos como una cuerda tensa a punto de romperse. Él avanzó un paso. Luego otro. Y otro más.
Ella no se movió. No lo evitó. No podía.
—¿Qué soy para ti, Serenya? —Su voz era un susurro desgarrado.
Ella cerró los ojos un instante. Para reunir las palabras correctas. Para arrancarlas de donde dolía.
—Una herida —dijo—. Una promesa. Una maldición con forma de hombre. ¿Quieres más?
Él no respondió. Su respiración se volvió más densa. Como si cada palabra de ella hubiera sido un golpe directo al pecho.
—No puedo elegirte —añadió ella. No era excusa. Era sentencia.
—No te lo estoy pidiendo —replicó él, casi sin aire.
—Pero si lo hiciera… —Se giró por fin. Y sus rostros quedaron cerca. Demasiado cerca—. Si dejara que todo esto ardiera otra vez… ¿Arderías conmigo?
Los labios casi se rozaron. Ni un aliento entre ambos. El oro en los ojos de ella se encendía. La sombra detrás de él temblaba. Pero no se tocaron. No con la boca, ni con el cuerpo.
Él alzó la mano, lento. Como quien se acerca a una llama sabiendo que quema. Y tocó la marca de su clavícula. Con los dedos. Con la sombra. Con la historia.
Ella cerró los ojos. Una exhalación tembló entre sus labios. No era sexo. No era amor. Era el recuerdo de una vida que los había roto. Era el eco de una elección que nunca se hizo. Era un deseo tan antiguo como la grieta misma. Y ardieron. Sin rozarse.
Un incendio contenido en el espacio de una respiración. Una promesa aplazada. Una tormenta a la espera.
Aunque la llama no se desató, las grietas ya se abrían. Y esta vez, si se rompía… sería para reconstruirse como nadie osaría imaginarla.
Caelan se marchó sin una palabra más, su sombra arrastrándose como un eco que aún la deseaba. Serenya permaneció en la sala, quieta, el pecho alzándose con una respiración desigual.
El fuego y el agua aún chispeaban en el aire. Sus manos temblaban, de rabia no canalizada.
«¿Qué soy para ellos? ¿Para mí?»
Volvió a cerrar los ojos. Se sentó de rodillas en el centro del círculo de entrenamiento, donde la piedra aún guardaba el calor de su cuerpo.
Allí, en ese silencio espeso, su magia respondió. No la conjuró. No la llamó. Solo dejó que emergiera. La runa de su vientre palpitó, con hambre .
—Muéstramelo —susurró, con los dientes apretados—. Esta vez… yo lo elijo.
No buscaba consuelo. Ni respuestas. Buscaba verdad. Aunque doliera. Aunque la rompiera.
La magia obedeció.
Primero fue un destello.
Luego, el campo de piedra negra.
◆◆◆
El altar. Y él. Ezryn. Pero no era como lo recordaba. O no del todo. Su cuerpo sobre el suyo. Sus colmillos brillando en la penumbra, afilados. Y luego… la mordida. La presión. El jadeo. Su voz.
—Eres mía. Aunque no lo digas. Aunque niegues que te tiembla el alma cuando te toco.
◆◆◆
S u propio desconcierto la abrumó. El sudor empapaba su espalda. Hiperventilaba. Su cuerpo entero se convulsionaba.
Bajó la mirada. El brazalete seguía ahí. Frío. Callado.
«¿No se activó? ¿O… no debía hacerlo?»
La visión… la mordida… la marca… su nombre confundido en su garganta. Todo volvía como una marejada sucia.
«¿Ezryn me pidió permiso?»
No había respuesta. Ni en la magia. Ni en su memoria. Solo un vacío nuevo, más hondo que la grieta. Porque si no lo hizo… Si simplemente la tomó… Entonces no solo la marca era de sangre. También lo era la traición.
«¿Fue así? ¿Lo permití… o me lo arrebató? ¿Era esto lo que él no quería que recordase?»
La visión se volvió líquida, inestable.
Cerró los ojos, esforzándose por recordar.
Un segundo después, Ezryn la miraba desde arriba con una sonrisa torcida.
El olor que la envolvía no era del todo el suyo.
Había un matiz distinto. La sujetaba. Ella se debatía.
¿O solo se arqueaba? Su cuerpo se rendía como si fuera cierto.
Pero su mente... sangraba dudas. Algo faltaba. Algo que nadie le devolvió.
Salió del recuerdo. De golpe. Sudorosa. Jadeante. Las manos aferradas al suelo como si acabara de ser arrastrada desde el fondo de una pesadilla. La grieta se agitaba. No habló. No lloró. Solo se puso en pie, temblando de rabia y vergüenza. No por lo que vio, sino porque no sabía si creerlo.
En el rincón más oscuro de la sala, donde las velas ya no llegaban, una presencia se deshilachó como humo sin llama. No dejó huella. Solo un leve rastro de especias amargas y almizcle metálico. No necesitaba sangre fresca para invocar su poder. Solo quedaba regar lo sembrado.
Apoyó la frente contra la piedra fría. No pidió perdón. No suplicó. Solo dejó que el asco le recorriera las venas como una penitencia antigua… de esas que ni siquiera sabes si mereces o si buscas.