61. Lo que arde bajo la piel #2
Elias sonrió y fue como ver la luna reflejada en agua estancada.
—¿No? —Se acercó. Su andar era líquido, felino. Una coreografía hecha para seducir—. Entonces, deberías cuidar cómo me miras.
—¿Y cómo te miro?
—Como si supieras que podría dominarte. —Sus dedos se alzaron, casi rozando su mejilla, pero se detuvieron a una fracción de distancia—. Y aun así... quisieras probar.
Sintió el pulso arderle bajo la piel, pero no retrocedió.
—Quizás estoy esperando que lo intentes. Para destrozarte.
Él rio. Bajo. Oscuro. Encantado.
—Qué suerte tienes... me excita el peligro.
Y aun sabiendo que el peligro tenía forma de palabra, no apartó la mirada.
El ambiente se tensó. Una descarga invisible recorrió la sala. La magia de la grieta se movía sutilmente, contenida bajo la piel, como una bestia dormida.
Elias, en cambio, no necesitaba magia visible. Su poder estaba en las palabras. En las pausas. En las miradas calculadas y las medias verdades. Era un tejedor de mentes. Y sabía que ella, por fuerte que fuera, también era una red por explorar.
Se inclinó hacia su oído, apenas un aliento de distancia.
—Sabes que todos quieren controlarte. Incluso los que juran protegerte. ¿Esperas que yo sea distinto?
Ella giró el rostro lentamente. Sus labios casi rozaban los suyos cuando respondió, en un susurro afilado:
—Tú no eres distinto. Solo más elegante en la traición.
La miró con un brillo en los ojos que no era deseo. Era fascinación. Tal vez... respeto.
—Y tú... eres adictiva. Incluso cuando me odias.
Lo miró sin pestañear. Sabía lo que estaba haciendo.
La atracción era una corriente invisible que los unía.
Ese era su don. Elias no hechizaba con conjuros.
Hechizaba con hambre. Con la necesidad de ser comprendida.
De no estar sola en la sala del juicio. Y eso, él lo leía en ella como un códice antiguo.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, al fin.
Elias no respondió enseguida. Caminó en círculo a su alrededor, un predador que aún no decide si cazar o adorar.
—No lo sé. Tal vez verte caer. O tal vez... ayudarte a alzarte. —Se detuvo tras ella, tan cerca que podía sentir su calor a través de la tela—. Todo depende de ti. De cuán cansada estés de que otros hablen por ti. Piensen por ti. Luchen por ti.
Se quedó quieta, pero sus ojos decían que lo había escuchado todo. Y, tal vez, algo de eso había calado hondo. Elias lo supo, ya que ese era su verdadero hechizo: no dominar desde fuera, sino sembrar la duda desde dentro.
S erenya no bajó al comedor aquella noche. No tenía hambre. Ni de pan ni de palabras. La cena transcurrió sin ella, pero no sin rumores. Y el Bastión, fiel a su costumbre, no tardó en susurrarlos.
Bajó a la cocina, a escondidas. Cocinó pan con hierbas amargas. No por hambre, sino porque necesitaba hacer algo con las manos. El aroma llenó la torre como un recuerdo que no le pertenecía. Con el pan caliente entre las manos, caminó sin rumbo, o al menos eso pensaba.
—No es común encontrar a nadie cocinando a esta hora —dijo una voz desde la penumbra.
Se dio vuelta con el corazón en la garganta. Mirel estaba en el umbral, con una bandeja vacía en las manos y la expresión serena de quien ya ha visto demasiado como para sorprenderse.
—No sabía que alguien más usara esta cocina.
—Solo los que buscan silencio —respondió, con una media sonrisa.
Dudó. Luego, dejó el pan sobre la mesa.
—¿Quieres sentarte conmigo ?
Mirel levantó una ceja, sorprendida.
—¿Segura?
—No quiero comer sola. Y dudo que tengas algo mejor que hacer a estas horas.
Se sentaron en los bancos de madera, frente a frente, compartiendo el pan como si fuera un ritual. Una tregua tácita. Un paréntesis del mundo.
—No sé por qué hice esto —dijo al cabo de un rato, desmenuzando un pedazo con los dedos—. Solo… recordé el olor. Como si lo hubiera sentido antes.
Mirel la observó. Con cuidado. Con respeto.
—Una amiga mía solía cocinar pan así. Decía que el amargor limpiaba el alma. Nunca supe si lo creía… o si solo lo repetía para no quebrarse.
Serenya asintió, pero no respondió. Algo en su pecho se agitaba. Una punzada entre las costillas, como si el cuerpo recordara lo que la mente aún no se atrevía.
—¿Y esa amiga? —preguntó después, sin mirarla— ¿Sigue viva?
No contestó de inmediato.
—Vive en mí… y este aroma siempre me la trae de vuelta.
El silencio volvió, pero era menos denso. Más íntimo. Serenya rompió otro trozo. Y por primera vez en días, lo comió con placer.
Mirel observó el pan una última vez, como si lo viera arder en otra vida.
—Hay aromas que no se olvidan —murmuró—. Ni aunque el mundo los prohíba, ni aunque una lo desee.
No dijo más. Solo se levantó después de un rato, recogió la bandeja vacía y se fue con pasos suaves.
Serenya se quedó sola. Con el sabor amargo del pan en la lengua y un temblor nuevo en el pecho. No era hambre. Era memoria. Algo que no sabía si quería recordar, pero que empezaba a abrirse igual.
No subió a su habitación. No quería paredes. Quería piedra. Quería movimiento. Quería fuego .
En la torre de entrenamiento, el silencio era distinto. El del filo antes del corte. El de la llama que espera la chispa. Se movía con precisión, repitiendo los ejercicios que Lioran le había enseñado: respiración profunda, anclaje con los talones en el suelo, invocación sin palabras.
El agua obedecía a su palma izquierda. El fuego ardía en la derecha.
Las dos fuerzas se entrelazaban, girando a su alrededor como satélites salvajes.
Sus brazos dibujaban runas invisibles. Sus pies se deslizaban por la piedra como si recordaran una danza más antigua que el idioma.
La túnica ligera se pegaba a su piel húmeda.
El cabello, recogido a medias, se soltaba con cada giro.
Las palmas ardían de contención. No practicaba: se defendía de sí misma.