La llama no escrita (Lux Mortem 1) 42. Eco de sangre
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42. Eco de sangre

A lo lejos, alguien soltó el aliento que había estado conteniendo. Un aprendiz apoyó la frente contra la pared, los nudillos blancos de tanto apretar. Incluso las sombras parecían aflojarse.

El silencio que quedó tras su partida fue peor que cualquier palabra. Solo entonces, notó que su cuerpo vibraba, a punto de descomponerse.

El aire volvió en una bocanada quebrada, cargada de adrenalina y ceniza.

Aelira aún latía en su pecho: una cicatriz sin rostro, grabada bajo la piel.

Dio un paso atrás y notó que sus manos aún estaban brillando.

La magia no se había apagado con el cuerno ni con los insultos. Seguía allí, al borde del desborde.

—¿Estás bien?

Ezryn se acercó, su voz más baja, más humana. La herida en su labio ya comenzaba a cerrarse, pero la tensión en sus hombros no aflojaba.

Lo miró. En sus ojos convivían rabia, miedo y una ternura que dolía.

—¿Tu madre murió por mí?

Él cerró los ojos. Cada sílaba le rasgaba una memoria antigua.

—Murió enfrentando la grieta.

Algo le oprimió el pecho. Presión. Una mano invisible le sujetaba las costillas desde dentro. La magia le zumbó en la nuca: la grieta escuchaba.

Un estremecimiento le subió por la columna. Sin aviso, el recuerdo emergió. No como una visión nítida, sino como una escena envuelta en neblina y calidez.

◆◆◆

Una taza entre sus manos. Aelira, con su cabello blanco trenzado, sentada frente a ella, sonriendo con esa mezcla exacta de autoridad y ternura que solo se da a quienes se ama de verdad.

—Esa mirada tuya te meterá en problemas. Igual que a mi hijo—decía, sirviéndole una infusión. Y luego… una caricia en el cabello.

◆◆◆

Palideció.

—Yo la quería —susurró—. No era solo tu madre. Era… más.

Ezryn la miró en silencio. Y en su expresión había tormenta. Nostalgia. Dolor. Pero también una devoción que el tiempo no había podido erosionar.

—Te quería como si fueras parte de ella, su hija, esa que nunca pudo tener —agregó, ronco—. Le pertenecías.

Ella contuvo el aliento y se rompió. Ternura acumulada, como si esa caricia del pasado le hubiera llegado tarde.

Como si su cuerpo recordara un amor que su mente aún no podía nombrar.

No sabía si esa mujer había sido madre, maestra o mártir.

Solo sabía que la pérdida ardía, una herida que no era solo suya.

—¿Qué éramos tú y yo… antes? —preguntó. No era un reproche. Era una herida sangrante.

Ezryn no respondió de inmediato. Sus ojos parecían perderse en algo que solo él podía ver.

—Lo suficiente como para que tu muerte partiera mi mundo —murmuró al fin—. Y para que mi madre… diera la vida por ti sin dudarlo.

Ella bajó la mirada. Algo ardía en el centro de su pecho. Una intuición sin forma.

—¿Me amabas?

—No he dejado de hacerlo —susurró —. Aunque ya no sé si eso es redención… o castigo.

—¿Y tú también quieres saber si puedo controlarme… o si deberían matarme?

La miró largo rato. Y luego negó despacio.

—No. Yo quiero saber si puedes elegir.

—¿Elegir qué?

—Elegirte. A ti. No a quien fuiste. No a quien dicen que serás. A ti. Aquí.

Eso la desarmó más que los gritos, más que los golpes. Se sintió expuesta. Como si él le hubiese abierto una costilla solo con palabras.

—Ezryn… lo de anoche con Caelan… —empezó, pero él la interrumpió.

—Lo sé. —No hubo reproche en su tono. Solo una certeza dolorosa—. Lo sentí. En mi poder. En mi cuerpo. Como si una parte de mí se apagara durante unas horas.

Ella abrió los labios, incrédula.

—¿Lo sentiste?

—Eres la grieta. Y yo soy sangre. La sangre siempre sabe cuándo su cauce cambia de dirección.

Cerró los ojos. Escuchó su propio pulso. No estaba segura de que aún le perteneciera.

La bruma del valle se arrastraba por los bordes de la galería como una bestia curiosa. El amanecer había pasado, pero el día aún no comenzaba del todo. Ezryn se acercó otro paso. Serenya no retrocedió.

—No me importa si te acostaste con él —dijo—. Me importa que no huyas de ti. Que no te escondas. Que cuando ardas, me mires. Y me dejes quedarme para arder contigo.

Serenya abrió grande los ojos. El calor volvió a su vientre, distinto al de antes. Un abismo que llevaba su nombre.

—Tengo miedo —confesó.

—Entonces, no estás sola —dijo él—. Yo también .

Un latido. Dos. Ezryn levantó una mano. Despacio. Como si pidiera permiso. Sus dedos rozaron su mejilla. No hubo lujuria esta vez. Solo un roce. Como si ese contacto pudiera anclarla a algo que no se rompiera. Ardía. Pero no por él. Por todo lo que no entendía y pese a eso sentía.

Y volvió a ocurrir. Una visión se deslizó entre ellos como un relámpago suave, sin advertencia.

◆◆◆

Una cama tallada. Vela derretida en los bordes.

El cuerpo de ella boca abajo, desnudo, con la espalda arqueada y un hilo rojo —delgado como una promesa, profundo como una marca ritual— entre las escápulas.

Ezryn —más joven, más oscuro— besando esa línea como si fuera una herida sagrada.

Murmurando un juramento en una lengua olvidada.

—Si mueres, me muero contigo.

◆◆◆

La visión se quebró en un instante. Serenya dio un paso atrás, jadeando. Se tocó el pecho. No sabía si había dejado de respirar… o de existir.

La realidad tardó en volver. Su cuerpo seguía estremecido por dentro, como si hubiera presenciado algo demasiado íntimo para ser compartido. Ezryn la sostenía, pero no podía alcanzarla del todo. Porque en el fondo… una parte de ella seguía atrapada en esa visión, en ese juramento olvidado.

—¿Tú lo viste? —susurró, con la voz rasgada.

La sacudida le llegó tarde. Le ardía la espalda, justo donde la había besado en la visión.

La piel le palpitaba, sensible, como si el recuerdo hubiera dejado una marca física.

Y el olor… un olor a piedra húmeda y cera derretida le llenó los sentidos.

No era posible. No tenía lógica. Sin embargo, su cuerpo lo recordaba. Lo extrañaba.

—Sí —dijo él. La mirada perdida—. Te vi… Mi madre dijo an tes de que todo se rompiera —murmuró Ezryn— que si alguna vez teníamos que elegir entre el poder y el amor... ese día perderíamos todo.

Lo miró, indefensa.

—¿Y tú qué elegiste?

—Lo elegí todo. Por eso… lo perdí todo.

No supieron qué decir. Ezryn tragó saliva. No volvió a tocarla. Detrás de ellos, Caelan los observaba en silencio desde la sombra del corredor. No había anunciado su marcha, pero tampoco se había ido del todo.

Durante la confrontación con los Sangreth había permanecido cerca, como un centinela quebrado.

Sus ojos —sombras de una noche recién vivida— buscaron los de Serenya una última vez.

No dijo nada. No hizo nada. No obstante, algo en su pecho se cerró.

Se giró. Las sombras lo envolvieron como un manto silencioso y desapareció por el pasillo, llevándose consigo el peso de un deseo que aún ardía… y una herida que aún sangraba.

Serenya no se movió; sin embargo, algo en su pecho crujió. por el vacío que Caelan dejaba al marcharse sin pelear. Otra vez.

—¿Puedo quedarme contigo esta noche? —preguntó entonces Ezryn, más bajo—. No para tocarte. Solo… para que no sueñes sola.

Ella no respondió de inmediato. Se fijó en una grieta del suelo. En cómo la antorcha titilaba como si supiera algo que ella no. Dudó un segundo. Luego, asintió.

El día se les fue entre páginas leídas a medias y silencios compartidos, como si ninguno quisiera ser el primero en romper algo frágil.

Se quedaron en su habitación. La noche cayó sin gloria, espesa como una tinta en los cristales. Serenya se sentó sobre la cama sin desvestirse. Ezryn se quitó la capa, los guantes, las botas. Nada más. Ella apagó las velas. No pronunciaron palabra.

Antes de tumbarse, Ezryn se inclinó ligeramente hacia ella. Le acomodó una de las mantas hasta los hombros con una delicadeza que desentonaba con su sangre. Luego, se quedó un instante quieto, tan cerca que el calor de su aliento delineó su cuello.

—No estás sola —susurró al apartarse.

La cama era grande, pero no lo suficiente para ignorar el cuerpo del otro.

Serenya miró el techo, sin pensar. El calor de Ezryn irradiaba como una brasa constante.

Olía a él. Y eso se parecía mucho al hogar.

Cada vez que respiraba, sentía que el colchón exhalaba con él.

Sin tocarse, la electricidad bastaba. Ambos eran los extremos de una misma herida.

Tras algunos minutos, se giró. Lo miró dormir de lado, el rostro medio cubierto por el cabello. No era tan distinto a Caelan: ambos guardaban guerras en el pecho. Pero Ezryn… Ezryn soñaba con la herida abierta. Con la sangre corriendo por dentro sin cerrarse nunca.

Alargó la mano. No lo tocó. Solo la dejó cerca.

Mientras el sueño la arrastraba, una sombra persistía.

No en su piel. No en su boca. En la ausencia.

En el espacio que había dejado al marcharse sin decir nada.

Si bien su cuerpo compartía la cama con Ezryn, fue el peso de esa otra sombra lo que le robó el último suspiro antes de dormirse.

Entonces lo sintió. No fue pensamiento ni emoción propia. Fue un susurro.

«No has sido suya. Nunca lo has sido».

Su cuerpo se tensó de golpe, el aliento atrapado en la garganta. Sus párpados, medio cerrados, temblaron. Una leve convulsión le recorrió la espalda. No venía de Ezryn. No venía del Bastión. Era una presencia distinta. Lejana, y, sin embargo, dentro.

Ezryn se giró ligeramente. No abrió los ojos. No preguntó. Solo deslizó una mano sobre la manta que los separaba, y la acercó un poco más a él.

—Shh… —susurró con la voz adormecida, casi ronca—. Es solo un eco… No dejes que entre.

No dijo más. Ni siquiera parecía del todo despierto. Sin embargo, el calor de sus palabras y la forma en que su cercanía se volvió abrigo fue suficiente para que ella soltara, al fin, el peso que cargaba en el pecho.

Recordó el sabor de una infusión que solía tomar en las torres del norte. Una mezcla cálida, con flor de yarel y miel negra. Aelira siempre decía que calmaba la magia. Tal vez mentía. Pero en esa mentira… había amor.

Ezryn y Serenya durmieron casi sin tocarse, pero la grieta entre ellos vibraba como un hilo tenso. No se soñaron. Pero despertaron sabiendo que el otro había estado allí.

Al fin, desde su llegada, el vacío pareció… habitable.