La llama no escrita (Lux Mortem 1) 43. El juramento bajo cenizas
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43. El juramento bajo cenizas

M ientras el Bastión dormía, o fingía hacerlo, alguien se marchaba en silencio. No tocó puertas, no dejó notas, no pidió permiso. Sin capa ni espada. Tomó su montura, con las manos aún marcadas por la pelea y cruzó los límites del Bastión como una sombra que el alba aún no había reclamado.

El camino no era largo. Pero esa noche pareció eterno. El cielo estaba cubierto, como si el mundo también quisiera ocultar la herida. Y Caelan no pensaba. No planeaba. Solo obedecía a esa pulsación muda que lo arrastraba. Por vacío.

Mientras en una habitación del Bastión, Serenya compartía el calor de una cama que no alcanzaba a calmarla, él buscaba algo que no sabía si quería encontrar.

Una verdad.

Una despedida.

O tal vez… una condena.

La encontró allí. O quizás ella lo esperaba, en silencio.

La piedra no tenía flores. Nunca las había tenido. Solo un nombre grabado en grieta viva.

Lyeth Virel.

Hechicera Umbrae.

Hija del clan.

16 años.

Sellada para siempre .

Caelan se arrodilló frente a ella. Solo su sombra y un hilo de voz que no usaba con nadie más.

—No pensé que sería tan difícil hablarte ahora.

La piedra no respondió. La ausencia siempre tenía forma.

—Te fuiste sin decirme nada. —Respiró profundo, ahogando un sollozo que le subía del alma—. Sin dejarme decirte nada. ¿Eso fue más fácil? ¿Para ti?

Cerró los ojos. Una brisa rozó su mejilla como dedos que ya no estaban. Se le apareció, por un segundo, con las trenzas desordenadas y los ojos llenos de furia.

No seas idiota, Caelan.

Siempre lo decía así. Siempre lo decía con una carcajada.

—Vi cómo miraste a Serenya. Ese día. Antes de fundirte con Aelira. No hiciste preguntas. No pediste permiso. Solo decidiste. Y no sé si fue por ella… o por mí. Te juro… que no te odio por eso. —Las lágrimas bañaban sus mejillas—. Pero tampoco te perdono.

No supo si hablaba al pasado o a la parte de sí mismo que aún esperaba respuestas de una niña que ya no estaba.

El viento arrastraba hojas secas a su alrededor y, por un momento, Caelan imaginó que eran pasos.

Pasos pequeños. Ligeros. Como los de Lyeth cuando corría hacia él sin previo aviso, con una pregunta imposible en la lengua y los ojos encendidos de vida.

Pero allí no había nadie. Solo el recuerdo... y una culpa sin destinatario.

Su voz tembló, por todo lo que no podía contener más.

—Él me salvó. Ella se rompió. Tú los viste y decidiste cerrar el mundo para que siguiera existiendo.

El silencio era tan absoluto que se oía su respiración.

—No sé si habría hecho lo mismo por ti. Y eso… eso me parte más que tu muerte.

Apoyó la frente contra la piedra.

—No puedo salvarla. Y esta vez no puedo morirme por ella.

Sus dedos trazaron el contorno del nombre sobre la roca. Cuántas veces había hecho lo mismo, en otras tumbas, en otras noches. Cada vez más solo. Cada vez más hueco. Lyeth. Luego los demás. Y… ella.

Siempre ella, la última grieta.

Sus sombras se alzaron como alas rotas. La piedra no respondió. Pero la grieta que se abría en su pecho, sí.

En algún lugar del Bastión, Serenya soñaba con fuego. La voz no era suya. Ni de Lyeth. Ni de Aelira. Era más antigua. Más íntima. Como si la grieta hablara con su lengua.

«No le temas a su sombra. Él ya tiene miedo por los dos».

Y mientras soñaba con fuego, Caelan se arrodillaba en cenizas que nunca terminaron de enfriarse.

El fuego en su sueño no era amenaza; era presagio.

No ardía para destruir. Ardía para revelar lo que quedaba oculto: el hueco exacto que solo podía llenarse con verdad.

Una verdad que dolía. Que no pedía permiso. Que ardía… porque no sabía cómo sanar.

Cuando volvió al Bastión, sus botas dejaban huellas de ceniza. Nadie le preguntó por qué.

Y cuando se levantó al día siguiente, el cielo ya no era negro. Pero tampoco era claro.

Como él.