41. El precio de la verdad
D esde la galería alta, donde los tres habían aguardado en silencio, descendieron a recibir a la familia real Sangreth. El cuerno había sonado hacía unos minutos y, desde entonces, el Bastión no respiraba.
El aire estaba suspendido. El mundo aguardaba la caída de un juicio. Todos esperaban una palabra, un gesto. Bastaba un susurro para quebrar la calma impuesta que dominaba el entorno. Serenya lo sintió en el fondo de su pecho: ese silencio no era paz, era el preludio de algo inevitable.
Guerreros Umbrae se alineaban a lo largo del corredor como estatuas vivientes, con las manos cruzadas sobre las empuñaduras, los rostros tallados en piedra. Algunos murmuraban entre dientes; otros simplemente bajaban la mirada cuando sus ojos los buscaban.
—Siempre llegan oliendo a incienso y guerra —susurró alguien a su espalda.
Incluso los aprendices, que normalmente se colaban en cualquier reunión importante con la excusa de portar libros o bandejas, se mantenían al margen. Caelan guardaba silencio. Inmóvil. Pero sus sombras... sus sombras hablaban por él. Como si ya presintieran una tormenta que no vendría del cielo.
Un joven escondido tras un arco de piedra dejó caer el pergamino que sostenía. El sonido seco del papel contra el suelo fue la única osadía antes del mutismo total que envolvió a la fortaleza.
El ambiente se tensó, un hilo de acero dispuesto a quebrarse en el instante en que Lazhar Maldrick, el Archiduque Sangreth, cruzó el umbral.
El ruido de sus pasos —lentos, autoritarios, implacables— llenó el lugar, como si los muros del Bastión recordaran su presencia desde vidas anteriores. No caminaba. Se imponía.
Una capa de incienso espeso, con notas de mirra negra y algo metálico precedía al rey.
Un aprendiz Umbrae se santiguó discretamente con los dedos manchados de tinta. Una guerrera mayor, de rostro marcado por cicatrices, apretó la mandíbula hasta hacer crujir los dientes.
Algunos de los Sangreth destacados en el Bastión —pocos, pero visibles— se arrodillaron con un solo puño en el suelo. Otros bajaron la cabeza con una reverencia contenida, los ojos sin atreverse a cruzar los del rey. No eran parte de su escolta, pero aún respondían a su corona.
Nadie hablaba. Nadie respiraba fuerte. Lazhar Maldrick no solo traía consigo su linaje, sino también el recuerdo de un castigo aún vigente.
Alto como Ezryn, pero más ancho de hombros, su figura era una contradicción perfecta entre elegancia y brutalidad. Vestía con una túnica vino seco oscuro, adornada con símbolos bordados en hilo de hueso. Su capa arrastraba a su paso el olor de los salones donde se sellaban pactos con sangre.
El cabello blanco, recogido en una faja trenzada, caía en mechones gruesos hasta la clavícula.
Pero era su rostro lo que sostenía todo el patio en vilo: anguloso, impasible, y con unos ojos rojos que no ardían, sino que consumían.
Ezryn había heredado la estampa, pero no el mutismo pétreo de su padre.
Y, a su lado, una llama templada con esmero: Elias.
Más joven, más esbelto, más... afilado. De belleza refinada, era una pintura cuidadosamente ejecutada: ojos dorados, cabello oscuro peinado hacia atrás con precisión cruel, labios finos al borde de una sonrisa que no prometía nada bueno.
Donde Lazhar era juicio, su hijo menor era burla.
Junto a ellos, marchaban seis Sangreth menores. Guerreros. Diplomáticos. Centinelas del linaje. Todos con la misma expresión inmutable: esa que solo se aprende en un lugar donde la sangre no se hereda, se exige.
Serenya los observó, sin poder evitar el estremecimiento que le recorrió la espalda. Su respiración pedía permiso. Se resistía.
Y entonces ocurrió.
El Archiduque se detuvo frente a ella. Un par de pasos separaban sus cuerpos. Pero la distancia real era abismal. La recorrió con la vista, sin lujuria ni desprecio. Con cálculo. Pesando cada hueso, cada fragmento de aura.
—Así que esta es la grieta —dijo con voz alta, grave como una caverna—. Carne renovada para un alma que debió ser enterrada.
No fue una acusación. Fue un dictamen. El rey Sangreth no la miraba como a una mujer. La analizaba como se evalúa una amenaza potencial. Como quien sopesa si vale más viva o muerta.
Se mantuvo inmóvil, el peso de su mirada sobre ella como una losa. Lo único que quedó fue un vacío en su interior, como si una parte ya estuviera muerta.
Lo peor no era lo que Lazhar podía hacerle. Era lo que podía confirmar. Que tal vez no era un puente entre reinos, sino la dinamita bajo sus cimientos. Y que, quizá, ya lo había sido una vez.
Un murmullo cruzó el corredor. Un Sangreth sonrió de medio lado. Un Umbrae escupió al suelo. El título se había dicho como un veredicto y cada oído lo interpretaba según su bando.
A su alrededor, los diplomáticos no pestañeaban. Cada uno representaba a un clan que ya había comenzado a escribir discursos de guerra o tratados de alianza… dependiendo de a quién Serenya eligiera besar. O rechazar .
Una de las diplomáticas Sangreth —alta, enjuta, de piel de alabastro— la evaluó con ojos de carnicera.
Otra se inclinó hacia su compañero, susurrando en una lengua que ella no entendía, pero cuyo tono le supo a desdén.
Los Umbrae, por su parte, seguían sin moverse.
Uno de ellos frunció los labios, la mano crispada y a punto de atacar.
No dijo nada. Solo sostuvo la mirada de la diplomática Sangreth, como si pudiera partirla con el ceño.
Por fuera, era mármol. Por dentro… algo en su estómago se encogió. Su cuerpo sí recordaba lo que su mente había olvidado: cómo era estar en juicio.
Ezryn dio un paso, tensándose.
—Padre…
—Calla —replicó Lazhar sin elevar el tono—. No he hablado contigo. —Su atención siguió fija en Serenya. No parpadeó. No se movió. Solo observó. Y, en ese acto, deshizo algo dentro de ella—. ¿Recuerdas a Aelira? —preguntó de pronto, sin aviso.
El nombre le erizó la piel. No sabía por qué. Fue como si una campana sonara en su interior, una vibración antigua que le recorrió la columna. Sintió arcadas sin náusea, un vértigo que le aflojó las rodillas sin llegar a caer.
Un nombre que no conocía. Pero que su cuerpo sí.
En su mente, una frase sin origen se encendió como una runa ardiendo: las llamas no mienten.
Y luego, una imagen fugaz: una mujer envuelta en fuego blanco.
Sonriendo. Muriendo. Por un instante, no supo si el dolor que le apretaba el pecho era suyo…
o de la mujer que moría. Pero lo sintió.
Tan vívido, tan crudo, que tuvo que apartar la mirada para no gritar.
—No.
Una mujer de cabello largo, blanco como la sal, con un lazo rojo al cuello, refulgió en su mente. Un círculo de runas. Un grito ahogado que parecía suyo… y no.
—Entonces, te la recordaré yo —dijo con voz tensa—.
Fue mi esposa. Madre de Ezryn y de Elias.
Murió hace doscientos treinta y cinco años, cuando el cielo se abrió y el mundo sangró por tu culpa.
La grieta despertó... y se la llevó. Ella la enfrentó.
La contuvo. Con su cuerpo. Con su magia. Con su vida.
Serenya no sabía quién era aquella mujer. No conocía su rostro. Pero el vacío que dejó… ya lo habitaba. Una herida sin cicatriz.
—¡No sabemos si es ella! —sostuvo Ezryn, con la cara seria, en un intento vano por protegerla.
—No importa —gritó Lazhar—. Es suficiente con que pueda serlo.
El joven Sangreth avanzó con lentitud. Sus pasos eran suaves, casi elegantes. Sus ojos se pasearon por el cuello femenino, por la curva de sus hombros, por el contorno de su cintura.
—Mmm… es más bonita de lo que esperaba —dijo con una sonrisa torcida—. Aunque no sé si eso es parte del disfraz o del castigo.
Serenya sintió el roce de su mirada como una lengua de aceite sucio.
Una voz suave, no tan lejana, cruzó su memoria.
—No te pongas rígida cuando te evalúen, Serenya. Eso les da poder.
Mirel. En las cocinas, una noche cualquiera, después de una cena tensa en la galería, cuando Kyrion la había llamado puta con tanta sutileza que hasta los cubiertos temblaron. Serenya había bajado los ojos. No había respondido, pero Mirel la había visto marcharse antes del postre.
—¿Y si ya lo tienen? —Había preguntado ella, pelando manzanas con dedos firmes y voz sin lástima.
—Entonces, no se los des tú también.
Serenya parpadeó. El recuerdo se desvaneció, pero algo de esa mujer, de esa fuerza callada que untaba pan con miel como si fuera un escudo, le sostuvo la espalda por dentro. Aunque fuera un segundo. Aunque no bastara.
Por un instante, la grieta en su pecho se agitó. Una oleada de poder subió por sus venas, tibia, vibrante, deseando responder. Elias no la tocó. Pero cuando por fin alzó los ojos y la miró directo, ella supo que él ya había visto demasiado.
La magia de Ezryn se deslizó dentro de su mente como un aliento helado entre los pensamientos. No era invasiva, pero sí urgente.
—Ponte el brazalete. Aunque me odies. Hazlo. No por ellos. Por ti.
Serenya parpadeó. No respondió, pero sus dedos temblaron. El eco de esas palabras le había tocado la médula. No volvió a hablarle. Ni con la voz. Ni con la mente. Pero estaba allí. Presente. Al borde del abismo con ella, aunque ya no supiera si quería salvarla… o saltar primero.
Caelan se movió. Fue un gesto mínimo. La oscuridad se levantó, reflejo de su rabia.
Detrás de su general, dos Umbrae se movieron como si hubieran recibido una orden silenciosa. Uno bajó la mano hacia su daga. Otro adelantó medio paso, las sombras danzando bajo sus pies.
—¡Alto! —La voz de Caelan fue baja, pero bastó para inmovilizarlos como un latigazo—. Nadie se mueve sin mi palabra.
El gesto fue mínimo. La lealtad, total. Elias lo notó y rio.
—Tranquilo, Umbrae. Solo estoy mirando. Por ahora.
—Mira con más respeto —gruñó, contenido—. O te haré ver solo oscuridad.
Ezryn avanzó un paso también, colocándose ligeramente frente a Serenya. Como límite.
El calor de su cercanía le llegó como una melodía antigua que su cuerpo recordaba mejor que su mente. Y al mismo tiempo, como un peligro que no podía permitirse mirar demasiado tiempo.
—Si habéis venido a amenazarla, iros ya mismo.
Lazhar lo miró por primera vez. No como padre. Como rey. Y en sus ojos había algo peor que furia: decepción.
—Hablas como si tus sentimientos importaran más que tu deber. —La frase no fue un grito, fue un veredicto—. Tu madre murió para cerrar una grieta. Tú… ¿Vas a abrirla con los labios? —Lo examinó sin reconocerlo del todo—. Hijo mío… ¿Te has enamorado de una grieta? ¿Otra vez?
El silencio que cayó tras esas palabras fue devastador.
El mundo basculó sobre esas palabras. Se volvieron eje.
Acusación divina. Ezryn no respondió. Su mandíbula manifestaba una tensión que ella nunca antes había visto en él.
Sus ojos no se apartaron de los de su padre. Fue Elias quien rompió la quietud.
—Yo creo que sí —susurró, acercándose un paso más—. ¿Quieres que lo confirme, Serenya? ¿Quieres que te toque… a ver si se abre?
Fue Caelan esta vez quien rugió. No con palabras. Con un paso adelante. Antes de que la violencia pudiera brotar, ella habló.
—¿Qué queréis de mí?
Su voz estaba limpia. Firme, a pesar de cómo se sentía por dentro. Lazhar la miró durante unos segundos interminables. Luego, habló como quien dicta un veredicto.
—Queremos saber si eres un arma. Y si lo eres...
decidiremos si se te puede controlar. O si, como Aelira supo en su hora final...
hay cosas que solo deben destruirse. —Dio un paso más cerca.
Tanto, que su aliento rozó su mejilla—. Ten cuidado con a quién eliges mirar —murmuró solo para ella—. Hay ojos que no solo miran… deciden.
Esas palabras se clavaron en su piel como si fueran parte del destino, como si no pudiera escapar de lo que estaba por venir.
Serenya no sabía qué elección tomaría, ni cómo se desarrollaría la historia, pero algo dentro de ella, profundo y primitivo, ya se había puesto en marcha.
Y ese algo... no podía dejar de temer lo que estaba por desatarse.
Se giró. Su hijo lo siguió, lanzando una última mirada por encima del hombro.
—Dormiremos en la torre este. Que nuestras pesadillas no compartan techo. —Elias le guiñó un ojo, como si acabara de hacerle una promesa—. Aunque si sueñas conmigo… asegúrate de gritar mi nombre.
El temblor aún latía en su sangre, pero su cuerpo era piedra. Inmóvil. Una ráfaga cruzó el patio. Nadie la sintió. Nadie la reconoció como presagio, pero los fuegos temblaron, y nadie preguntó por qué.
El poder aún no había estallado, pero todos actuaban como si ya lo hubiese hecho. La grieta acababa de abrirse. Y lo que venía, no temblaría: arrasaría.