La llama no escrita (Lux Mortem 1) 39. Te recuerdo en la piel #2
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39. Te recuerdo en la piel #2

El frío de la piedra se pegaba a su espalda, pero el calor que emanaba de él lo quemaba todo. Estaba ahí, caliente, rozando su centro mojado, deslizándose entre sus labios húmedos con la impaciencia de quien ya no puede esperar.

—Voy a follarte —murmuró con la voz rota—. Contra esta pared. Con mis sombras viéndolo todo.

Y la penetró. Con una embestida brutal, que arrancó un grito de su garganta.

Entró hondo, de golpe, como si su cuerpo la recordara, como si la hubiera estado esperando durante siglos, como si esa fuese su casa.

Serenya arqueó el cuello hacia atrás, con los ojos abiertos y sin aliento, mientras lo sentía llenarla por completo.

Era tan profundo. Tan ancho. Tan sucio. Tan perfecto.

—Dioses… —gimió, aferrándose a sus hombros, sintiendo cómo él comenzaba a moverse—. Caelan…

Él embestía con fuerza, sus caderas chocando contra las suyas, el sonido húmedo y salvaje de sus cuerpos llenando la habitación. Las sombras rodeaban sus piernas, se arrastraban por la pared, como si quisieran tocar, como si sintieran placer, viéndolos romperse el uno dentro del otro.

—Así gemías —jadeó él, mordiéndole la mandíbula—. En esa otra vida. Así me rogabas que no me detuviera.

Lo miró, con los labios entreabiertos, los pechos rebotando con cada embestida.

Su cuerpo estaba empapado, la humedad bajando por sus muslos, mezclándose con el sudor, con la sangre de su poder recién liberado.

Caelan lamió su cuello, luego su boca. La besó con la lengua, con los dientes, con la desesperación de quien ha vivido dos siglos con hambre.

—Estás tan jodidamente apretada… tan mojada —gruñó entre embestidas—. Siento cómo me aprietas. Dilo, di mi nombre mientras me entierro hasta el fondo en ti.

—Caelan… —susurró ella, al borde de otro orgasmo.

—No. Dilo como entonces.

La mirada de Serenya se nubló. Otro destello.

◆◆◆

Ella, en otra cama. Su cuerpo marcado de sudor y magia. Gritando. ¡Caelan! El eco se superpuso a su voz actual.

◆◆◆

Y lo gritó. Lo rugió.

—¡Caelan !

Su cuerpo se tensó, y se corrió con una fuerza devastadora, contrayéndose a su alrededor, atrapándolo, ardiendo, mojándole hasta los testículos. Él jadeó, enterrándose más hondo, sintiéndola apretarlo como si quisiera arrancarle el alma.

Una oleada de magia surgió de ella, envolviéndolo por dentro, como una llama líquida que lo lamía desde el alma. La piedra crujió bajo sus pies. Las sombras gimieron. No era solo su cuerpo… era el poder. La grieta temblaba con su placer.

—Te voy a llenar, joder —gruñó—. Voy a dejarte temblando con mi semilla dentro, como antes. Como cuando sabías que eras mía.

—Hazlo —gimió ella—. Fóllame como si fuera la última vez.

Y lo hizo. La llevó abrazada, aún palpitando dentro de ella, sin permitir que ese contacto se rompiera ni por un segundo.

Sus pasos eran torpes, de puro deseo, y cada movimiento la hacía gemir bajito, con ese roce interno que le arrancaba espasmos dulces en el vientre.

La depositó sobre la mesa como si fuera un trofeo sagrado, boca abajo, las piernas abiertas, el culo alzado, las mejillas aún húmedas del clímax anterior.

Se colocó detrás de ella, sujetándola con firmeza y sin pausa, ni contemplación, la embistió de nuevo desde atrás.

El primer empuje fue brutal. Profundo. La hizo gritar de nuevo, con la cara contra la madera.

Lo tomó entero, resbalaba dentro de ella con un sonido tan sucio que el aire se llenó de jadeos rotos.

—Joder, Serenya… —murmuró él, con la voz temblando—. Te tragas mi polla como si me hubieras estado esperando toda tu vida.

La sujetó de las caderas con ambas manos, y empezó a moverlas como si la amasara, los dedos marcándole la piel, subiendo hasta su cintura y bajando otra vez hasta agarrarle el culo con fuerza, abriéndolo, separándolo para verse entrar en ella.

—Mírame —dijo ella, girando la cabeza sobre el hombro.

Su rostro estaba cubierto de sudor, su expresión entre gozo y desafío.

Caelan la miró. La vio toda: el arco de su espalda, los pechos temblando bajo su cuerpo, la carne de su culo roja de los golpes de su pelvis, el brillo húmedo donde se unían. Y se quebró.

—Estás tan jodidamente perfecta así… —gruñó—. Te follaría hasta quedarme vacío. Hasta que no puedas caminar.

La embestida se hizo salvaje. Rítmica. Despiadada.

Sus testículos golpeaban con cada choque de caderas.

El sonido era una mezcla de carne contra carne, de humedad saturada, de piel caliente, chocando sin respiro.

Serenya gimoteaba, se mordía los labios, pero no dejaba de mirarlo.

Amaba verlo así: temblando, los músculos tensos, la mandíbula apretada, su cuerpo entero conteniéndose para no venirse demasiado pronto.

—¿Te gusta verme perder el control, eh? —susurró él, jadeando.

—Me encanta —jadeó ella—. Me excitas así… duro, dentro, temblando por mí…

Caelan bajó una mano hasta su vientre, acariciando el bulto que hacía su propia verga desde dentro.

—Aquí estás… llena de mí… —jadeó—. Mírate, joder. Míra cómo me aprietas, cómo me pides más sin palabras.

Ella gimió, tembló, y acabó otra vez, sin aviso, con un gemido largo, vibrante, que le sacudió las piernas y le hizo golpear la mesa con la palma.

El cuerpo se le apretó con fuerza, convulsionando alrededor de él.

Él empujó más hondo, con un gruñido que le nació en la garganta y le subió como fuego por la columna.

—Voy a correrme —anunció, sin dejar de moverse.

—Hazlo dentro —pidió ella, con voz ahogada, con la mejilla contra la madera—. Quiero tu semilla. Quiero que gotee de mí cuando me marche.

Un último empujón. Bestial. Profundo. Absoluto. Y él se derramó dentro de ella con un rugido feroz. El calor la llenó, espeso, cálido, abrumador. Caelan se dejó caer sobre ella, jadeando, su frente contra su espalda, sus cuerpos entrelazados en sudor, semen y sombra.

—¿Me viste entonces así? —susurró—. ¿Así me tomabas?

La miró, devastado, con la mezcla de amor, terror y adoración grabada en su rostro.

—No. Entonces eras más dulce. —Se inclinó hasta casi tocar su oreja—. Ahora… eres peligrosa. Y eso me excita aún más.

Aún jadeaba sobre ella, con el pecho temblando, su cuerpo fundido al suyo, el sudor mezclado con el olor a sombra y sexo, él todavía duro dentro de ella.

Sus respiraciones se cruzaban, se entrecortaban, como si el acto hubiese sido tan intenso que el aire ya no supiera cómo volver a llenarles los pulmones.

Serenya seguía boca abajo, con la mejilla apoyada contra la mesa, el cuerpo relajado y al mismo tiempo…

incompleto. Algo dentro de ella vibraba, pero no de placer.

Era el silencio. El de después. El que pesa más que cualquier orgasmo.

Caelan se separó de ella con cuidado, con la piel pegajosa de ambos emitiendo un sonido húmedo al hacerlo.

Serenya sintió cómo una mezcla de su esencia y la de él bajaba por el interior de su muslo. Un cosquilleo caliente… y triste.

«No sé si me llenó… o si me vació».

Se incorporó lentamente. Se giró para mirarlo. Aún desnuda. Aún con los pechos alzados y húmedos, con el cuerpo marcado por su boca y sus manos.

Se lavó con agua fría de la jofaina. No por pudor. Por necesidad de reencontrarse. El líquido bajó por su muslo, tibio, con un temblor que no era solo físico.

—¿Qué fue esto? —preguntó. Su voz no era acusadora. Estaba… rota.

Caelan levantó la mirada, con las sombras arremolinándose cerca como si quisieran tapar la incomodidad. Su rostro, tan sereno antes del orgasmo, estaba tenso. Marcado. Culpable.

—Fue real —dijo, al fin .

—¿Para quién? —inquirió ella, dando un paso más cerca—. ¿Para mí… o para la mujer que perdiste?

Él no contestó. Apretó la mandíbula.

—¿Soy ella? ¿Una reencarnación? ¿Un eco? ¿Una grieta disfrazada? Dímelo, Caelan.

—No lo sé —admitió, al fin. Su voz temblaba, como si odiara cada palabra—. Te miro… y algo en mí grita que sí. Que lo eres. Pero no me atrevo a creerlo. No otra vez.

Lo miró. Helada por dentro, aunque el cuerpo aún ardiera por lo que acababan de hacer.

—Entonces, te follaste a un recuerdo —susurró.

Caelan alzó una mano, como para detenerla. Para tocarla.

—No —dijo, con más urgencia—. Te follé a ti. A la mujer que está aquí. La que quema. La que me rompe. No sé si eres ella… pero me jodes igual.