39. Te recuerdo en la piel
P or un segundo, solo hubo silencio. Caelan la miraba como si cada parte de ella estuviera hecha de memoria rota.
Como si tuviera miedo de que al tocarla…
todo volviera. Y ella… Ella temblaba porque en ese instante, entre las ruinas de lo no dicho, entendió que algunas verdades no se pronuncian con palabras.
Solo con el cuerpo. Solo con el dolor que arde en la piel cuando el alma no puede más.
Sus labios no se movieron, pero su cuerpo habló antes que ella. Un latido. Una respiración entrecortada. Un impulso antiguo, que no entendía de lógica ni de advertencias. No sabía si era Serenya o la otra. Pero quería tocarlo.
Lo miró. Y decidió hacerlo de todos modos.
Lo empujó. Esta vez no con magia. Con el cuerpo.
Con la boca. Con un beso que fue todo lo que la palabra no puede contener: un grito, una promesa, un castigo.
Caelan respondió como si siglos de deseo se hubieran soltado en un segundo.
La atrapó entre sus brazos con una urgencia brutal, una necesidad que no había nacido en esta vida.
La apoyó contra la pared con fuerza, con el cuerpo, con la pelvis, con todo lo que era.
Sintió el roce inconfundible de su erección dura, gruesa, marcada a través de la tela, presionando entre sus muslos, reclamando espacio en su carne.
La dejó sin aliento. Ella jadeó, y él aprovechó para invadir su boca con la lengua.
El beso era húmedo, desordenado, desesperado.
La besaba como si quisiera morder el recuerdo de ella, como si temiera que se le volviera a ir.
Sus manos se cerraron sobre su cintura, la apretaron contra la piedra mientras frotaba su erección contra su centro con movimientos lentos, controlados, deliciosamente tortuosos.
La espalda se raspó contra la piedra fría y, por un segundo, recordó que aún estaba en un lugar, en un cuerpo...
—¿Lo sientes? —murmuró contra sus labios—. ¿Sientes lo que me haces?
Serenya asintió, temblando. Su cuerpo respondía: sus pezones endurecidos bajo la tela del vestido, el calor húmedo creciendo entre sus piernas, la piel erizada, los muslos tensos.
Él bajó la cabeza y atrapó su cuello entre los labios, chupando con fuerza, dejándole marcas, mordiendo con la intensidad de quien quiere dejar constancia.
Ella gimió, en voz baja, y arqueó la espalda para ofrecerle más.
«Así era», pensó. «Así me tocaba. Así me buscaba».
Sus manos subieron por debajo del vestido, explorando sin pudor.
Le acarició los muslos, el trasero, los costados.
Sus dedos eran firmes, rudos, como si no pudiera decidir entre adorarla o poseerla por completo.
Los labios de Serenya encontraron su mandíbula, el lóbulo de su oreja, y lo mordió.
Fuerte. Él gruñó. La cogió por las caderas y la alzó, obligándola a envolverlo con las piernas.
Volvió a presionar su erección contra ella, directo contra su centro.
La fricción era exquisita, insoportable, perfecta.
—Estás mojada para mí —susurró, ronco, con los dientes contra su cuello—. Lo he sabido desde que entraste por esa maldita puerta.
Ella soltó un gemido quebrado. El poder vibraba en el aire. Las sombras se retorcían a su alrededor, como si también quisieran tocar. Entonces, y solo entonces, empezó a desnudarla. No con violencia, sino con una precisión casi ritual.
La bajó solo lo justo para liberar el vestido, que cayó al suelo en un susurro pesado. Cada nudo deshecho era una confesión. Cada centímetro de piel expuesta, un campo conquistado.
Cuando quedó desnuda ante él, temblando de deseo, de anticipación, de miedo también, no se escondió.
Lo miró.
Lo desafió a adorarla.
Él bajó la mirada y gruñó al verla. No dijo nada. Solo se arrancó la camisa empapada de sudor y sombra, dejándola caer al suelo. Su torso era una colección de cicatrices y músculo, de historia escrita en carne.
Se desabrochó el pantalón sin apartar los ojos de ella, y cuando su erección saltó libre, dura, palpitante, Serenya contuvo el aliento. Recordaba ese cuerpo. Aunque no debía.
—Ahora estás perfecta —murmuró él—. Ahora te quiero entera.
No había palabras en él, solo hambre. Se inclinó y atrapó uno de sus pezones con la boca, lamiendo, chupando, mordiendo con los dientes justos, hasta que ella se arqueó contra él, jadeando.
Bajó la cabeza y la besó entre los pechos, como si buscara bendecirlos con su aliento.
Luego atrapó el pezón contrario con los labios, más lento esta vez, como quien saborea una memoria.
Lo rodeó con la lengua, lo lamió con devoción oscura, hasta que ella gimió de nuevo, tan quebrada que parecía rezar.
Su otra mano ascendió, firme, hasta acariciarle el cuello.
La vio. Una marca. Pequeña. Curvada. Oscura. Justo sobre el pecho izquierdo. Su cuerpo se tensó. El aliento se le atascó a medio camino, entre la garganta y la negación.
Su mirada se detuvo allí un segundo, como si lo que veía pudiera reescribir los siglos. Un gruñido le nació del pecho. Bajo. Primitivo. Doloroso.
Luego… una sombra. Suya. Tibia y viva. Surgió de su palma y cubrió la marca con una caricia oscura. Como si pudiera borrarla. Como si pudiera no haberla visto.
—No —susurró, pero no se sabía si le hablaba a ella, a sí mismo o al pasado.
Y entonces volvió a devorarla.
—Esto no está bien —susurró ella, con la voz rasgada por el placer.
—Nunca lo estuvo —dijo él, y se la comió entera con la mirada antes de volver a besarla como si le debiera mil años de deseo.
El placer la embargaba, pero algo tiraba de su muñeca.
Un ardor leve, como un eco que no era de su cuerpo.
Bajó la vista. El brazalete. Apretaba. Vibraba.
Era como si otra presencia la estuviera observando.
Como si algo —o alguien— no la soltara del todo.
Sin pensar, se lo quitó. Lo dejó caer al suelo de piedra con un sonido seco.
Como una sentencia. Y se olvidó de todo, salvo de los labios del Umbrae que la recorrían con hambre.
Lamió sus pechos como si quisiera arrancar el recuerdo de cada vida anterior…
y tatuarlo en la lengua. Descendió lentamente por su cuerpo, como si cada centímetro de piel fuera un mapa olvidado que necesitaba leer con la boca.
No hubo prisa. Solo una tensión feroz, casi animal.
Cada tirón le arrancaba un gemido más alto, más roto, más descarado. Pero no se detuvo allí. Se arrodilló ante ella. Con los ojos encendidos. Con el pecho jadeante. La miró desde abajo como si ella fuera una diosa que había maldecido su existencia… y él estuviera a punto de adorarla con la boca.
—Voy a probarte —dijo, sin suavidad, con la voz ronca, feroz—. Y si tu sabor es el mismo… si eres ella… no volveré a dejarte.
La sujetó de las caderas, cogió una de sus piernas y la colocó sobre su hombro.
Las manos de ella fueron directas a su pelo, mientras Caelan la acercaba a su rostro, con sus muslos abiertos, con el poder temblando entre ellos.
El primer contacto de su lengua fue un relámpago.
La lamió desde abajo hacia arriba, despacio, como si saboreara una fruta prohibida.
Y luego la rodeó con los labios y empezó a chupar con una devoción tan sucia, tan intensa, que Serenya gritó sin filtro .
—Dioses… Caelan…
Pero él no paró. La lengua se hundió dentro de ella. La exploró, la lamió, la saboreó como si pudiera reconstruir una vida entera entre sus pliegues mojados. Le hablaba con la boca contra su sexo, con la voz vibrando entre sus labios y su carne.
—Sigues sabiendo igual… dulce y maldita. Como entonces. Como ella.
Caelan respiraba agitado, imposiblemente excitado ante lo que estaba sucediendo. Un lametazo más, lento y desgarrador antes de preguntar:
— ¿Lo eres, Serenya? ¿Eres la misma mujer que me hizo perderlo todo? ¿La que me miraba así mientras gemía en mi boca?
Ella temblaba. No solo de placer. De miedo. Porque en ese instante —con su lengua adentrándose en ella, con su nariz presionando justo encima, con los labios rodeádola como una corona— una imagen se estampó en su mente.
◆◆◆
Una cúpula rota. Su cuerpo arqueado. Caelan arrodillado igual. La misma lengua. El mismo sonido de su gemido. Su mente se quebró. Su alma también.
◆◆◆
El orgasmo la golpeó de forma violenta, con una fuerza antigua, como si hubiera estado aguardando siglos para salir. Y por un segundo, temió no ser Serenya. Temió ser solo un eco. Solo un cuerpo que recordaba cosas que no vivió.
Gritó su nombre, sin control, sin conciencia, como si lo escupiera desde la grieta misma.
—¡Caelan!
Su nombre se arrastró por la piedra como un conjuro olvidado. No era solo un grito. Era una llave. Una afirmación. Una confesión más antigua que el lenguaje.
Por un segundo, creyó que el tiempo se había roto. Que su cuerpo era un umbral. Que no volvería a ser la misma.
Y él… la sostuvo mientras se venía en su boca, sin dejar de lamer, sin dejar de saborear cada estremecimiento, con los ojos cerrados, como si en ese sabor pudiera encontrar la respuesta. Cuando se incorporó, tenía la boca húmeda. El labio inferior brillante. La mirada devastada.
—Nunca lo olvidé —dijo, con voz baja, quebrada—. Nunca te olvidé. ¿Eres tú… o solo estoy volviendo a desear un fantasma?
El silencio era lo único que no mentía. El sudor en su piel, el temblor en sus muslos. Eso era real. Todo lo demás… no lo sabía.
Serenya lo miró, aún jadeante, con las piernas temblando, el cuerpo empapado de su propio orgasmo, y los labios entreabiertos.
—No lo sé —susurró—. Pero mi cuerpo… mi alma… te recuerda.
Caelan se apoyó contra ella. La sentía pulsar, exigente, rozando la piel como una promesa incumplida.
—Entonces deja que te recuerde toda.
No esperó respuesta. No la necesitaba. La levantó de nuevo, sus manos bajo sus muslos, apretándola con fuerza mientras ella enroscaba las piernas alrededor de su cintura, como si colgarse de él fuera lo único que pudiera sostenerla.