La llama no escrita (Lux Mortem 1) 39. Te recuerdo en la piel #3
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39. Te recuerdo en la piel #3

Serenya apartó la mirada. Se agachó y recogió su vestido. Se lo puso sin hablar, sin taparse con pudor. Como una reina que ya no teme ser mirada. Como una mujer que ha sido desnudada más allá del cuerpo.

Se acercó a la puerta. La mano en el picaporte.

—¿Y si soy ella? —preguntó sin girarse—. ¿Me fallarás otra vez?

No respondió. Solo cerró los ojos. El silencio lo dijo todo.

Serenya salió. Cerró la puerta tras de sí con suavidad, intentando controlar los sollozos que amenazaban con emerger.

Su pecho se contrajo, dejó de entrarle aire en sus pulmones.

Tuvo que apoyarse contra la pared para evitar caer.

Se sentó, con la cabeza entre las piernas, las lágrimas mudas empapando sus mejillas.

Mientras tanto, Caelan sufría en silencio. El impacto de su ausencia fue más violento que cualquier grito.

Se quedó allí. Desnudo. Solo. Con el cuerpo latiendo y la garganta estrangulada. Se dejó caer de rodillas, apoyando la frente en la mesa, donde el aroma de ella aún flotaba. Donde su humedad seguía manchando la madera. La tocó. Cerró los ojos. Y por primera vez en 235 años tembló .

En algún rincón del mundo, la grieta se agitó como un corazón enfermo. Una punzada recorrió el pecho de Serenya sin aviso. Y Caelan sintió cómo algo en su sombra se rompía. No por lo que habían hecho, sino por lo que aún no habían dicho.

Serenya se puso en pie. No esperaría que nadie la fuese a buscar.

El brazalete seguía en el suelo. Nadie lo recogió. Ni ella. Ni él.

Y quizá por eso… la grieta tembló.

Y Caelan con ella.

No podía quedarse quieto. Así que bajó a la sala de entrenamiento. La hoja de sombra se incrustó en el muro con un chasquido sordo. Caelan jadeaba, el sudor cayendo por su frente mientras la oscuridad vibraba a su alrededor, inestable. Las sombras no obedecían. Atacaban.

—No puedo protegerla si... —Se detuvo. Su voz no era más que un susurro—. Si protegerla significa perderme.

Cerró los ojos un segundo. Las sombras se replegaron como bestias heridas, y por primera vez en siglos, sintió miedo. No por ella. Por sí mismo. Porque sabía que la grieta no solo lo estaba tocando… lo estaba desarmando.

E l eco metálico de las espadas resonaba en la piedra húmeda del patio de entrenamiento. Las antorchas clavadas en los muros disipaban solo un poco la oscuridad. La sombra se movía con él.  Caelan giró con una estocada brutal, y Kyrion alcanzó a desviarla con lo justo. El viejo guerrero sonrió.

—Estás desbordando, muchacho.

—Estoy entrenando —replicó, con la mandíbula apretada.

—Estás huyendo.

Caelan retrocedió. Sudaba. No por el esfuerzo físico. Por lo otro. Por la grieta que latía dentro suyo.

—No puedo permitirme eso —gruñó.

Kyoron bajó la espada. Caminó alrededor de él, como un lobo examinando a otro herido .

—Ya te rompiste una vez. Ya sangramos por esa grieta. ¿Cuánto más quieres pagar?

Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, las sombras temblaban bajo sus pies.

—No hables de ella.

—Hablo de ti —corrigió Kyrion, con dureza—. La muerte de Lyeth nos costó soldados. El quiebre que vino después nos costó territorio. Tu silencio, Caelan, nos cuesta a todos. Y si ella se alía con Ezryn, perderemos más que silencio.

Alzó la vista.

—¿Qué quieres decir?

—Que si esa mujer decide reclamar su linaje Kael junto a los Sangreth, no solo caerá el Bastión. Ya no habrá guerra. Será nuestro fin. Los Umbrae que sobrevivan se unirán a ella por miedo y tu trono caerá.

El general apretó los puños. Las sombras se encresparon, como si quisieran morder.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que finja que no duele? ¿Que no tiemblo cada vez que la veo?  ¿Que no puedo evitar preguntarme si realmente es ella? ¿Que no me destruye pensar que esta vez... tampoco voy a poder salvarla?

—No puedes salvar a nadie si no sabes quién eres sin ella. —Le devolvió su mano derecha, bajando la voz—. Eres Umbrae. Eres un general. Y eres un hombre. Decide cuál vas a ser… antes de que no quede nada de ninguno.

Desde la entrada del patio, medio oculta por los muros de piedra, Serenya escuchaba. Sin moverse. Sin respirar. Las sombras no la delataban. Solo su pecho, que se alzaba con cada palabra. Caelan no sabía que lo miraban. Ni que sus palabras estaban rompiendo algo en alguien más.

Kyrion se giró una última vez antes de marcharse.

—No puedes dejar que un recuerdo te rompa el alma otra vez. Porque esta vez... no solo perderemos a una mujer. Podríamos perderte a ti.

Caelan se quedó solo. El sudor le bajaba por el cuello. Su sombra titilaba. Respiró hondo. Como si quisiera domarla. Pero no lo logró.

Golpeó la piedra con la espada.

Una. Dos. Tres veces.

Hasta que la empuñadura se agrietó.

—¿Y si esta vez… tampoco soy lo bastante fuerte? —susurró al aire, sin pensar, sin esperar respuesta.

Un leve cambio en el viento.

Una vibración, como un escalofrío en la piedra.

Serenya se quedó inmóvil. No por el frío. No por el miedo. Por las palabras que no debió oír… y que sintió clavarse como un eco en el pecho.

«Tampoco soy lo bastante fuerte…»

Sus dedos se cerraron sobre el marco de la puerta. No entró. No dijo su nombre. Pero la grieta bajo sus pies se estremeció, como si la sombra de él la hubiera tocado.