La llama no escrita (Lux Mortem 1) 36. Doce días sin sol
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36. Doce días sin sol

L a grieta no olvidaba. Solo fingía dormir mientras el mundo intentaba seguir adelante.

Durante doce días, Serenya evitó a Ezryn.

No hubo palabras. Solo silencios más largos, más pesados.

No lo rechazó en público, pero tampoco lo buscó.

Cada vez que lo sentía cerca —y siempre lo sentía antes de verlo—, daba media vuelta.

Se perdía entre los estantes de la biblioteca, o se encerraba con Caelan en entrenamientos que parecían batallas.

Fue ella quien se lo pidió. Una mañana, sin demasiada ceremonia, se plantó ante Caelan en el patio de armas, con el cabello recogido de cualquier manera y los ojos oscuros de  determinación.

—Entréname.

Él la miró en silencio. Podía haber preguntado por qué o rechazado la petición. Pero no lo hizo. Asintió con un leve gesto y se alejó para buscar dos espadas de entrenamiento.

Desde entonces, los días transcurrieron con un ritmo casi litúrgico. Entrenaban en silencio. Caelan corregía su postura con roces breves, intencionadamente neutrales.

A veces, las imágenes aparecían en su mente sin llamarlas.

Caelan riendo entre chispas de fuego, cubierto de polvo, empujándola al barro solo para enseñarle a levantarse sin miedo. «Eres más peligrosa cuando te equivocas que cuando ganas» , le había dicho, y su risa —grave, limpia— aún le vibraba en la memoria.

Quizá por eso seguía volviendo: porque él nunca la quiso dócil, la quiso despierta.

Cada contacto era un latido contenido. Cuando sus brazos se rozaban al intercambiar estocadas, cuando sus respiraciones se entrelazaban tras una finta, ella sentía que la espada no era lo único afilado entre ellos.

El entrenamiento no era solo físico. Había algo en la forma en que él la observaba —con ese juicio silencioso, con esa precisión quirúrgica— que la desnudaba más que cualquier conjuro. Y sabiendo eso, volvía cada día.

No estaban solos. Ezryn a veces la observaba desde lejos, sin intervenir.

A menudo con la capucha puesta, como si el mundo no pudiera verlo sangrar por dentro.

No hacía ruido. Pero Caelan lo notaba. Un guerrero siempre sabe cuándo está siendo observado.

Su mirada se endurecía, midiendo también esa herida.

El sudor en su piel no era del esfuerzo únicamente.

Era del deseo contenido, de la tensión constante.

El general Umbrae era implacable: las leyendas casi no le hacían justicia.

No cedía ni un paso, no ofrecía caricias ni consuelo.

Pero la manera en que la atrapaba al detener un movimiento en falso, la firmeza con la que sus dedos se cerraban sobre su muñeca para evitar una torcedura, el modo en que la obligaba a sostenerle la mirada tras cada embate…

todo eso era lenguaje. Uno que no usaba palabras, pero decía demasiado.

Un día, en medio de una secuencia repetitiva de golpes, Serenya tropezó.

Su cuerpo cayó y él la sujetó por la cintura antes de que tocara el suelo.

Quedaron tan cerca que el calor entre ambos fue casi insoportable.

El pecho masculino subía y bajaba con la respiración contenida, su mano aún firme en la curva de su espalda.

Cuando intentó enderezarse, Caelan deslizó la yema del pulgar en un gesto circular sobre su cintura.

No fue torpe. No fue un error. Fue deliberado.

Ínfimo. Devastador. Ella contuvo el aliento.

«No debo acostarme con él. Aunque me corra con solo pensarlo. Aunque su piel tenga el puto sabor de una promesa cumplida. No debo. No hasta que sepa qué siento en realidad… ¿Siempre tuvo los abdominales así, o es que ahora estoy jodidamente más desesperada?»

Él, al notar el temblor leve en su abdomen, retrocedió como si se hubiese quemado.

—Respiras con furia —murmuró.

—Y tú con miedo —respondió ella, clavando los ojos en los suyos.

Caelan parpadeó. Y luego, sin añadir una palabra más, la soltó.

—Otra vez —ordenó.

Ella alzó la espada. El filo temblaba ligeramente en su mano, pero no por agotamiento. Por lo que ardía bajo su piel.

—¿Qué ha pasado con el Sangreth? —preguntó una vez, sin cambiar el tono.

Ella no lo miró. Solo giró sobre los talones, la espada firme en su mano.

«No quiero hablar de él. Y menos contigo. Porque eso sería aceptar que lo busco en cada lugar, que sé cuándo entra en una sala… aunque no lo mire»

—Nada. Eso es lo que me dio: nada.

Caelan no insistió. Alzó su propia hoja. Y el combate continuó.

E n la soledad de su habitación, Serenya empezó a notar cosas que no recordaba haber dejado. Una mañana, sobre su escritorio, encontró una flor marchita. No una flor común, sino una de esas que solía recolectar de niña por su aroma terroso, escondida entre las piedras del río.

Días después, una cinta de tela bordada apareció cuidadosamente doblada sobre su almohada: idéntica a las que usaba para trenzarse el cabello.

—¿Vas a usar eso para atarte el poder? —preguntó Lioran una tarde, mientras practicaban canalización de sombra junto al estanque.

Serenya lo miró, sin disimular su sospecha.

—¿Eso qué?

—La cinta —señaló con la barbilla, aunque no la tuviera puesta—. Dicen que las hechiceras del norte encantaban el cabello para sellar la rabia.

Ella no respondió. Solo cerró los ojos y extendió la mano para invocar la sombra. Falló. Otra vez.

—Tienes el fuego en la garganta, no en las venas —murmuró él—. Y no lo digo como crítica.

Una vez, en ese mismo pasillo, intentando condensar sombras, hizo estallar una lámpara sin querer. El cristal voló en mil pedazos.

Lioran no se alarmó. Solo caminó entre los fragmentos y dijo:

—El equilibrio no se alcanza negando el caos.

Más tarde, mientras repasaban un antiguo grimorio que él había traído del archivo, volvió a lanzar una pregunta casual.

—¡Ah, casi lo olvido! ¿Te llegó la daga?

Ella lo miró de reojo.

—Sí. Es perfecta.

—Mmm... ¿Y la espiral en el pomo? Tiene historia, ¿sabes?

Serenya bajó la vista.

—¿Historia o intención?

Lioran sonrió sin responder. Y eso fue respuesta suficiente.

Esa misma noche, al abrir su cofre de armas, volvió a mirar la daga. No era ostentosa. Ni especialmente bella. Pero alguien había tallado a mano una espiral temblorosa en el pomo. La reconocía. No de su vida actual. De un sueño. O de algo más antiguo. Más íntimo.

Y entonces apareció otra cosa. Un papel doblado dentro de uno de sus libros. La receta exacta de la infusión que tomaba antes para poder dormir cuando las pesadillas la mordían por dentro. No había firma. Solo esa caligrafía precisa, sobria.

Llevaba noches enteras dando vueltas sin lograr cerrar los ojos. Esa receta era más que un gesto: era un recuerdo del descanso que ya no tenía.

—¿Te gusta el chocolate? —preguntó Lioran al día siguiente, mientras ella practicaba sostener la forma de una daga mágica sin que se le deshiciera en humo.

Ella frunció el ceño. No respondió.El silencio fue una confesión.

Esa misma noche, una pequeña caja apareció sobre su lecho. Sin adornos. Dentro, una porción de tarta de chocolate oscuro, con un toque de sal marina. El sabor exacto de su infancia.

La dejó intacta durante horas.

Y cuando por fin se acercó… no cenó otra cosa.

M irel era un alivio distinto. Algo cercano a una tía sin sangre, alguien que conocía la dureza del mundo y aun así encontraba formas de suavizarlo.

Tendría la edad de su madre, aunque Serenya no se lo había preguntado.

A veces, la acompañaba en las cocinas y compartían pan con miel hasta que los dedos les quedaban pegajosos.

La mujer reía de cosas simples, como si el mundo no estuviera a punto de desmoronarse.

—Serenya —decía, llamándola como pocos se atrevían—, Caelan te mira como quien ya conoce la herida… y aún así elige quedarse.

Se atragantó con un pedazo de pan.

—No digas estupideces.

Le guiñó un ojo, chupándose los dedos, y con ese gesto, le recordaba que incluso en la ruina, aún había espacio para el afecto.

E l caracol lo encontró bajo la lluvia. Estaba atrapado entre dos piedras, con la concha rota en una esquina.

—No vale la pena —dijo Lioran al verla recogerlo.

—Tampoco la valgo yo —replicó ella, y lo guardó en una cáscara de cáliz vacía.

Lo llamó Rey Baba. Le hizo un refugio con corteza seca y lo alimentaba con hojas dulces robadas de los jardines. Un gesto sin sentido. O precisamente por eso.

Ezryn no necesitaba acercarse para hacerse notar.

Estaba. Siempre estaba. En el borde del patio, tras una columna, detrás de algún cristal empañado por la lluvia.

No decía nada. No se movía. Pero su presencia era una línea tensa entre ambos.

Ella lo sentía antes de verlo. Y aun así, fingía no mirar que estaba allí. Como una herida que se negaba a cerrar.

Aunque se repetía que no iba a mirarlo, lo hacía. Desde lejos también. Escondida. Desde la rabia.

Antes de apagar la lámpara esa noche, Serenya miró de reojo el pequeño rincón donde dormía Rey Baba. El caracol seguía allí, inmóvil sobre su corteza, como si resistiera a su propio modo.

«Quizá no hay que entender el caos. Solo sobrevivirlo».