37. La quietud que precede
E l hechizo no respondió. Otra vez. Practicaban hechizos de control, pero Serenya no dejaba de fallar.
La rabia la hacía errática, volátil. Cada intento era como contener una tormenta en la palma.
Esa tarde, al intentar condensar sombras para trazar un anillo de protección, sintió el poder retorcerse en su pecho como una serpiente acorralada.
El círculo se quebró antes de cerrarse. La lámpara más cercana explotó con un crujido seco, lanzando fragmentos de cristal en todas direcciones. La ráfaga alcanzó los tapices, la piedra, la piel.
Un par de niños que pasaban por el corredor se detuvieron en seco, los ojos tan abiertos como si acabaran de ver una bestia surgir del suelo.
Uno se aferró al brazo del otro y retrocedieron un paso.
Un soldado joven se aproximó de inmediato, la mano en la empuñadura de su espada, el instinto más fuerte que la razón.
Lioran alzó una mano sin apuro. El gesto fue leve, casi perezoso, pero bastó. El soldado se detuvo. Los niños salieron corriendo.
Serenya no se movió.
Las sombras a sus pies se retorcían como hilos de tinta en agua agitada. Sus manos temblaban, cerradas en puños, y los nudillos brillaban blancos contra su piel húmeda de esfuerzo. Respiraba por la boca, como si cada aliento amenazara con romperla.
Un mirlo chilló desde la repisa alta del corredor, agitado por la descarga mágica. El canto se apagó, dejando el sobresalto flotando en el aire.
Una hoja seca cayó de una planta cercana y se desintegró al tocar el suelo.
Lioran caminó entre los restos de cristal sin acelerar el paso. El crujido bajo sus botas acentuó su calma. Se detuvo frente a ella. No la tocó.
—El equilibrio no se alcanza negando el caos —dijo, con la serenidad de quien ha visto incendiarse reinos.
Ella apretó los dientes.
—No puedo controlar esto. No cuando todo está...
—Todo está roto. Y tú también. —La interrumpió, sin dureza—. Pero el poder que no se quiebra tampoco sirve para sanar. Solo destruye.
Alzó la mirada. Tenía los ojos húmedos: el peso de lo no dicho, de lo que ardía dentro sin salida. El pecho subía y bajaba rápido, como si aún contuviera el estallido.
—No quiero destruir —murmuró.
Lioran ladeó la cabeza.
—Entonces aprende a usar lo que duele.
Más tarde, Serenya cenaba con Caelan y Lioran en la galería alta, donde rara vez se reunían más de unos pocos. Por una vez, Kyrion no estaba. Y el aire se sentía respirable.
La mesa era sencilla: pan recién salido del horno, humeante, con corteza crujiente; guiso especiado de caza; una tabla de quesos y frutas secas. Un vino oscuro —probablemente Umbrae— circulaba entre copas sin ceremonia.
Un par de sirvientes retiraban platos vacíos y reponían jarras con movimientos discretos. Los candelabros bañaban los rostros con una suavidad casi irreal.
Lioran imitaba con exageración a uno de los instructores del ala norte, que hablaba como si tuviera grava en la garganta.
—¡Pierna izquierda, mocosa, o acabarás besando el barro con la boca abierta! —gruñó, echándose el pelo hacia atrás—. ¿O es que prefieres besar al instructor, eh?
Serenya soltó una risa inesperada, medio atragantada con un trozo de pan.
Caelan se limitó a alzar una ceja, pero la comisura de sus labios se curvó.
Una sombra de sonrisa. Pero no solo eso.
Por un instante —breve, fugaz—, algo parecido a una risa se asomó a sus ojos.
No llegó a la voz, pero sí a la piel, al leve temblor en su mandíbula, al destello suave que lo volvió más humano.
Ella lo vio. Y ese gesto, más que cualquier roce o palabra, le desordenó el pulso.
No era común verlo así. Él, que caminaba como si cada paso pesara con siglos, parecía de pronto más joven.
No por la edad, sino por la ausencia del muro entre ellos. Fue una herida abierta en su coraza.
—No me río tanto por el instructor —dijo ella, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano—. Me río porque tú, Caelan Virel, confundiste mi bastón con tu espada el otro día. Estuviste a punto de lanzarme una estocada… con un trozo de madera.
Lioran soltó una carcajada.
—¿Eso es cierto? ¿¡El invencible general Umbrae confundiendo una espada con un palo de entrenamiento!?
La miró con esa expresión de piedra tallada. Sus dedos tamborileaban contra la copa, traicionándolo.
—Estabas demasiado cerca —replicó sin emoción—. Culpa tuya.
—Claro —dijo, fingiendo gravedad—. Por existir.
Se inclinó hacia ella con el gesto lento de quien considera una amenaza peligrosa... o una provocación deliciosa. Levantó la jarra de vino y le llenó la copa sin apartar la mirada.
—Y por caminar como si no supieras que alguien podría tropezar con tu sombra.
Lioran bufó con la bebida aún en la boca. Se atragantó. Serenya disimuló una sonrisa tras el borde de la copa.
Fue entonces cuando Ezryn apareció .
Entró en silencio, con el andar fluido de quien no necesita anunciarse.
Llevaba el cabello suelto, y una capa clara que rozaba el suelo.
Se detuvo al borde del salón. Sus ojos recorrieron la escena: la calidez en el rostro femenino, la forma en que ella giraba la cabeza hacia él, la carcajada breve que se le escapaba como un reflejo olvidado.
Y en Caelan... algo parecido a una sonrisa. No forzada. No de burla. Real.
Tomó una copa sin mirar a nadie, se sirvió una porción de fruta —manzanas especiadas—, y sin sentarse, se dio media vuelta y se marchó.
No miró atrás. Y ella tampoco. Pero algo en su pecho se cerró de golpe. Como una puerta que alguien había olvidado dejar abierta.
—¿Hace cuánto que no cena con nosotros? —murmuró, más para sí que para los demás.
No recibió respuesta. Solo un silencio denso que sabía a presagio.
Lioran se quedó un momento más en la mesa después de que su amigo se marchara, jugueteando con una cáscara de nuez entre los dedos.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó en voz baja, sin mirarla directamente. Sabía que esa pregunta no era del todo literal.
Serenya negó con la cabeza. Se levantó despacio, alisando la tela de su túnica con las palmas.
—Quiero silencio. De ese que no intenta arreglar nada.
Él hizo un gesto exagerado de asentimiento, llevándose una mano al pecho como un actor trágico.
—Juro por el pan quemado del ala oeste que no intentaré salvarte —murmuró con dramatismo contenido—. Solo observaré tu gloria… o tu incendio.
Le ofreció una última mirada cómplice y se marchó.
Cuando cruzó los corredores vacíos del Bastión, los candelabros parpadeaban como si algo los inquietara. Y por primera vez en días, nadie la llamó por su nombre. Nadie la detuvo.
Fue a ver a los caballos. No buscaba consuelo. Solo silencio. Algo que no le devolviera la mirada con juicio. El familiar aroma del heno y la madera vieja le arrancó una sonrisa. Calidez terrenal. Respirable.
Fara estaba en su rincón, imponente y serena. La yegua giró levemente la cabeza al sentirla acercarse y relinchó con suavidad. Naevan, quien nunca se apartaba de su lado, alzó la vista desde el cubil de paja y se acercó tambaleante.
Serenya se agachó junto a él. Le pasó los dedos por la frente, trazando una caricia ausente.
—Tú tampoco pediste nacer en medio de esta guerra, pequeño.
Naevan parpadeó lentamente, como si entendiera.
Fara se acercó con lentitud, y le apoyó el hocico en el hombro. Por un instante, cerró los ojos. Ni hechizos. Ni profecías. Solo calor y aliento. Solo cuerpos vivos que no le pedían nada.
Algo cambió en el aire. Un leve estremecimiento, como cuando se tensan las cuerdas de un arco antes del disparo. Lo percibió antes de girarse, antes de pensarlo siquiera.
Estaba allí, a la entrada del establo. No avanzó. No dijo nada. Sus ojos tenían un brillo contenido. El silencio bastó.
Lo miró un segundo, con los dedos sobre el lomo del potrillo. Tragó saliva. Se irguió despacio. Dio un paso, solo uno, hacia él.
—Dímelo —susurró. No era una orden, sino un ruego cansado, hambriento de verdad.
Ezryn bajó la mirada. Sus labios se entreabrieron como si fuera a hablar. Lo único que salió fue un suspiro. Largo. Doloroso.
—Habla conmigo. Vuelve a mí. ¿De qué tienes miedo?— le preguntó por el lazo que los unía desde antes de tener nombre.
Volvió a alzar los ojos: había sangre y un brillo líquido. Ella esperó. Solo un instante más. Luego bajó la vista. Se dio media vuelta y salió por la puerta lateral sin rozarlo. Fara bufó tras ella. Y aunque no miró atrás, supo que él no se había movido.
Esa noche, cuando la luna había alcanzado el ángulo exacto desde donde la iluminaba como si fuera una invocación, Serenya se vistió sin prisa. No buscaba ternura, ni respuestas, solo algo que pudiera callar el fuego por un rato. La rabia. El vacío. La grieta.
Saldría sin que la vieran. Como una sombra. Como una decisión sin nombre. Sabía dónde encontrarlo a esa hora.
Y esta vez, no iba a empuñar una espada. Iba a desenvainarse ella.