La llama no escrita (Lux Mortem 1) 35. El fuego que no arde #2
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35. El fuego que no arde #2

La besó. No era solo un adiós: era una última súplica. Como si pudiera detener lo inevitable con ternura.

◆◆◆

P arpadeó, emergiendo de un recuerdo que no le pertenecía solo a él. Ella respiraba con fuerza, la piel aún encendida. Y por un instante, creyó que no habría final. Que ese roce bastaría para detener el mundo.

La visión se había quebrado, pero ese retazo del pasado se suspendía entre ambos. Lo que quedó, una ausencia que dolía más que el recuerdo mismo.

El mundo le parecía más oscuro después de lo visto.

Como si la habitación ya no fuera un presente tangible, sino un eco distorsionado del pasado.

Tardó unos segundos en notar que lo recorrían los espasmos.

El frío no venía del aire. Venía de la grieta.

Del hueco entre lo que fue y lo que no pudo ser.

Seguía allí, frente a ella, con las manos aún abiertas, como si temiera tocarla y volver a perderla.

—Me marcaste… me amaste… y todo se vino abajo. ¿Por qué?

Ezryn no respondió, pero su mirada lo decía todo: el amor seguía ahí. Entero. Doloroso. Ardiente.

Serenya dio dos pasos atrás. Con el corazón golpeándole en las costillas.

—¿Qué hiciste, Ezryn? ¿Qué hicimos? ¿Por qué siento esta maldita grieta latiendo dentro de mí cada vez que te miro?

Apretó los dientes. Sus puños temblaron a los lados del cuerpo.

—No puedo decirte eso… —murmuró, como si cada palabra costara sangre.

—¿Porque dolerá? ¿O porque te duele a ti? —Su voz no era grito, pero era filo.

Desvió la mirada. Su pecho subía y bajaba. La emoción lo desgarraba por dentro.

—Porque si te lo digo… sabrás quién soy en realidad. Y no vo y a sobrevivir a que me mires como a un enemigo.

Ella lo miró largo, los labios entreabiertos, el cuerpo aún marcado por la visión.

—Dime una cosa, ¡dime algo! —escupió ella, vibrando de rabia—. ¡¿Qué demonios es esta conexión entre nosotros?! ¿Por qué puedes meterte en mi cabeza? ¿Por qué puedo oírte incluso cuando no hablas? ¿Eso también tiene que ver con el pasado, o es otro secreto más que guardas por miedo?

Él apartó la mirada por un instante. Sus dedos buscaron inconscientemente su propia muñeca, donde el cuero oscuro del brazalete reposaba como una vieja herida cerrada a medias. No era un gesto deliberado.

Serenya lo notó. Y bajó la vista hacia el suyo.

—¿Esto...? —preguntó, en un susurro tenso—. ¿Qué es exactamente?

Ezryn no respondió de inmediato, como si contuviera una verdad que sabía que aún no podía decir del todo.

—Un recuerdo —dijo al fin, con esa media sonrisa torcida que usaba cuando mentía a medias—. Una advertencia. Tal vez ambas.

—¿De ti? —insistió ella.

—De lo que soy… cuando no estás —confesó.

Él tragó saliva. Dio un paso hacia ella, pero ella levantó la mano.

—No. Ni un paso más si no hablas.

Se quedó inmóvil. Porque sabía que si daba un paso sin decir nada, la perdería. Y esta vez, no la quería perder. Pero tampoco sabía cómo decirle que lo que los unía no era una habilidad… sino una maldición.

—Lo llaman Juicio Íntimo —dijo, al fin, porque sabía que tenía que darle alguna información.

Serenya parpadeó.

—¿Eso es… tu don?

Ezryn asintió, sin moverse.

—No leo pensamientos. No veo el futuro. Solo... siento. Lo que alguien intenta no sentir. Lo que arde debajo. —Hizo una pausa. La miró con una mezcla de miedo y ternura—. El deseo, la culpa, el amor que alguien ya no quiere admitir.

—¿Y conmigo? —preguntó ella y el terror se le coló en los huesos.

Ezryn tragó saliva. Su respuesta fue casi un rezo.

—Contigo… nunca hizo falta. —Sus ojos se encontraron. Y algo más vibró entre ellos—. Está despierto desde el primer día.

Serenya rio, sin humor.

—¿Qué temes tanto? ¿Que lo recuerde todo y me aleje de ti otra vez?

—Temo que la historia se repita —susurró—. Y que vuelvas a elegirlo a él. —Eso la paralizó un segundo. Él se dio cuenta, pero no se detuvo—. Temo que vuelvas a mirarme como lo hiciste entonces. Con decepción. Con dolor. Como si no quedara nada de lo que amaste en mí.

Ella respiró hondo. Cerró los ojos por un segundo. Y cuando volvió a abrirlos, ya no había rabia. Había pena. Por él. Por ella. Por lo que habían sido.

—Cobarde —susurró, con más ternura que reproche.

El heredero levantó la vista. Y sus ojos se llenaron de esa devoción salvaje que solo él sabía tener.

—Yo no te dejé ir, Serenya. Nunca lo hice.

Ella se estremeció.

—Entonces, cuéntamelo. Todo.

Ezryn bajó la cabeza. No podía hacerlo.

Ella giró sobre sus talones. Como si fuera a irse.

Como si estuviera dispuesta a marcharse sin mirar atrás.

Pero algo la detuvo. No fue un recuerdo.

No fue la esperanza. Fue la punzada muda de haber entendido, por fin, que él la amaba…

Pero no bastaba. Ese pensamiento la quebró.

No con lágrimas. Con silencio. Con un temblor casi imperceptible en su labio inferior.

Y fue en ese temblor donde nació el impulso. El quiebre.

Volvió hacia él. Cruzó la distancia. Y lo besó.

Fue un beso que no supo a perdón. Ni a promesa. Fue carne reconociéndose, rabia y deseo trenzados. Fue un grito mudo. Una súplica sin nombre. Lo mordió. Lo empujó. Se aferró a él como si pudiera anclar algo que se les escapaba.

Ezryn reaccionó instintivamente. Sus manos se movieron, como queriendo sujetarla, retenerla.

Pero se detuvo a medio gesto. Recordó la última vez que la tocó así: con la frente apoyada en la suya, rogándole que no lo dejara.

A veces, amar era aprender a no aferrarse.

No se atrevió a romper lo que era, al mismo tiempo, un adiós y una promesa.

Y entonces lo soltó.

El tacto de sus manos aún pesaba en su cuerpo como un recuerdo que no podía desprenderse.  No la llamó. Porque hacerlo… habría sido desde el dolor, no desde la verdad. Y ella merecía la verdad.

El silencio de la habitación no era vacío. Era castigo.

—No me busques hasta que estés dispuesto a decirme la verdad —le dijo, con la voz áspera, los ojos húmedos—. Me negaste mi verdad. Me dejaste sola… mientras tú nadabas en memorias que eran mías.

No respondió. No intentó detenerla. Solo la siguió con la mirada.

Serenya abrió la puerta. Esta vez, cuando se fue, no fue un escape.

Fue una sentencia. Y mientras la cerraba, el temblor volvió.

No en las manos. En el pecho. Como si una grieta invisible acabara de ensancharse un poco más.

No miró atrás. No podía. Porque si lo hacía… tal vez no tendría fuerzas para irse.

Ezryn se quedó solo, con el aire todavía vibrando donde ella había estado. Levantó su camisa y su colgante, y se vistió mientra caminaba hasta el ventanal, buscando alejarse de todo lo que ardía en su pecho.

El reflejo del cristal devolvió una imagen distorsionada de sí mismo. Y por un instante, algo brilló en su pecho, bajo la camisa abierta. Un destello oscuro. Rojo profundo, casi vino. Como un rubí cubierto de polvo. O una herida vieja que aún sangra .

Llevó la mano hasta allí. No para mostrarlo. Solo para tocarlo. Como quien se asegura de que lo perdido… aún pesa.