35. El fuego que no arde
E zryn no dormía. No desde hacía años. Pero esa noche, ni siquiera podía fingir que existía el consuelo del sueño.
Se mantenía de pie junto al ventanal, la copa entre los dedos, el vino oscilando en un vaivén que no seguía su pulso, sino un temblor que no lograba reprimir.
La habitación estaba en silencio, pero su mente... no callaba.
No necesitaba cerrar los ojos para verla.
De hecho, al cerrarlos, la veía con más claridad.
Ella. No Serenya, sino la otra. La de antes.
Aquella que se reía sin reservas, con un sonido limpio, alto, que le aflojaba las vísceras.
Tenía el cabello largo, color de corteza acariciada por el fuego, y la luz del sol le prendía reflejos dorados cada vez que giraba la cabeza.
Sus ojos eran claros, oceánicos, imposibles de retener y su piel olía a libertad, a algo salvaje que no podía pertenecerle, aunque él lo intentó.
Y ese fue el error.
Fue el amor —ese amor torcido por la desesperación— lo que lo arrastró al abismo. Lo que los arrastró a los tres. Cuando la miraba en ese nuevo cuerpo, en esa nueva carne, sentía que la grieta no estaba solo en el mundo: también lo estaba en él.
Serenya no era idéntica, pero había gestos que no podía dejar de reconocer.
Los ojos eran otros, más oscuros, más densos, como el barro tras la tormenta.
Su cabello, negro azabache, brillaba con tonos azulados bajo ciertas luces, y sus curvas eran más pronunciadas, deliberadas.
Otra forma de belleza. Otra piel. Otro fuego.
Y, sin embargo, cuando hablaba, cuando se enfurecía, cuando lo desafiaba...
allí estaba. Lo que él había amado. Lo que aún dolía.
Se había repetido mil veces que no podía ser ella. Que el destino no podía ser tan cruel como para ponérsela delante solo para negársela de nuevo. Pero la marca... la marca lo había arrasado por dentro. Ese pequeño sello oscuro, bajo su piel, que no era solo un recuerdo físico: era un lazo antiguo.
Esa noche, en la cena, cuando lo vio, no sintió deseo, sino vértigo. Como si por fin, tras siglos de culpa y fantasmas, el castigo estuviera completo.
El pomo de la puerta giró. Ezryn no se movió. No dijo nada. No porque no supiera qué decir, sino porque ya lo había sentido antes. Sabía que vendría. Porque cuando hay una deuda entre dos almas, ni la muerte es suficiente para cancelarla.
Y entonces la vio.
Allí, de pie en el umbral. La cara tensa, el cuerpo rígido, los ojos oscuros clavados en él. Hermosa. Real. No una aparición, no un recuerdo. Carne viva. Dolor presente.
Se giró con lentitud. No por dramatismo, sino porque había algo sagrado en ese gesto. Algo que no se atrevía a apresurar.
—Sabía que vendrías —dijo, al fin. Y fue una confesión. No una bienvenida.
Porque si ella era quien creía… si lo era de verdad… entonces lo que había comenzado hacía dos siglos no había terminado. Solo se había escondido, esperando este momento para volver a reclamar lo que aún ardía.
El resplandor lánguido de un brasero iluminaba desde un rincón y las velas azuladas derramaban su luz trémula sobre las paredes de piedra.
Serenya cerró la puerta suavemente, sin ceremonia. Solo la cerró. Y en el silencio que siguió, su respiración fue el primer sonido.
Dio un paso. Luego, otro. Como si cada pisada sobre la piedra afirmara algo que ni ella misma sabía cómo nombrar.
El aire entre ellos chispeaba con la electricidad de lo no dicho. Ella no hablaba aún, pero su presencia era una acusación. Un sacudida contenida que hacía que cada segundo se sintiera más largo que los años que los separaban.
Ezryn no se movió. La había sentido llegar mucho antes de que cruzara el umbral. Pero no se atrevía a mirarla. Tenía miedo de romper algo con solo abrir los ojos. O de confirmar que ya estaba roto.
—Me marcaste —dijo, sin dulzura.
Él bajó la cabeza. Sus labios se apretaron, conteniendo un grito antiguo.
—Sí —admitió, con la voz desgarrada de quien sabe que no hay marcha atrás.
—No fue ahora. No fue en esta vida… —Ella dio un paso más, como si las palabras le dolieran físicamente—. Fue antes. Cuando era ella. Cuando aún no sabía lo que estaba eligiendo.
Álzó la mirada, lento. En sus pupilas vino tinto no había deseo. Había algo peor. Memoria. Un abismo de recuerdos.
—La marcaste —continuó ella—. Me marcaste. Porque no querías perderla. Porque pensaste que si dejabas una huella en su piel, no se iría. Pero se fue igual, ¿no?
Tragó saliva.
—No lo hice para atarla —susurró—. Lo hice porque sabía que… que me perdería sin ella. Sin ti.
—¿Y ahora? —inquirió ella, la voz endurecida—. ¿Qué soy para ti? ¿Una segunda oportunidad? ¿Una prueba de que no todo terminó?
No respondió. Solo se quedó ahí, con los puños cerrados, con la espalda tensa, como si el pasado le cayera encima.
—¡Háblame de la grieta! —espetó, con un tono que se quebró al final—. Dime qué pasó. Qué hice. ¡Qué hicimos!
Él retrocedió un paso. No huyó: solo sintió que si daba otro, el pasado lo devoraría entero.
—No puedo.
—¡No quieres! —estalló.
—No… —dijo él, y su voz fue un soplo—. No quiero que dejes de verme como me ves ahora.
Lo miró, desconcertada por un instante.
—¿Y cómo te veo, Ezryn?
—Como si aún quedara algo bueno en mí.
Su mano se deslizó hacia su propio brazalete, como un rezo mudo.
Ella entrecerró los ojos.
—No te veo como un héroe. No esperes eso de mí.
—Lo sé —dijo, y sonrió sin alegría—. Pero tampoco como un traidor.
El silencio los golpeó con fuerza.
—Tú lo recuerdas todo. —Su voz fue un filo tenso, como una daga que ya no quería ser contenida—. Todo. Y aun así… me miraste sabiendo quién podía ser. Me reconociste antes que nadie. Me deseaste. Me tentaste. Y te callaste. Te callaste mientras yo me ahogaba en pedazos que no entendía.
Ezryn apretó la mandíbula, mordiendo las palabras antes de que salieran. Pero se mantuvo callado.
Serenya se le acercó de golpe, con los ojos ardiendo.
—¡Habla! —Lo empujó con ambas manos en el pecho—. ¡Dime qué habrías hecho si lo hubieras sabido con certeza! ¿Me lo habrías dicho? ¿Me habrías advertido? ¿O simplemente me habrías vuelto a marcar como entonces, como si yo te debiera algo?
Ezryn reaccionó con un instinto que no era defensa, sino deseo mal contenido. La sujetó de los brazos, sin fuerza, pero con una urgencia que le hormigueaba en los dedos.
—No lo sé —murmuró, con la voz espesa, oscura—. Pero sé que te habría buscado igual.
Una pausa tensa se instaló entre ellos, tan cargada que bastaría un susurro para romperla.
Serenya lo miró con el corazón en un puño, como si buscara algo en su rostro que no supiera nombrar. No había odio en sus ojos. Tampoco perdón. Solo una pregunta muda: «¿Todavía estás ahí?»
El silencio entre ambos era una cuerda tensada hasta el límite. Si uno de los dos respiraba demasiado fuerte, todo se rompería. Serenya sintió que algo en su pecho —una compasión antigua, una furia no dicha— vibraba como un eco contenido. No sabía si quería tocarlo… o gritarle.
Y en esa duda… eligió el contacto.
El beso no fue un asalto. Fue una implosión.
Una necesidad compartida que los arrastró como una ola caliente y cruel.
Fue Serenya quien acortó la distancia, quien le tomó el rostro entre las manos y lo besó con rabia, con miedo, con una ternura que dolía más que cualquier golpe.
Ezryn respondió como si hubiera estado esperando ese beso desde que la vio por primera vez con otro rostro. Con otra alma. Pero con el mismo fuego.
Sus cuerpos se entrelazaron con una urgencia que no pedía permiso.
Las manos femeninas se deslizaron por su pecho, hasta encontrar el dobladillo de su camisa.
Se la quitó con torpeza, con rabia, con deseo contenido.
Y cuando la tela cayó al suelo con un ruido sordo, sus dedos se quedaron atrapados en las líneas marcadas de sus abdominales.
Como si tocarlas fuera recordar. Como si su piel pudiera devolverle algo que había perdido.
Él la miraba en silencio. No como un hombre hambriento, sino como alguien al borde de un abismo que conoce demasiado bien.
Serenya se separó para contemplar su pecho, para trazar las cicatrices antiguas con la yema de los dedos. Sus ojos lo recorrieron sin querer, hasta la cadera, a esos músculos que bajaban en diagonal hasta perderse dentro de los pantalones oscuros. Se sonrojó al ver su erección… pero no retrocedió.
Tembló cuando las manos de ella tocaron su piel. No de frío. De memoria.
Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta cuando la vio otra vez.
La tela del vestido de Serenya se había deslizado al subir los brazos, dejando a la vista su costado, justo sobre el pecho.
Una pequeña marca en su piel. Como un tatuaje olvidado.
Como un sello. Dos puntos, oscuros. Familiares.
Ezryn dejó de respirar. Su mano la rozó con suavidad, como si el contacto pudiera deshacerlo todo.
—Estás aquí… —susurró, más para sí que para ella.
Serenya bajó la mirada. Vio la marca también. Su corazón dio un vuelco.
Ezryn se inclinó y besó el lugar exacto donde estaba. Un roce. Un lamento. Y al hacerlo, sintió que algo se quebraba en su pecho. Ese contacto liberó algo que ninguno pudo evitar.
El eco del recuerdo se arrastró por su piel como una llamarada muda.
Eso era el Juicio Íntimo.
No una visión. No una memoria.
Sino la verdad que aún sangraba bajo la piel.
Esta vez no fue el momento del mordisco lo que estalló en su mente… sino lo que vino después.
◆◆◆
Ella, tumbada sobre la piedra, la piel vibrando por la marca. Ezryn inclinado sobre su cuerpo, temblando, con las manos acariciando su rostro como si fuera algo sagrado, como si le doliera tocarla.
—No puedo dejarte ir —murmuró, los ojos ardiendo de emoción contenida—. Te amo, Serenya. Te amo tanto que no puedo respirar cuando no estás.
Su frente se apoyó en la de ella y sus labios rozaron los de Serenya mientras hablaba.
—No me pidas que me aparte. Si lo eliges… juro que no podré quedarme al margen. Prefiero arder en el infierno que vivir mil años sin ti.