La llama no escrita (Lux Mortem 1) 34. La profecía #3
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34. La profecía #3

—No te engañes, Serenya… Caelan siempre ha sido el mismo. Firme. Frío. Guerrero antes que hombre. General antes que amante. — Un silencio, breve, cargado —. Pero tú… tú no eres parte de su estrategia. Eres su grieta. Su debilidad. Su posibilidad de redención. Y por eso… te alejará.

Su energía se deslizó como un aliento por su nuca. Serenya sintió el cambio. Ya no era deseo. Era memoria.

—Yo no pude alejarme —confesó Ezryn, su voz aún en su mente, como si temiera romper algo si hablaba en voz alta—. No entonces. Y no ahora.

Serenya cerró los ojos por un instante, solo para sentirlo con más claridad.

—Cuando vi esa marca… —Ezryn dudó, por primera vez desde que ella lo conocía—. Me recordé a mí mismo. A lo que fui contigo. A lo que fui sin ti.

Y entonces lo dijo, como alguien que ya no lucha contra lo inevitable:

—Perdí el mundo por ti una vez, Serenya. Lo haría de nuevo si me lo pidieras.

Ella tragó con dificultad, sintiendo el peso de las palabras no dichas. El odio hacia Ezryn comenzaba a mezclarse con la desconfianza hacia Caelan. La confusión se convirtió en rabia.

«No sé si creerle... pero ¿y si tiene razón?»

La duda la mordió como una serpiente. Con un giro en su pecho, miró a Caelan, cuyo rostro seguía tan impenetrable como siempre. El hombre que alguna vez pensó que podía entender parecía más lejano que nunca.

«¿Y si él es realmente lo que dice Ezryn?»

La pregunta quedó flotando en el aire, más pesada que cualquier espada.

—Cuéntanos, Caelan —Ezryn murmuró con una calma peligrosa, no con la arrogancia de siempre, sino con una punzada de certeza—. ¿Tu prometida aceptaría a esta mujer? ¿O es que solo la quieres en tu cama, sin importar lo que pase después?

Caelan se tensó. Su mano se cerró alrededor de la copa con tanta fuerza que el cristal crujió.

—Mi prometida no tiene nada que ver con esto.

Por un segundo, en su mirada, no hubo furia ni orgullo. Solo una pregunta que no sabía cómo pronunciar.

Ezryn esbozó una sonrisa sin alegría.

—Oh, pero la tiene. Porque si la Grieta sobrevive... —Hizo una pausa deliberada—. ¿Qué harías con ella? No puedes llevártela con los Umbrae. ¿Dónde la pondrás?—Sus ojos se desviaron hacia Serenya, esta vez sin burla, sin reto. Solo gravedad—. ¿Dónde pertenecerás tú entonces?

El corazón de Serenya dio un vuelco. La palabra «prometida» se clavó, primero como duda, luego como filo. No lo había dicho. Nadie lo había dicho, pero todos lo sabían .

Caelan estaba comprometido. Y ella no podía hacer nada para cambiarlo. El mundo no se detuvo. Pero ella sí. Una palabra. Una realidad. Una herida nueva.

«Prometido».

La palabra le desgarró más que cualquier herida. Y lo peor: no había sido pronunciada por él.

Todos en esa sala sabían su lugar. Menos ella. Serenya apretó los dientes, sintiendo una oleada amarga de frustración. ¿Era solo una herramienta? ¿Una grieta con rostro? ¿Un poder que se disputaban como si no sintiera?

Tras unos segundos, Ezryn volvió a hablar. Su energía volvió a rozar su mente, suave como terciopelo, afilada como vidrio.

—No dejes que te rompan, Serenya. No como antes.

El tono había cambiado. No era provocación. Era… reverencia.

—Entre los Sangreth no serás una sombra de nadie.

Serás todo. Mía. Reina de carne y magia.

Y cuando llegue el momento… —Una pausa, un susurro ardiente—.

Beberé de ti. No para marcarte esta vez.

Sino para fundirme contigo. Hasta que no seamos dos.

Hasta que todo este maldito mundo se doblegue ante lo que eres.

Serenya contuvo el aliento. Apoyó los cubiertos lentamente sobre su plato.

De cualquier manera, no podía pegar bocado.

Nadie más sentía ese fuego que se colaba por su pecho.

Ezryn retiró su energía como quien retira una mano de una herida aún abierta.

Pero la quemadura persistió. Y con ella… la promesa.

Kyrion la observaba con una atención que no encajaba con su gesto relajado. Luego, se giró hacia Caelan con su tono más cínico.

—Nunca imaginé verte tan… dividido.

Caelan ignoraba todo. O al menos lo intentaba con el recuerdo que Ezryn acababa de arrastrar hasta la superficie.

La mesa se llenó de murmullos, pero Serenya ya no escuchaba. Todo su mundo se reducía a eso: un torbellino que la devoraba desde dentro y fuera.

La profecía. El poder. La promesa. La marca. La grieta. Ezryn y Caelan. Ambos. Y ella. En medio. Otra vez.

Cada uno quería algo de ella. Y pese a eso, una chispa nueva —una chispa suya— comenzaba a encenderse.

Como voluntad.

«No seré una pieza más en su juego», pensó, con los labios apretados y el corazón en guerra. «Ni de él. Ni del otro. Ni del mundo que espera que elija».

A punto de levantarse de la mesa, Ezryn deslizó los dedos por su propia muñeca, sin mirar a nadie. Fue un gesto pequeño, pero Lioran lo notó. Y Serenya también.

No dijeron nada. Pero el silencio que quedó… no fue casual.

El brazalete aún latía.

Serenya sabía que no podía dormir sin respuestas. No después de eso. Y solo había un hombre capaz de dárselas.