La llama no escrita (Lux Mortem 1) 34. La profecía #2
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34. La profecía #2

Entonces Kyrion habló, su tono cortante y sarcástico.

—Llegarán pronto y el desastre volverá a empezar.

Tendríamos que haberla matado ni bien se presentó aquí, proclamando su nombre como si viniera a redimirnos de algo—dijo, observando a su discípulo con decepción y dirigiendo el veneno de sus palabras hacia ella—.

Esta niña tonta, ¿no lo entiendes, Caelan? Es una descendiente de…

Antes de que pudiera continuar, Caelan se levantó abruptamente, con los ojos brillando de furia.

—No la menciones, Kyrion —interrumpió con una dureza peligrosa, su cuerpo rígido como una estatua, pero sus manos apretadas contra la mesa traicionaban su ira contenida.

Este soltó una risa burlona, sin inmutarse ante su reacción.

—¿De verdad crees que puedes esconder la verdad? ¿Qué te pasa, piensas que puedes proteger a esta niña? ¿Te has enamorado de ella también?—Sus ojos brillaron con malicia—. Su muerte es inevitable; es lo único que puede salvarnos y cuando llegue tu madre, no habrá otra opción.

Entre ellos, el silencio se cortaba con un cuchillo. Serenya, incapaz de mantenerse al margen de la conversación, levantó la cabeza, sus ojos desafiantes mirando de uno a otro.

—¿Serenya?

El nombre resonó como una campana fúnebre. En la mesa, incluso el pan parecía fuera de lugar.

En el mismo instante, la atmósfera explotó.

Kyrion, al escuchar el nombre, cambió de expresión.

Era como si una chispa hubiera caído en un barril de pólvora y todos los presentes lo sintieron.

Caelan, al igual que todos, se tensó y sus ojos se oscurecieron aún más.

Ezryn, que hasta ese momento había permanecido en silencio, lanzó una mirada fulminante a Kyrion.

—¿Te atreves a mencionarla? —gritó Kyrion, levantándose del asiento, su mirada ardiente dirigida a ella—.

No menciones su nombre, maldita hija de puta.

Tu ancestro nos arruinó. Tenía a estos pobres infelices cogidos de los huevos.

Los enredó con sus artes de seducción y destruyó todo.

¿Eres consciente de que ella destruyó la paz, matando a miles de Umbrae durante los últimos 235 años?

Una sombra reptó por la pared, más densa de lo normal y el fuego de una de las antorchas titiló violentamente. Nadie pareció notarlo. Nadie... salvo Caelan.

—Basta, Kyrion —gritó, golpeando la mesa con su puño con  tanto ímpetu que su cuchillo voló al suelo.

Ella no se movió. No retrocedió.

—Dilo. Termina la frase. ¿De quién soy descendiente? —Su voz era baja, pero cortante—. ¿De la mujer que os dio miedo… o de la que os dio poder?

En el silencio que siguió, algo ancestral se agitó en el aire.

Los Umbrae entierran a sus muertos con una daga en el pecho, por si regresan como sombra.

Serenya no sabía de dónde había venido esa frase, si la había oído en su niñez o en otro cuerpo, otra vida… pero en ese momento la entendió .

Esa mesa no era un banquete. Era un entierro prematuro. Y ellos, los vivos, eran los únicos dispuestos a matar al muerto… antes de que regresara.

—Basta, no nos hemos reunido por esto —insistió Caelan—. Si es cierto, si ella es… Entonces, la profecía va a cumplirse y necesitamos que esté de nuestro lado. Deja de comportarte como un imbécil y piensa.

El aire se enrareció. Serenya sostuvo la mirada de Kyrion sin parpadear, procesando lo que acababa de escuchar. Dirigió entonces sus ojos hacia el heredero Umbrae y preguntó:

—¿Qué profecía? No he leído nada de una profecía.

Lioran, que hasta ese momento había estado en silencio, pareció finalmente salir de su zona de confort. Con un suspiro profundo, comenzó a hablar, con una seriedad que nunca había mostrado antes.

—Una profecía milenaria —dijo, casi como si cada palabra tuviera un peso infinito—.

Hablaba de una mujer que sería la culpable de romper el mundo, pero también de una mujer que podría unirlo, eligiendo el camino adecuado.

Ella tiene el poder de destruir todo... o salvarlo.

Su elección determinará el curso de los acontecimientos.

El silencio que siguió fue profundo, y Serenya sintió que la atmósfera a su alrededor se cargaba de presagios. No podía ignorar lo que esas palabras significaban.

Lioran continuó, su tono más sombrío.

—El destino será marcado por tres corazones rotos. El primero llevará la sombra. El segundo llevará la sangre. El tercero, en silencio, poseerá la verdad oculta, y solo su unión devolverá el equilibrio.

Serenya frunció el ceño, procesando esas palabras que parecían envolverla, como si todo su ser estuviera marcado por ese futuro incierto. No sabía si temer o aceptar lo que significaban, pero algo dentro de ella sentía que no había vuelta atrás.

—¿Cuántos años tienes, Caelan? —preguntó, de repente, mientras comenzaba a atar cabos. Sabía que no era un detalle trivial.

Él la miró en silencio, antes de responder, con un tono grave.

—Muchos más de los que parece, Serenya. Pero ahora no es el momento para hablar de eso.

La tensión en la sala seguía creciendo. Ya no sabía en quién confiar. La profecía, el poder, todo se estaba volviendo más oscuro y confuso, y la sensación de estar atrapada entre todos ellos comenzaba a ser más intensa que nunca.

—Lo importante es determinar qué haremos contigo. Si realmente eres la mujer de la profecía, los Sangreth querrán llevarte con ellos y no puedo permitirlo. Quizá tu elección pueda poner fin a esta locura.

Serenya lo miró, con los ojos entornados. El peón. Otra vez. Esa era la sensación. El estómago se le cerró con una furia amarga. No era la elegida. Era el trofeo. Y eso dolía más que cualquier herida.

«No puedo ser solo una pieza más», pensó, aunque la fría mirada de Caelan la dejaba sintiendo que no tenía más opción que obedecer. Mientras la tensión en la sala se mantenía a un nivel insoportable, Ezryn dijo en un susurro que contenía años de pérdida.