34. La profecía
L a gran mesa de piedra oscura dominaba el centro del salón, ocupando el espacio con una presencia imponente.
Las antorchas en las paredes proyectaban sombras danzantes, tiñendo el ambiente con tonos dorados y naranjas.
El aire estaba impregnado por el aroma de la carne asada y el pan recién horneado.
La atmósfera era cálida, pero la tensión palpable entre los comensales.
Serenya sintió cómo cada mirada en la sala la reducía y la engrandecía al mismo tiempo. No era una cena. Era guerra servida en platos de plata.
Se sentó en el centro de la mesa, consciente de cada movimiento a su alrededor. La mirada fija de Caelan se le clavaba en la piel. Ezryn, a su otro lado, desprendía una energía cálida, casi peligrosa, como el sol al caer sobre un campo.
Ambos hombres irradiaban poder, pero en formas completamente diferentes. Caelan, con su mirada fría y calculadora, y Ezryn, con su magnetismo visceral.
Kyrion, al final de la mesa, observaba con una calma engañosa.
Su postura desafiante y su mandíbula apretada ocultaban la mente afilada de un jugador que no necesitaba mover piezas para ganar: bastaba con observar qué alianzas se forjaban en cada silencio, qué miradas eran promesas veladas y qué gestos, traiciones latentes.
Serenya sintió su escrutinio como un recordatorio cruel: en esa mesa, cada elección era una guerra que aún no había empezado.
Ella era la grieta en ese equilibrio fingido. Una anomalía que obligaba a todos a elegir bando. Cada gesto hacia ella era una apuesta. Cada cuchillo en la carne, un recordatorio de que los tronos no se mantienen con diplomacia, sino con control. Y si no elegía pronto, alguien más lo haría por ella.
Al otro lado, Lioran parecía nervioso, inquieto.
Sus ojos se deslizaban hacia la comida, evitando la mirada de los demás, pero la forma en que sus dedos jugueteaban con el borde de su copa delataba su ansiedad.
Notó un miedo silente que se ocultaba tras una fachada de calma.
No podía saber qué lo inquietaba exactamente, pero algo en su actitud parecía anticipar una tormenta.
Una hoja se deslizó por la ventana y cayó en la bandeja vacía.
Nadie lo notó. Serenya sí. Ese detalle absurdo, insignificante, parecía decir más que toda la cena.
Se quedó mirándola. Detuvo la respiración.
Por un segundo, todo se congeló. El sonido de los platos rompió el silencio.
La sensación de estar atrapada en una maraña de deseos y amenazas la envolvía por completo.
La habían citado para algo importante, pero presentía que era solo el preludio de algo que la marcaría para siempre.
La comida, en su mayoría ciervo asado y guisos aromáticos, llenaba el aire con una fragancia que no lograba apaciguar su nerviosismo.
Los Sangreth bebían vino oscuro, casi negro, servido en copas de cristal fino, mientras en los platos frente a los Umbrae había carne apenas sellada, aún tibia de sangre, acompañada de pan seco y raíces amargas.
Dos culturas enfrentadas incluso en la forma de sentarse a la mesa. Dos formas de alimentarse. Dos formas de matar.
No podía dejar de pensar en la promesa no pronunciada en el ambiente: el peso de la decisión que estaba por tomarse.
Caelan giró el rostro, lo justo para que su presencia la envolviera.
El roce de su brazo fue casi imperceptible, pero bastó para que la piel se le erizara.
Su cercanía era una hoja suspendida sobre su cuello: tan peligrosa como hipnótica.
Y ella no sabía si deseaba el corte… o el temblor previo.
No dijo nada. Su sombra se crispó brevemente, detectando un roce no autorizado en un lugar demasiado íntimo .
Ezryn, en cambio, no ofrecía cuchillas. Era fuego contenido.
Su atención se posó sobre ella como una caricia insolente, sorbiendo de su copa con una lentitud calculada, como si alargara el tiempo solo para torturarla.
No necesitaba hablar. Su energía se colaba entre los pliegues de su mente, una corriente sedosa que se enroscaba en la suya.
Sin apartar los ojos de ella, bajó la vista con descaro, deteniéndose en cada curva con una intensidad que la hizo estremecer.
—Ese vestido…— murmuró en su mente, rozándole por dentro como una lengua tibia—.
Te sienta bien. Tan... ajustado, realza todo lo que debería ser visible.
La manera en que abraza tus caderas... no puedo evitar imaginar cómo lucirías sin él, con mis manos agarrándote fuerte, hasta dejar mis huellas en tu piel, mientras me hundo en ti, lento, sin permitirte escapar.
El rubor se apoderó de sus mejillas en un segundo, un calor incómodo que la hizo morderse el labio inferior para evitar que el temblor fuera evidente. Los demás parecían ajenos a la intensidad de esa comunicación silenciosa, pero ella no podía ignorar lo que él sugería.
—¿Te gusta imaginarme entre tus muslos?
Fue lo siguiente que resonó en su mente con una carga casi palpable, una caricia mental que la desbordaba. La devoraba. Lentamente.
La recorría con la vista como quien explora un territorio ya conocido.
Uno que deseaba reclamar otra vez. Algo en ella respondió a esa provocación, aunque no podía permitir que se notara.
No podía permitir que supiera que su presencia y sus pensamientos la desestabilizaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Apartó la mirada un segundo. Sus dedos juguetearon nerviosos con el borde de su copa, buscando distraerse de la atención que la oprimía.
Ezryn parpadeó. Por un instante, se detuvo en su muñeca. Solo un segundo. Nada más.
Del otro lado de la mesa, Lioran también lo vio. Y sus ojos se encontraron. No dijeron nada. No tenían que hacerlo. Fue un instante, pero fue suficiente .
El Sangreth cerró los ojos y dejó que una sonrisa burlona se formase en sus labios, como si supiera lo que había logrado con un simple juego de miradas.
—Nunca dije que me gustase lo que dices .
—Tampoco me has pedido que pare, y ese rubor es tan delicioso. Podría besarte entera para ver cómo se enrojece todo tu cuerpo, antes de enterrarme entre tus piernas y beber de ti.
Entonces, Ezryn alzó su copa y bebió. Esa provocación no era solo un juego para él, sino una declaración silenciosa de lo que realmente quería.
El calor le subía por el cuello. Con un gesto casi mecánico, se acomodó el escote que se había deslizado ligeramente durante la cena. Y ese simple movimiento lo cambió todo.
Ezryn no se movió. Pero el cristal tembló levemente al dejar la copa en la mesa. Sus ojos, que hasta entonces brillaban con arrogancia, se apagaron en un instante. Se contrajeron, rojos, abiertos, fijos en un punto preciso.
No pronunció sonido. Fue un susurro mental, un hilo de pensamiento que serpenteó directo a su mente.
—No puede ser…
Serenya lo miró, confundida, hasta que sintió el leve roce del aire frío sobre su piel expuesta. Bajó la vista. La tela se había movido, revelando parte de su clavícula y… la marca. Dos puntos oscuros, sutiles. Como colmillos.
Uno de los dedos de Ezryn, apoyado sobre la mesa, se alzó como si quisiera alcanzarla a través del aire. Como si necesitara asegurarse de que aquello que veía era real. Sus labios se entreabrieron, pero no habló.
Recordó otra noche, otra cena. Ella reía con una copa en la mano, y su hombro desnudo lo llamaba más que el vino. No debía tocarla… y lo hizo igual.
Ella sintió el roce antes de que lo viera. Su magia, esa bruma dulce y afilada que siempre lo acompañaba, se deslizó hasta ella como una caricia. No invasiva. No ofensiva. Solo… anhelante.
Un recuerdo ajeno irrumpió en su mente con la fuerza de una ola caliente.
◆◆◆
Ella, sobre la mesa de piedra, el cuerpo arqueado, la respiración entrecortada. El frío de la roca contrastaba con el calor de su piel. Su pecho subía y bajaba, expuesto, tembloroso.
Ezryn, inclinado sobre ella, los colmillos al descubierto, los ojos inyectados de necesidad. El temblor en su voz era imposible de esconder.
—Perdóname... pero necesito recordarte.
El roce de sus labios. El mordisco. Fue anhelo. Una presión lenta, reverente, como si al marcarla pudiera detener el tiempo.
Un latido. Un ancla. Un pacto sellado con deseo y desesperación.
Y luego, oscuridad.
◆◆◆
El mundo volvió a girar, pero ya no hablaba su idioma.
Serenya jadeó. La imagen se desvaneció, pero el calor quedó.
El vínculo. Llevó una mano temblorosa a su pecho, sobre la marca que ardía como un segundo corazón, latiendo con una promesa que ni siquiera el tiempo había podido quebrar.
No era solo una cicatriz. Era un eco de algo invencible. De algo que jamás podría negarse
—Fuiste tú… —susurró en la mente de él.
Ezryn apartó la mirada. Sus hombros estaban tensos. El hechizo de seducción había desaparecido. Lo que quedaba era más crudo. Más real.
—No fue para poseerte. — Las palabras temblaban por lo que callaban—. Fue para no olvidarte. Para recordarme quién era… antes de perderme por completo sin ti. —Clavó sus ojos en los de ella, intensos, húmedos—. Fue mi forma de quedarme contigo… incluso cuando el mundo me obligaba a soltarte .
La conversación en la mesa continuó como si nada hubiera ocurrido. Las palabras sobre clanes, amenazas, alianzas, se perdían en un fondo borroso. Nadie más había notado el intercambio. Pero Serenya lo sentía vibrar en la piel, en el alma.
Y en su interior, algo nuevo despertaba. Algo que dolía y ardía al mismo tiempo. La certeza de que ese recuerdo no era pasado. Era comienzo.
La voz de Caelan retumbó a lo lejos, atrayéndola a la mesa al instante.
—Los clanes están llegando —dijo con la mirada clavada en Serenya, deteniéndose en ese extraño rubor que cubría sus mejillas, su cuello e, incluso, su escote.
Ezryn, a su lado, la observaba en silencio. Su energía era eléctrica, saturando el ambiente con su presencia y desnudándola con la mirada. Su mente se enredaba en las palabras que él no pronunciaba, en los gestos pequeños que solo ella podía captar.