La llama no escrita (Lux Mortem 1) 33. Ecos en la oscuridad
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33. Ecos en la oscuridad

L a luz del amanecer rozaba los muros cuando un suave golpeteo interrumpió el silencio. Serenya no respondió. Sentada en el suelo, envuelta en una manta,  aún atrapada en la espiral de la noche anterior.

La puerta se abrió un poco, con cautela.

—¿Se puede? —La voz de Mirel era baja, casi un susurro.

La mujer entró despacio, pero se detuvo en seco al ver el hombro desnudo asomar bajo la manta.

—¿Estás desnuda? —espetó—. ¡Por todos los cielos, Serenya!

Antes de que pudiera replicar, Lioran apareció tras ella, sosteniendo una taza humeante.

—Mirel —dijo con la calma habitual, como si fuera lo más natural del mundo.

Ella giró la cabeza con expresión de espanto.

—¡Ay, por el amor de la sombra! —exclamó, cerrando la puerta—. ¡Esto no es apropiado! ¿Has perdido el juicio? —preguntó en voz baja—. Si cualquiera de los generales te ve aquí a estas horas, te cuelga de la muralla. Y no por las manos, precisamente.

Lioran, imperturbable, ladeó la cabeza y dio un sorbo al café.

—Si fuese por Ezryn, haría que fuera lento. Y teatral. Seguro incluiría un discurso —replicó con sarcasmo—. Seguro valdría la pena.

Mirel lo fulminó con la mirada, pero ya no insistió. Su atención se desvió hacia Serenya, que seguía envuelta en una manta, con la mirada extraviada y los hombros tensos.

—Pareces una flor marchita en un jarrón equivocado —murmuró, acercándose—. Y no me mires así, que sabes que tengo razón.

Se agachó a su lado para acomodarle la manta con suavidad. Serenya no protestó.

—No podía dormir —susurró.

—Dormir es para quienes no tienen grietas encendidas bajo la piel —dijo Mirel con un intento de ternura áspera—. Vamos, tienes que vestirte. Y tú…—dijo, señalando a Lioran con firmeza—, tienes que irte. Ahora.

—Oh, vamos —replicó, sin moverse—. Prometo no mirar… demasiado.

Mirel abrió la boca, lista para lanzarle algo más afilado que un reproche, pero Serenya, sin decir palabra, alzó una mano.

Las sombras de la habitación obedecieron al instante. Se alzaron desde el suelo, ondulantes, y formaron una cortina negra y etérea, un biombo improvisado, un suspiro materializado.

La mujer parpadeó. Lioran sonrió, satisfecho.

—Siempre supe que tus hechizos serían más elegantes que los míos —dijo suavemente.

—Déjanos un momento —ordenó Mirel con firmeza, cruzando tras la barrera para ayudarla a vestirse—. Y ni se te ocurra asomarte.

—Ni una grieta —juró él, teatral.

El biombo tembló como si entendiera el tono.

Cuando terminaron, Serenya apareció al otro lado ya vestida, aún pálida, pero erguida. Lioran, sin más comentarios, le tendió la taza. Cuando sus dedos rozaron los de ella, su voz se deslizó con la gravedad de una confidencia.

—Caliente. Amargo. Honesto. Como yo.

Serenya soltó una sonrisa rota, pequeña .

—Gracias.

—No leas nada que te quite más de lo que ya te dio —añadió Lioran y sin esperar más, se volvió hacia la puerta.

Cuando ambos se marcharon, la habitación quedó en silencio. No se movió. El vapor del café aún flotaba en el aire, pero sus manos permanecían quietas, cerradas en torno a la taza como si fuera un ancla.

Aún le ardía el recuerdo de Caelan. La oscuridad envolvente. El roce. Y el dolor mudo en los ojos de Ezryn, imposible de borrar.

«Esa frase ya la escuché antes, y no fue cierta».

Su confesión, profunda y cargada de emociones, resonaba en su mente, añadiendo más peso a la confusión que la oprimía. Se desplomó hacia atrás, sin aflojar un solo músculo, como si incluso el descanso doliera. La fatiga la alcanzaba, pero no podía rendirse mientras no tuviera respuestas.

El aire parecía cargado de pesadez, como si una presencia invisible acechara sus pensamientos. La grieta latía en su interior, con un pulso propio. Su alma ya no era del todo suya. Algo antiguo la habitaba desde dentro.

Había estado buscando durante semanas, revisando los textos esparcidos sobre su mesa, pero las respuestas estaban siempre al alcance y, sin embargo, inalcanzables

« Si otro tomo dice ‘la grieta es una herida que canta’, voy a prenderle fuego con mi magia y servirme un vino » .

Suspiró y abrió uno de los libros.

El título era uno más de los muchos que había leído, pero cada palabra la desconcertaba más que la anterior.

La historia hablaba de la grieta, pero no como algo distante.

No. Aquí, la grieta se sentía cercana, como si estuviera en el mismo aire que respiraba, como si se hubiera despertado dentro de ella.

¿Por qué? No lo entendía. Su mente luchaba por aceptar lo que su cuerpo ya sabía: algo en su interior había encendido ese poder, esa fuerza destructiva.

Algo en su alma había despertado la grieta. Pero, ¿cómo? ¿Por qué?

El texto era más político que poético. No hablaba de sentimientos, sino de consecuencias.

La grieta no era solo un desastre mágico: era la excusa perfecta para invadir territorios, romper tratados y legitimar traiciones.

La historia la había convertido en una mancha, una aberración.

Y ahora que despertaba en ella, los reinos harían lo mismo.

No verían a Serenya. Verían poder desbordado.

Y lo que se desborda, se controla… o se destruye.

A medida que sus ojos recorrían las páginas, la historia de la guerra se desplegaba ante ella con la frialdad de los hechos.

Dos linajes enfrentados, una lucha imparable que arrasó con todo a su paso y en el centro de ese conflicto, una mujer.

La mujer que había desatado la catástrofe, la causa del sufrimiento que había marcado a ambos reinos.

Pero lo que más la desconcertaba no era solo la magnitud de la tragedia, sino la manera en que la mujer era tratada en los relatos: su identidad siempre tachada, maldita, perdida en las sombras.

Ningún libro la mencionaba por su nombre.

Las palabras que hablaban de ella estaban desdibujadas, inacabadas, como si la historia misma se negara a revelarla.

Apretó el libro entre sus manos. ¿Por qué estaba tan obsesionada con esa figura conectada a la grieta?

Había algo en ella… algo que no podía explicar. Cada palabra le resultaba inquietantemente familiar, como si ya la hubiera conocido, o peor: soñado más de una vez. No recordaba los detalles, pero el nombre Kael la perseguía, un eco ignorado en su mente.

Esa mujer, la causa de una guerra… pero ¿qué relación tenía ella con todo eso?

La guerra había comenzado siglos atrás. ¿Cómo podía la grieta tener algo que ver con ella?

No era solo el poder en su interior lo que la hacía sentirse atrapada en esa historia.

Era el hecho de que la grieta la había despertado.

De alguna manera, estaba conectada con esa mujer, con el caos que desató, pero aún no podía ver el hilo que unía su destino con el suyo.

La sensación de estar al borde de una verdad que no podía comprender la atormentaba.

Esa fuerza antigua y destructiva no era solo un vestigio del pasado: vivía dentro de ella.

De alguna manera, había sido elegida para llevar la carga de ese poder, sin entender por qué ni cómo.

Era como si, al entrar en contacto con ese poder, hubiera desbloqueado algo más profundo, algo más oscuro.

Y mientras leía sobre los linajes enfrentados, sobre los hombres que se habían amado y destruido, sobre la guerra que nunca terminó, su mente dio un salto.

Aquella mujer… ¿Era posible? Su corazón latió con fuerza, una idea que hasta entonces había rechazado comenzó a tomar forma en su interior.

Sintió una presión en su pecho, como si la grieta se hubiera aferrado más fuerte a su alma. Ya no era lectora de esa historia. Era parte de ella. Y no sabía si quería escapar… o recordarla entera.

Dejó caer el libro sobre la mesa, su mente girando. Una duda persistente la atravesó como una aguja afilada. «¿Cómo encajo yo en todo esto?»

Con una sensación de frustración, se levantó, dispuesta a continuar buscando respuestas.

Entre los libros dispersos sobre su mesa, uno llamó su atención.

No era un texto cualquiera. La portada parecía diferente a todo lo que había visto hasta ese momento.

Con cautela, lo tomó entre sus manos. Al abrirlo, notó que era un diario, escrito en primera persona.

La letra, pequeña, pero decidida, parecía sacada de la mente de alguien que vivió aquella guerra.

El autor no revelaba su nombre. Pero había en sus palabras un tono oscuro... familiar.

Al principio, la historia parecía no tener nada que ver con la guerra.

Se trataba de la descripción de una mujer.

Sus cabellos que llegaban hasta la cintura, largos y ondeados, con un color tostado que brillaba dorado al sol.

Unos ojos rasgados de un color azul, casi violeta.

Una belleza desconcertante que parecía haberle quitado la respiración al autor.

Continuaba describiendo el momento en que la vio por primera vez, cómo la contempló a la distancia y cuando, finalmente, la conoció, en medio de un baile.

A medida que avanzaba en las páginas, quedó claro que el autor del diario, un hombre cuyo nombre no se revelaba, narraba los detalles de la mujer que había desatado la lucha.

Su poder, su belleza, su presencia… Y entonces, en medio de la oscuridad de la narrativa, apareció el nombre.

Serenya Kael.

Cerró los ojos un instante, presionando los dedos contra las sienes. El nombre flotaba frente a ella como una maldición olvidada.

Serenya Kael.

¿Cuántas veces había sentido que su alma no le pertenecía del todo? ¿Cuántas veces se había despertado con el nombre atascado entre sus costillas, sin saber por qué dolía tanto?

Era su nombre, sí, pero también era el nombre de una leyenda silenciada. De un castigo ancestral. De un espejo roto en el que no podía dejar de mirarse.

Cayó de rodillas junto a la cama, incapaz de contener el temblor que la desgarraba desde dentro.

¿Había leído bien? ¿Su mismo nombre? ¿Ese era el nombre prohibido que todos los registros evitaban? ¿El que aparecía tachado, silenciado, borrado de cada texto anterior?

Comprendía por qué nadie lo pronunciaba. Por qué todos la miraban como si fuera una advertencia.

Serenya Kael había desatado la grieta. Y ella estaba allí. Más de dos siglos después. Despertándola.

Recordó una voz. Lejana. Suave. Dolorosa.

«Tu nombre es más que eso. Es un reclamo. Una promesa».

Pensó en Caelan, en esa sensación de que había algo más entre ellos.

«¿Fue Caelan quien dejó este diario aquí? ¿Quería que lo leyera, que descubriera esta conexión que apenas empiezo a comprender?»

Una extraña sensación de inquietud se instaló en su mente. No podía ignorar la idea de que él había puesto ese libro en su camino a propósito.

Al seguir leyendo, el diario continuaba describiendo las emociones del hombre que lo escribía.

Sus palabras cargadas de dolor y deseo, la lucha interna, el amor que había sentido por Serenya...

Todo se entrelazaba con la historia de la grieta, de la que tanto había oído hablar, pero con una intensidad emocional que la hacía sentir como si estuviera experimentando todo desde dentro.

Sintió que la magia, esa que la abrumaba cada vez que estaba cerca de él, empezaba a resonar con más fuerza en su cuerpo. Las sombras que había manipulado, la ardiente marca en su piel cuando él estuvo cerca... Todo parecía cobrar sentido.

El entorno se cargó de una energía oscura.

La conexión que había percibido, el poder que había estado despertando en su interior, todo eso se reflejaba en las palabras de este hombre en el diario.

Sintió el peso de la historia, la forma en que el pasado de los hombres había arrastrado a la mujer en la que, inexplicablemente, comenzaba a reconocerse.

Un golpe suave en la puerta la interrumpió. Serenya levantó la vista, sorprendida por la presencia de un sirviente que entró con una bandeja en sus manos:

—El príncipe Maldrick lo envió, milady —dijo el sirviente con una mueca de incomodidad en el rostro—. Una invitación a cenar esta noche, los tres juntos. Una oportunidad para hablar.

Tardó en reaccionar, la tensión en su pecho aumentaba.

—¿Ezryn? —preguntó con voz baja, sin poder evitarlo.

El sirviente asintió.

—Sí, milady . Ha dispuesto una cena para discutir... asuntos importantes.

Se quedó quieta. Escuchar su nombre en boca de otro —después de todo lo que acababa de descubrir— la sacudió más de lo que habría querido admitir.

Su voz la convocaba desde el centro mismo de esa red que seguía creciendo sin control, sabiendo —o tal vez aceptando— que su mundo acababa de romperse... y aun así la quería frente a él.

¿Por qué después de haber sentido su rechazo, su furia, su dolor? ¿Qué quería de ella esta vez?

Su pecho se apretó. No estaba lista. Pero iría igual.

Cuando el sirviente salió de la habitación, quedó sola de nuevo.

Su mente estaba llena de pensamientos, pero había algo más en su corazón, algo que comenzaba a aterrizar en su interior: las piezas de la historia, la grieta, Serenya Kael, Caelan Virel y Ezryn Maldrick.

Todo se entrelazaba. Cada paso que daba parecía acercarla más a una verdad que no estaba dispuesta a aceptar.

Sabía que cruzar esa puerta no solo cambiaría su historia: cambiaría su alma.

Sobre la bandeja, justo al lado de la nota, había algo más.

Un pequeño estuche de cuero, discreto, sin marcas.

Serenya lo abrió con cuidado y su pulso se agitó al ver lo que había dentro: un brazalete de cuero oscuro, casi negro, con un broche plateado. Similar al que había visto en la muñeca de Ezryn días atrás.

Lo tocó con la yema de los dedos. El cuero ardió leve al contacto. No solo la reconocía. La reclamaba. Como él.

Un puente silencioso entre ambos. No sabía si era un regalo. Un gesto. O una advertencia.

La habitación contuvo el aliento. El silencio, denso y expectante, parecía susurrar que aquello no era un simple gesto. Era una elección. Y quizás, un pacto.

Sentía el peso del cuero en la palma, como si el brazalete la estuviera evaluando también, esperando. A veces, lo más peligroso no era el vínculo. Era elegir abrirlo.

Su mano temblaba. Durante un instante, pensó en dejarlo sobre la mesa, en negarse. Sin embargo, el anhelo que latía en su pecho era más fuerte que el miedo. Lo ajustó con un suspiro que no logró contener. El cuero envolvió su muñeca como una promesa muda.

Miró el vestido sobre la cama, el que usaría esa noche. No sabía si iba a una cena o a su propio juicio. Pero una cosa era cierta: después de esa mesa, ya no volvería a ser la misma. Y quizá, lo que surgiera de ella esa noche... ya no sería Serenya Kael. Sino algo mucho más antiguo.

Y mucho más letal.