La llama no escrita (Lux Mortem 1) 32. Donde nada pesa
42%

32. Donde nada pesa

L a puerta se cerró con un chasquido suave.

Serenya apoyó la espalda en la madera y, por un instante, no se movió.

El silencio de su habitación era distinto al del Bastión.

No pesaban las miradas, ni los nombres, ni los recuerdos.

Solo la respiración. El leve temblor en los dedos.

El eco de la oscuridad que no la había devorado, sino obedecido.

Se descalzó sin pensar, dejando caer las botas al suelo de piedra. Luego la túnica, la camisa…  Caminó hacia la palangana de cobre. Hundió las manos. El agua seguía tibia. Se lavó los brazos, los hombros, el cuello.

La marca bajo su clavícula ardía con un calor tenue. Como si aún recordara el roce. Como si no quisiera apagarse del todo.

«Basta» no fue un mandato, sino una súplica silenciosa, dirigida a sí misma, a la marca, o quizás a un recuerdo que no quería nombrar.

Abrió la pequeña ventana de madera. La noche se había despejado. Las estrellas, distantes y nítidas, parecían observar sin juicio. Serenya las miró un largo rato, dejando que el aire helado le enfriara la piel.

Luego, alzó la mano.

Solo por curiosidad. Solo para ver si aún respondía.

Una pequeña chispa de magia nació entre sus dedos. Azul pálido. Inofensiva. Jugó con ella. Le dio forma de esfera, de flor, de llama que no quemaba. Respiró hondo. Por primera vez en días, su poder no la asustó.

Sobre la mesa, recogió una pluma suelta.

La hizo levitar. Luego otra. Dos. Cinco.

Diez. Comenzaron a girar alrededor de ella, lentas y suaves.

Como copos de nieve atrapados en una corriente invisible.

Sonrió. No porque fuera divertido, sino porque era suyo .

Porque, por un instante, la magia no era recuerdo de guerra ni preludio de posesión.

Era una danza.

Sopló y las plumas flotaron en direcciones distintas. Dejó que una burbuja de aire naciera en el centro de la palma. La hizo crecer. Girar. Estallar en silencio.

Siguió así un rato, sin pensar, solo respirando.

Cuando apagó la última chispa, su pecho seguía agitado, pero no por miedo. Por alivio.

Se envolvió en una manta, aún desnuda, y se sentó junto a la ventana abierta. Afuera, el Bastión dormía. Adentro, por fin, también empezaba a hacerlo.

Entonces, una imagen la rozó por dentro, tan fugaz que no supo si era sueño o memoria.

◆◆◆

Un salón lleno de luces y murmullos. Música de cuerda, copas, sonrisas ensayadas. Ella estaba de pie, en un vestido demasiado ajustado, con los pies atrapados en unos zapatos que dolían más que cualquier palabra dicha esa noche. Sonreía porque debía hacerlo, porque era lo que se esperaba de ella.

Y entre la multitud, una sombra se acercó sin anunciarse, como si el ruido no lo tocara.

—Si duele, puedes quitártelos —murmuró, lo bastante bajo para que solo ella lo oyera—. Nadie mira el suelo cuando cree tener poder.

Lo miró, sin entender del todo.

—No puedo —susurró.

Él bajó la vista, con una sonrisa pequeña, casi triste.

—Entonces al menos recuerda que podrías. —Hizo una pausa—. A veces, eso basta.

No se marchó de inmediato. Solo esperó hasta verla sonreír de verdad, una sola vez, aunque fuera por sorpresa.

En ese instante, ella sintió —por primera vez en mucho tiempo— que alguien la había visto sin pedirle nada a cambio.

◆◆◆

La imagen se disolvió. No quedó su rostro. Solo el eco de una voz joven diciendo algo que nadie más habría notado.

No soñó con sombras, ni con nombres. Solo con un cielo en calma. Y una luz que aún no tenía forma.