29. Donde no llegan las sombras
S erenya salió de su habitación sin abrigo, con pasos que sabían a destino.
El olor a brasas y cuero húmedo la golpeó en el corredor.
El Bastión se sentía más denso que nunca, cargado de un murmullo subterráneo: pasos que no se cruzaban con los suyos, risas lejanas que no la nombraban, puertas que se cerraban demasiado pronto.
La penumbra teñía los márgenes de las antorchas con un cobre suave, como si el día se negara a morir por completo.
Torció hacia la galería este, en dirección a sus aposentos.
Pero entonces, se detuvo. Una nota solitaria quebró el aire.
No era una melodía reconocible, sino una cuerda tensa vibrando en el borde del mundo.
Vulnerable. El sonido le recorrió la columna como una línea de fuego, erizándole la piel antes de entender qué sentía.
Avanzó, por pura necesidad. Siguió el hilo sonoro a través de un corredor olvidado, descendente, donde la piedra olía a ceniza y a vino derramado.
Los soldados Umbrae se reunían allí, lejos de ojos nobles, entre braseros bajos y vasos sin protocolo.
Esa noche, todo estaba envuelto en un silencio inusual.
Nadie la detuvo. Las sombras parecían apartarse a su paso, por puro instinto.
Un respeto callado. Un umbral que no se debía cruzar .
Se ocultó tras una columna. El sonido venía de allí.
Sentado sobre un banco de piedra, estaba él.
Solo. El torso envuelto en una camisa negra, las mangas arremangadas, las venas marcadas en los antebrazos.
Los ojos cerrados en concentración o trance.
En sus manos, un evaran : cuerdas oscuras, madera antigua, afinación Umbrae.
Su sonido era áspero y profundo, con un timbre que oscilaba entre lo grave y lo metálico, como un laúd forjado en sombra.
Cada nota parecía arrastrar consigo la memoria de algo roto.
No tocaba para entretener. Tocaba para sí mismo.
Los soldados lo rodeaban. Algunos bebían. Otros intercambiaban miradas, evaluando si debían hablar o callar.
Sus dedos se movían con una precisión casi dura, sin ornamentos. Como si esculpiera la música en piedra. Cada nota era una herida contenida.
Sin advertencia, una imagen se encendió en su memoria.
◆◆◆
Una tarde. Un claro entre árboles. Caelan, más joven, sin armadura, apoyado contra un tronco, tarareándole una melodía baja.
Ella, tumbada en el suelo, con la cabeza en su regazo, escuchando.
El sol filtrándose entre las hojas. Su voz rasposa, un murmullo cerca de su oído.
No tocaba un instrumento, pero la melodía era la misma. La misma cadencia. La misma herida.
◆◆◆
Tragó saliva. La melodía seguía fluyendo, como un río oscuro en la noche. Cada nota buscaba algo que no podía decirse en voz alta.
Uno de los soldados, con la voz empapada en licor, alzó la copa.
—¡Toque como aquella vez, capitán! ¡La noche de la Vigilia!
Caelan no respondió, pero sus dedos cambiaron de ritmo. Lo que vino después no fue una canción. Fue un lamento. Algo que vibraba demasiado cerca del hueso.
—¿Es eso…? —susurró un joven.
—El canto de la casa Virel —contestó otro. Bajo. Como si nombrarlo fuera romperlo.
No era un canto de gloria. Era piedra y sombra. Era guerra lenta. Juramentos rotos. La última nota no terminó. Se apagó.
Soltó el instrumento con una reverencia muda. No miró a nadie, ni esperó nada. Serenya no pudo apartar sus ojos de él. Del hombre que, por un instante, había tocado su alma en vez de su espada.
Lo observó con el anhelo que no se dice en voz alta. La línea de su mandíbula, la tensión de sus brazos, la forma en que se inclinaba sobre el instrumento como si confiara más en él que en cualquier otra cosa en el mundo.
Ese Caelan seguía vibrando en algún rincón de su memoria. Y su cuerpo… lo sabía antes que ella. Por un instante fugaz —una grieta en la noche—, lo recordó como aquel que la hizo sonreír sin palabras. Que cantó solo para ella bajo un cielo sin testigos.
Ese Caelan aún vivía. Y ella… aún lo sentía.
El sonido ya se había desvanecido, pero en su pecho seguía vibrando. Serenya descendió por un pasillo lateral, sin rumbo fijo. No podía ir en búsqueda de respuestas. No así, no con el alma en carne viva.
Sus pasos la llevaron, sin saber cómo, hacia las cuadras. Allí donde el calor de los cuerpos vivos, de la madera húmeda, del heno y la respiración acompasada, podía recordarle que el mundo seguía girando.
Fara la reconoció antes de que cruzara la puerta. Resopló bajo la tenue luz de la lámpara, sacudiendo la crin como si también necesitara decir algo. Serenya se acercó sin palabras, apoyó la frente contra su cuello tibio, y se permitió callar.
Su respiración se igualó a la del animal. Una. Dos. Tres veces .
No pensaba en él, pero no podía dejar de sentirlo. El sonido del evaran aún le rozaba las costillas, una nota suspendida en el pecho.
Recordó un atardecer imposible, un tronco, una canción. ¿Lo había soñado? No importaba.
Acarició a Fara detrás de las orejas, sabiendo que no obtendría respuesta, pero agradecida por su quietud.
—¿También lo oíste? —murmuró.
Fara se agitó levemente. Serenya sonrió, sin saber por qué.
Entonces sí. Respiró hondo. Se irguió.
Y caminó hacia su puerta. El crujido de la madera bajo sus botas marcaba el compás. La música seguía allí, hundida en la carne, vibrando en cada paso.