30. Ecos sin forma
L a calidez de Fara aún le recorría las palmas cuando Serenya retomó el camino. El murmullo del evaran seguía en su pecho. No lo entendía, pero lo sentía. Y esa sensación —tan antigua, tan íntima— había desatado preguntas que ya no podía seguir aplazando.
Y solo una persona podía ayudarla a ordenarlas. Él era el único con quien podía hablar sin sentir que sus palabras serían interpretadas como una amenaza o un peso.
Con determinación, caminó hacia la puerta de sus aposentos. Unos suaves golpes hicieron eco en el pasillo, y segundos después él apareció en el umbral, siempre tan imponente y sereno.
—Serenya, ¿qué te trae por aquí? —Su mirada se suavizó, pero sus ojos seguían alertas, siempre buscando leer las intenciones de quienes le rodeaban.
—Necesito hablar —dijo ella, con un suspiro que revelaba tanto la tensión como el cansancio emocional que la embargaba.
Lioran la hizo pasar y, sin más palabras, la guió hacia un rincón tranquilo, lejos de la conmoción del día.
«¿Cómo lo explico?»
Lo miró, buscando cómo ordenar sus pensamientos, pero las emociones seguían revueltas.
—He estado pensando mucho en mi pasado. Sobre todo lo que me han contado, sobre lo que he visto... —Su voz vaciló, pero ella lo compensó con una mirada decidida—. Mi linaje... ¿De qué se trata realmente? ¿Por qué siento que hay algo más grande en juego? ¿Por qué nadie me contó esto antes?
Él la observó en silencio, como si esperara que la respuesta fuera algo que ella misma pudiera encontrar. Pero no lo hizo. Se sentó a su lado y, tras un largo suspiro, comenzó a hablar con calma.
—Porque la verdad pesa, Serenya. Y no todos están preparados para cargar con ella.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—No me trates como a una niña. Necesito saberlo.
Lioran esbozó una sonrisa, un gesto tan fugaz que podría haber sido parte de su propia imaginación.
—Lo que necesitas saber y lo que estás lista para aceptar son cosas distintas.
—Eso no responde a mi pregunta —replicó ella, con un destello de frustración palpable en la voz—. ¿Por qué no me ayudas? Si lo sabes... Si siempre lo has sabido... ¿Por qué me dejas vagar a ciegas?
Su rostro no cambió, pero sus ojos se clavaron en los de ella, midiendo cada palabra antes de soltarla.
—Porque no soy yo quien debe guiarte. Yo solo soy el guardián de una historia escrita hace siglos. Pero tú... —Suspiró, antes de murmurar—. Tú eres la que tiene el poder de reescribirla.
Serenya frunció el ceño, sin comprender del todo.
—Pero... si todo esto tiene que ver con los Kael, los Umbrae, los Sangreth... No puedo evitar sentir que hay algo más en juego, algo que ni siquiera entiendo.
Se inclinó ligeramente hacia ella, tratando de transmitirle una certeza que sabía que necesitaba.
—Lo hay. Pero ese algo más es algo que solo tú puedes descubrir. Kael, Umbrae y Sangreth son piezas de un rompecabezas que aún no has armado. No busques todas las respuestas en los libros o en mí. Algunas verdades solo se revelan cuando se enfrentan.
Serenya asintió lentamente, aunque aún sentía una incertidumbre palpable en su pecho.
—¿Y Caelan y Ezryn? —preguntó en voz baja, casi como si los nombres de ambos tuvieran un peso propio.
Lioran parecía saber lo que estaba preguntando sin necesidad de explicarlo.
—Ellos son parte de tu camino, sí, pero no puedes dejar que su destino se cruce con el tuyo sin saber quién eres realmente. No los mires como un ancla, ni como un faro. No son tu salvación, Serenya. Y tú tampoco eres la suya.
«Es difícil encontrar mi propio camino cuando todos hablan como si supieran cuál es».
No era sencillo deshacerse de lo que sentía por ellos. Y eso la enfurecía porque no lo había elegido.
Antes de que hablara, una figura apareció en la entrada.
Su sola presencia cambió el aire: la temperatura descendió y la magia de Serenya —silenciosa, contenida— respondió como si reconociera un peligro antiguo.
El pulso se le aceleró; un cosquilleo eléctrico le recorrió la piel, como si la energía en la habitación se hubiera cargado de chispas.
Sus ojos se encontraron, y aunque él sonrió con su típica arrogancia, había algo distinto esta vez. Algo más oscuro. Más humano. Serenya supo, sin entender del todo cómo, que él había sentido lo mismo.
— Dulzura... —Su tono era bajo, aterciopelado, pero cargado—. Dime que no he interrumpido nada... relevante.
La forma en que sus ojos oscilaron entre ambos hizo evidente lo que estaba insinuando. Entrecerró los párpados y sus labios se estiraron en una línea tensa, sin rastro de sonrisa. Por un instante, algo quebró su máscara de indiferencia. Algo primario. Posesivo.
Serenya sintió un estremecimiento recorrer su columna. No era la primera vez que lo veía temblar bajo la máscara. Pero sí la primera que quiso consolarlo en vez de defenderse. Se levantó lentamente, pero su corazón latía con fuerza contra su pecho.
— No es lo que piensas —dijo, con una exhalación. Pero la mirada de Ezryn no se suavizó. Se clavó en ella con una mezcla de escepticismo y algo más... algo que dolía ver en sus ojos.
— ¿No es lo que pienso? —repitió, su tono ligero, pero envenenado—. Ah, claro. Solo estabas teniendo una charla íntima, en la penumbra, en la cama, con Lioran. Debería haberlo supuesto.
Su burla no enmascaraba del todo el filo de sus palabras. Serenya frunció el ceño, dando un paso hacia él. No quería que esa conversación se convirtiera en un combate, pero tampoco iba a dejar que Ezryn dictara cómo debía moverse.
— Buscaba respuestas. Y Lioran me las ha dado.
El nombrado se encogió de hombros, como si no entendiera por qué eso debía parecer escandaloso.
—¿Sabes que la mayoría de la gente no sobrevive ni dos días aquí? —le dijo a Ezryn con fingida inocencia—. Y ella llega descalza, cubierta de polvo y con cara de que todo el mundo le debe algo. Me cae bien.
Ezryn soltó un suspiro, pasándose una mano por el cabello en un gesto de frustración.
Por un instante, pareció dudar. Sus dedos se deslizaron hasta el brazalete que siempre llevaba en la muñeca, ese que nunca se quitaba desde la guerra.
Su expresión cambió levemente. Como si estuviera debatiéndose entre decir algo o no.
Finalmente, se acercó a ella. No con su andar relajado de siempre, sino con algo más vacilante. Más humano.
—Podrías haber venido a mí.
Por un instante, su mirada se suavizó. Un roce de vulnerabilidad cruzó su rostro antes de que lo enterrara bajo su fachada de costumbre.
Serenya sintió que el aire cambiaba entre ellos. Estaba tan cerca que podía percibir su calor, la tensión vibrando entre ambos. No podía dejarlo así.
Sin pensarlo, dejó que sus pensamientos fluyeran hacia él, adentrándose en su mente con una facilidad inquietante.
Pero antes de hacerlo, titubeó. Abrir su mente era abrir una herida nueva, exponer el corazón a otra más profunda.
Aun así, la necesidad de alcanzarlo, de no perder ese frágil hilo entre ellos, pudo más que su miedo.
—Confía en mí.
Ezryn parpadeó. Por un instante, su expresión se congeló. Luego, una chispa de reconocimiento y algo parecido al dolor cruzó su rostro. Su respuesta llegó en su mente como un latigazo.
—Ya he oído eso antes. Y en su momento fue una gran mentira.
Serenya sintió un nudo apretarse en su pecho. « ¿Quién lo había herido así? » No tuvo tiempo de responder. La voz de Lioran atravesó el momento.
—Vaya, qué revelador —musitó, cruzándose de brazos con una expresión de serena superioridad—. Este pequeño arrebato solo confirma lo que te dije, Ezryn. Tú lo sientes. Lo has sentido desde el primer momento. No puedes seguir fingiendo que no.
Ezryn se giró hacia él con furia contenida en su mirada, pero no encontró burla en los ojos de su amigo.
Solo certeza. Y eso lo hizo apretar los dientes con frustración.
Entre ambos, su mundo se tambaleó. No solo por la tensión latente, sino porque Lioran tenía razón.
Ezryn estaba perdiendo el control. Y eso solo significaba una cosa.
Ella le importaba.
Y aun así, cuando la puerta se cerró tras él, el silencio fue más cruel que cualquier palabra no dicha. Serenya se quedó quieta, el pecho aún agitado. Se llevó una mano a la marca bajo la clavícula: no dolía, pero ardía, como si alguien hubiese encendido un fuego antiguo justo bajo su piel.
No podía nombrarlo. Pero lo sentía. Ezryn la había tocado sin hacerlo, y lo que había despertado en ella… no se apagaría tan fácilmente .
E n Varethia, las llamas del brasero se estremecieron. Una copa de vino cayó —o no— y se hizo añicos sobre el mármol negro.
La Reina de los Umbrae, envuelta en seda escarlata y veneno contenido, contemplaba el mensaje.
No alzó la voz. Ni llamó a su Consejo. Solo pronunció una palabra:
—Kael.
Como si el nombre mismo llevara consigo el sonido de antiguas ejecuciones.
No sonrió. No se inmutó. Pero sus ojos, oscuros como la tinta de pactos rotos, se clavaron en el vacío como si ya supiera a quién tendría que traicionar.
—Prepara todo. Partimos mañana—proclamó en tono autoritario.