La llama no escrita (Lux Mortem 1) 28. El origen de los linajes
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28. El origen de los linajes

S erenya había dedicado los días a sumergirse en los libros que había tomado de la biblioteca del Bastión, dispersos sobre la mesa de su habitación. Las páginas susurraban en la quietud hasta volverse insoportables.

En sus manos, sostenía el volumen que Caelan le había entregado, pero a su lado había otros dos que había logrado sacar, con esfuerzo, de los estantes más alejados. Eran piezas sueltas de un rompecabezas que se negaba a completarse.

El primer libro, uno de los más antiguos, narraba la historia de los linajes. La cubierta, desgastada y casi irreconocible, contrastaba con las páginas amarillentas que aún guardaban secretos olvidados.

Serenya descubrió que los clanes surgieron de un linaje ancestral: Kael.

La historia comenzaba milenios atrás y relataba la vida de la primera Kael, una mujer cuya existencia estuvo marcada por la soledad y la sabiduría.

Su nombre era Selene Kael. Aunque bendecida por los dioses con poderes desconocidos para los mortales, su vida fue un eco de tristeza.

Viuda desde joven, nunca conoció la maternidad y vivió apartada de todos, temida por su poder.

Selene, a pesar de ser humana, nunca fue aceptada por sus pares. En su soledad, anhelaba lo imposible: la conexión con otro ser, la dicha de ser madre. Y así, una noche sin luna, cuando la oscuridad la rodeaba y la tristeza la consumía, hizo una ofrenda a los dioses.

Cortó las palmas de sus manos y dejó que su sangre cayera sobre la tierra sagrada, en el Santuario del Alba Oculta, susurrando una plegaria que pedía un hijo, una descendencia que pudiera llenar el vacío de su alma.

Mientras leía, un latido sordo reverberó en sus venas. La sangre, muda durante años, despertó con un eco ajeno que se agitó bajo su piel.

Lo que Selene no sabía era que esa descendencia sería disputada por siglos.

Que su sangre, en lugar de unir, dividiría reinos.

Los clanes surgieron como ramas rotas de su legado.

Y como ocurre con todo poder malentendido, lo convirtieron en excusa para reclamar tierras, cuerpos y nombres.

Serenya lo comprendió de golpe: era magia, sí, pero también codicia disfrazada de legado.

Parpadeó. Solo entonces notó que estaba conteniendo la respiración.

Se pasó una mano por la nuca, húmeda de sudor.

Inspiró. Espiró. Repitió tres veces, hasta que el corazón cedió.

Giró el cuello, lentamente, preparándose para la impresión que sabía estaba por venir. Enfocó la vista y continuó leyendo.

Los dioses, tocados por el dolor y el sacrificio de Selene, respondieron a su súplica.

En su vientre se gestaron dos vidas, dos mellizos que serían los fundadores de los linajes más poderosos que el mundo conocería.

Los niños nacieron con habilidades que reflejaban los opuestos de la naturaleza: uno, un maestro de las sombras; el otro, un controlador de las emociones y la sangre.

El primer mellizo fue llamado Kaelen. Su piel parecía esculpida por la misma tierra sagrada que había absorbido la sangre de su madre.

Su poder residía en las sombras. Kaelen podía desvanecerse en la oscuridad y manipularla a su antojo, un maestro de lo invisible, un guerrero que caminaba entre los mundos sin dejar huella.

A pesar de su poder y su naturaleza sobrenatural, su apariencia humana era casi perfecta, con el toque imponente de quien es capaz de dominar el mundo de las sombras sin ser visto.

El segundo mellizo, Kaelith, era completamente diferente.

Su piel era de color ámbar y sus ojos brillaban con un rojo intenso cuando la excitación o el enfado se apoderaban de él.

Su poder no residía en la oscuridad, sino en el control de las emociones y la mente humana.

Pero este poder no era lo único que lo definía.

Kaelith estaba ligado a la sangre, no por necesidad vital, sino por un antiguo vínculo de linaje.

La usaba para sellar pactos, marcar cuerpos, reclamar lo que consideraba suyo.

Su relación con ella era simbólica, ritual, casi sagrada.

Así nacieron los linajes que, con el paso de los siglos, se enfrentarían en una guerra que cambiaría el destino de todos.

Kaelen, con su dominio de las sombras, fundó el linaje Umbrae, cuyos descendientes dominarían las artes oscuras y caminarían entre la luz y la penumbra.

Mientras tanto, Kaelith, el hijo de la sangre y las emociones, dio origen al linaje Sangreth, aquellos que vivirían con la sed insaciable de poder y control sobre la mente y el alma humana.

Los dos linajes, nacidos de la misma madre, caminarían por caminos opuestos, alimentando una rivalidad que duraría generaciones. En la oscuridad de su origen, Selene Kael había sembrado la semilla de la guerra.

Se apartó del libro. La historia la abrasaba desde dentro. Caminó hasta la ventana, el cuerpo aún vibrando por lo leído. Afuera, el mundo parecía seguir igual, pero dentro de ella… algo había cambiado.

La brisa le acarició el rostro con una suavidad engañosa. Cerró los ojos por un momento y dejó que el murmullo del viento arrastrara el zumbido que aún le latía en las sienes. Bajo el olor húmedo del musgo, el mar, y la sal, percibió algo más: un rastro antiguo.

Su madre solía decir: « La sangre ordena, pero tú decides » . Y, sin embargo, ¿qué otra cosa era ella, sino una herida heredada ?

Con el pulso aún irregular, regresó al libro. Lo abrió de nuevo, esta vez con más cuidado. Las palabras ya no eran solo eso. Eran fauces dispuestas a devorarla.

Una hoja seca planeó dentro de la habitación, hasta aterrizar. Serenya la miró durante unos segundos, suspiró y continuó leyendo.

Los Umbrae, seguidores de Kaelen, eran guerreros capaces de ocultarse en la oscuridad o manipularla para su propio beneficio. Los Sangreth, descendientes de Kaelith, eran maestros de la mente, capaces de controlar las emociones y manipular las mentes de los demás.

Cerró los ojos por un momento, permitiendo que el silencio la envolviera. Su corazón latía con fuerza, golpeando su pecho con un ritmo irregular. Se abrazó a sí misma en un intento instintivo de encontrar estabilidad.

Cada palabra no solo ocupaba su mente. Se le incrustaba en los huesos. Le dolía la cabeza, un zumbido tras los ojos, y las manos le temblaban al pasar las páginas, como si el peso de esa historia la erosionara por dentro.

Y entonces, el susurro. Bajo el aliento agitado, lo oyó. No era su voz. Era más antigua. Más rota.

—Yo también ardí por lo que no debía —dijo esa voz, suave como ceniza.

No supo si venía del libro o de ella misma. Pero se clavó en su pecho, directo, inevitable, como una frase que llevaba demasiado tiempo esperando ser escuchada.

La herida vibró. El eco del nombre. La quemadura de un recuerdo que no era nuevo.

¿Y si su sangre no solo cargaba un poder? ¿Y si también cargaba una deuda?

La idea la estremeció.  Su mente bullía con preguntas: ¿era posible que el destino estuviera marcado desde antes de su nacimiento?

Cerró el libro con manos torpes y se apoyó contra el respaldo de la silla, buscando anclar su cuerpo a algo tangible. Su madre siempre le decía que el alma decidía su camino, no los nombres grabados en un árbol familiar. Pero no estaba tan segura de eso.

Por un instante, deseó que el mundo fuera solo viento y silencio.

Sentía la sangre caliente, como si esos nombres —Kaelen, Kaelith, Selene— se grabaran en sus huesos

Se llevó una mano al pecho. Luchaba con su propio cuerpo para llenar los pulmones de oxígeno. Una parte de ella quería correr. Otra quería gritar. Y la más peligrosa, la más necia, quería entender.

Recordó entonces las manos de su madre peinándola frente al espejo, cuando aún creía que el mundo podía explicarse con cuentos y constelaciones. « Tu alma no tiene dueño » , le decía. Entre libros polvorientos y linajes rotos, ¿de verdad podía sostener esa certeza?

Tragó saliva. La garganta le ardía con la sequedad de un grito que nunca llegó a salir.

Caminó en círculos, sin saber si llorar o quemar los libros. Y entonces lo supo. Solo había una persona con la que podía hablar sin sentir que se ahogaba en esa historia ajena. Una persona que no huía del peso de la verdad.

La historia de Selene y sus hijos... Algo en ella resonaba con demasiada fuerza en su interior.

¿Por qué nadie le había hablado antes de esto?

¿Por qué, a pesar de todo, una parte de ella sentía que ya conocía esta historia, como si las palabras solo estuvieran despertando memorias dormidas en lo más profundo de su ser?

Se estrujó los dedos, buscando que el dolor liberase su mente. Necesita respuestas... y las necesitaba ya.

«No puedo hacer esto sola».