27. Naevan
S erenya se calzó las botas sin hacer ruido.
Afuera, el sol aún no se decidía a aparecer.
Salió sin decir a dónde iba. Mirel tampoco preguntó.
La fortaleza se agitaba con pasos, órdenes, acero.
Pero en los establos respiraba solo el silencio.
Cruzó el umbral con los hombros relajados y las manos vacías.
No buscaba refugio, ni tampoco compañía.
Solo un instante real. Algo que no doliera.
El aire olía a heno fresco, a madera seca, a sudor animal. Ese calor denso, honesto, que envolvía el cuerpo sin exigir nada.
Fara levantó la cabeza al verla. No con alarma, sino con ese reconocimiento silencioso que solo tienen las criaturas que han estado demasiado cerca del filo. Sus ojos, más claros, menos vidriosos. Las costillas aún se marcaban bajo la piel, pero ya no temblaban. Serenya se acercó sin prisa.
El potrillo dormía a su lado, tumbado sobre un lecho de paja revuelta. Tenía las patas largas y torpes dobladas contra el pecho, las orejas caídas y el hocico hundido en el vientre tibio de su madre. Su respiración, tan liviana, parecía flotar.
Tomó un cepillo colgado de una viga y, sin hablar, comenzó a pasarlo por el lomo de Fara. Despacio. Con precisión. Deshaciendo los nudos ásperos formados durante la agonía. Cada trazo arrancaba briznas, pequeñas hojas secas.
La yegua no se quejó. Emitió un bufido leve, una exhalación agradecida, y bajó la cabeza. Cerró los ojos.
—Eres más fuerte que todos nosotros juntos —murmuró, acariciándola detrás de las orejas, donde el pelo era más corto y suave.
Las rendijas del techo dejaban entrar haces de luz pálida, que se quebraban en ángulos sobre el suelo y danzaban con el polvo suspendido. Afuera, el mundo seguía en guerra consigo mismo. Allí dentro no urgía nada.
Siguió cepillando con lentitud, sin mirar el reloj de arena que no existía.
—Me llaman monstruo —susurró, sin saber por qué—. Una anciana, en la cocina. Bruja, creo que dijo. O pensó. No sé si prefiero que me odien o que me teman.
Fara respondió con un leve movimiento de la piel bajo el cepillo. Un espasmo involuntario, o tal vez una forma de decir « yo también » .
—No sé quién soy. No sé qué quieren de mí. Caelan se esconde, Ezryn me mira como si ya me conociera... y yo solo quiero entender por qué todo duele tanto. —Se detuvo, apoyando la frente en el cuello tibio del animal—. Solo quería un sitio donde respirar.
El potrillo se movió un poco. Estaba encogido, con el hocico húmedo y las orejas ladeadas, ajeno al mundo.
Por un momento, todo lo que estaba mal fuera de esa habitación no existía.
Su pelaje parecía todavía mojado, a pesar de los días.
Gris perla en la luz, con mechones oscuros sobre el lomo.
La crin despuntaba sin forma, como una promesa recién nacida.
Las ancas flacas se sacudieron, buscando acomodo.
Uno de sus ojos se entreabrió y la miró sin miedo.
Se agachó a su lado. Le acarició el flanco, muy despacio.
—No deberías estar vivo, ¿sabes? Naciste con todo en contra. Con la muerte en la boca. Y aun así… —Sonrió—. Aquí estás.
El potrillo resopló e inclinó el hocico hacia su mano. Olía sus dedos, como si supiera que esa era la voz que lo había llamado desde dentro del vientre.
—Naevan —dijo ella, en voz baja—. Ese será tu nombre.
Movió la oreja. Fara abrió grandes los ojos, pero no protestó .
El sonido flotó. Algo en su pecho se acomodó. El nombre no era suyo. No lo había elegido. Solo lo había recordado.
Naevan.
Un susurro en la sangre. Una raíz encontrando por fin su suelo. El principio de algo. Le acarició la frente y el potrillo apoyó el hocico contra su pierna, sin fuerza. Solo calor. Solo confianza.
—Pequeño Naevan.
E n otra parte del Bastión, Ezryn alzó la cabeza en mitad de una reunión tensa con Lioran. Una vibración desconocida le recorrió el pecho. Algo lo atravesó con la delicadeza de un susurro.
Naevan .
Parpadeó. Sintió que conocía el nombre.
Lioran lo miró con una ceja arqueada.
—¿Y esa cara?
No respondió. Pero algo en su expresión se ablandó, como una cuerda que deja de tensarse al fin.
—¿Estás bien?
—Lo ha nombrado —explicó Ezryn, con voz baja, casi aturdida.
Su amigo sonrió con comprensión.
—¿Y sientes que el corazón se te fue detrás? Estás perdido, Maldrick —murmuró, divertido.
El heredero se pasó una mano por la mandíbula. No negó. No afirmó. Solo se quedó en silencio.
Y en los establos, mientras Serenya acariciaba al potrillo dormido, el nombre reverberó una vez más en su mente.
Naevan .
Mientras lo acariciaba, supo que el nombre había hecho eco en alguna parte. No estaba sola.
Alguien —en algún lugar— la había escuchado... y había respondido.