La llama no escrita (Lux Mortem 1) 26. Lo que se dice en voz baja
37%

26. Lo que se dice en voz baja

L a madrugada fue un castigo sin relojes.

Serenya no había dormido. Ni llorado. Solo había estado ahí, sentada junto a la cama, con los codos sobre las rodillas y la espalda encorvada, con un hueco en el pecho.

El camisón se pegaba a su piel sudada, le hormigueaban las piernas y los ojos parecían secos, pero ardían.

No sentía tristeza. Aún no entendía que alguien había muerto por su culpa.

Alguien que tenía nombre. Alguien que ya no respiraba porque su poder —ese que aún no comprendía— la había desbordado.

Alguna madre, en algún lugar, lloraría a su hijo.

¿Había tenido hijos? No, era demasiado joven para eso…

aunque en ese mundo el tiempo no era justo con todos.

Pensó en Ezryn y Caelan. ¿Cuántos años tenían en realidad?

La culpa la carcomía por dentro. No sabía nada de él y lo había matado. No sintió la decisión. Solo el resultado.

Un soldado. Solo eso. Y, sin embargo, lo recordaba. La expresión al levantar el arma. El gesto de desafío. El miedo en sus dedos. El impacto. El humo. El silencio. Y la mirada al caer: esa pregunta muda en sus ojos antes de apagarse. ¿Por qué yo?

Un golpe suave en la puerta no la sacó del trance. Pero se abrió igual, despacio. Era Mirel.

Traía un cuenco de agua tibia, una tela limpia, y un pañuelo doblado con esmero. No necesitaba más. Se acercó sin emitir juicio, sin arrastrar pena ni consuelo. Solo presencia.

—¿Te duele algo? —preguntó, arrodillándose frente a ella.

—Todo —murmuró Serenya—. Pero no sé si por dentro o por fuera.

Mirel humedeció la tela y le limpió las manos con movimientos lentos, como si acariciara en vez de lavar. Las uñas de Serenya estaban manchadas de sangre seca. No era suya. Ya no salía del todo.

—Era un niño —dijo, sin tono—. Solo un gesto de hombre. Y yo… —La voz se quebró. No en sollozo. En algo peor—. Yo lo maté.

Su estómago se contrajo de golpe. Una náusea espesa le trepó por la garganta. Se llevó una mano a la boca, se inclinó hacia un lado y vomitó sobre el suelo. No fue solo bilis. Fue rabia, miedo, el cuerpo vaciándose de algo que no podía nombrar.

Mirel no se apartó. Solo sostuvo su cabello, en silencio, con la misma dignidad con la que se sostiene una antorcha bajo la lluvia.

—También mi madre mató una vez —dijo, como quien confiesa una receta familiar—.

Fue un animal. Un caballo que se desbocó y pisó a mi hermana.

Lo mató sin pensarlo. Por rabia. Por miedo.

Y luego lloró. Pero no por el caballo. Lloró porque ya no era la misma mujer.

Después de eso, nunca volvió a usar la voz para gritar. Solo para cantar.

Bajó la vista. El agua del cuenco temblaba. La sangre no salía del todo.

—No sabía que podía hacer eso. Que el cuerpo podía… responder solo. Sin permiso. Sin control.

—La magia antigua no obedece —dijo Mirel, tomándole una mano entre las suyas—. Solo espera. Y cuando encuentra grieta, entra. Y cuando entra… hace lo que debe. Aunque duela. Aunque destruya.

Le acarició el pelo.

—Pero él no lo merecía .

—No.

—Yo tampoco.

—Algunas heridas no se cierran. Pero aprenden a no sangrar todo el tiempo —dijo Mirel y la abrazó sin delicadeza.

Con los brazos de alguien que ha enterrado hermanos, hijos, aldeas.

Con los brazos de alguien que sabe que el llanto tarda cuando la culpa es muda.

Se dejó caer en ese abrazo. Su mejilla contra el cuello de Mirel.

Olía a jabón casero, a sudor limpio, a hogar sin paredes.

—No me dejes sola —susurró.

—No lo haré.

Y no lo hizo. Se quedó con ella hasta que el sol asomó por la rendija de la ventana. Cuando Serenya, por fin, lloró, lo hizo sin sonido. Como llora quien no tiene permiso para romperse en público.

Afuera, el Bastión seguía girando. Las rutinas, los soldados, las órdenes. Como si nada hubiera cambiado. Como si el mundo no supiera que ella ya no era la misma.

Mirel no la soltó.