25. Lo que no se puede olvidar sin romperse #2
No pudo evitarlo. Abrió los ojos de par en par, sorprendida.
La imagen se desvaneció tan rápido como había llegado, pero algo se encendió en su pecho.
Como si lo hubiera amado… en un tiempo que no recordaba.
Se llevó una mano a la boca, por la certeza muda de una ausencia que nunca supo que existía.
Él la observaba fijamente, su rostro imperturbable, pero con un peso que resultaba imposible de esquivar.
Parecía como si también hubiera sentido algo, como si la conexión entre ellos fuera mucho más que un simple lazo de magia.
Sin decir palabra, se acercó aún más, invadiendo el espacio entre ellos de manera casi inevitable.
—Lo que sientes, lo que ambos sentimos —murmuró—, no es solo magia. Es algo mucho más profundo. No me importa cuántas veces intentes negarlo, lo sé. Y cuando estemos listos, cuando dejemos caer nuestras máscaras, todo lo que hemos reprimido vendrá a la superficie.
Ella lo miró, sin poder ocultar la mezcla de fascinación y temor que la invadía. Un nudo se formó en su garganta. No estaba preparada para lo que él sugería, pero una parte de su ser, la más vulnerable, ya lo deseaba con intensidad. Fue entonces cuando escuchó su nombre en su mente.
—Serenya.
El susurro se deslizó suave, envolvente, casi como una caricia invisible.
Esa sola palabra, pronunciada por él, encendió una chispa en lo más profundo de su ser.
Ese nombre en su voz sonó como un conjuro.
Serenya . Nadie lo pronunciaba así. Como si la palabra tuviera peso, como si su nombre ya no le perteneciera solo a ella.
La palabra se le ancló en el alma, vibrando con una antigüedad que no necesitaba nombre. Sin darse cuenta, tocó su corazón. La conexión mental entre ellos se hizo más fuerte, y ella sintió cómo su piel se erizaba, cómo la magia que llevaba dentro respondía a su llamada.
Era la primera vez que él la nombraba así. Sin burlas. Sin máscaras. Solo su nombre. Y, de algún modo, eso la desarmó más que cualquier roce de sus labios.
El eco de la visión persistía, una huella imposible de borrar. Un escalofrío recorrió su columna, y su respiración se volvió errática. ¿Cómo podía un simple susurro, una palabra, causar tal efecto en ella?
Lo miró, incapaz de ocultar la oleada de calor que recorría su cuerpo. Su mente estaba nublada por la intensidad de todo lo que estaba ocurriendo. La magia empujaba contra sus límites. No pudo evitar que un suspiro se escapara de sus labios.
Ezryn se quedó quieto. Lo que había entre ellos seguía creciendo, cada vez más profundo, más incontrolable.
—Aún no estoy lista para lo que implica todo esto —dijo, temblando mientras apartaba la mirada, aunque su cuerpo seguía siendo incapaz de huir de la presión de su presencia.
Su mente era un torbellino de preguntas. ¿Qué significaba todo esto? ¿Era solo magia lo que los unía o había algo mucho más profundo en juego? ¿Podía realmente enfrentarse a lo que estaba sucediendo?
Desvió la mirada hacia el suelo, incapaz de enfrentarse a la magnitud de lo que sentía. No estaba lista.
C erró la puerta con un golpe seco, como si pudiera encerrar fuera todo lo que acababa de sentir. Se desnudó con torpeza, como si la ropa quemara, como si pudiera arrancarse el deseo con cada prenda. El corsé cayó al suelo. Luego, los pantalones.
Quería meterse en la cama. Cubrirse. Olvidar. Pero cuando pasó frente al espejo de cuerpo entero, algo la detuvo.
Allí, en la parte superior de su pecho izquierdo, justo donde nacía la curva bajo la clavícula, dos puntos oscuros marcaban su piel.
Pequeños. Simétricos. Como… colmillos. No era una herida.
Era una inscripción. Como si su piel hubiera sido escrita desde dentro, no por alguien más… sino por la memoria del deseo.
No estaban allí antes. Lo sabía. Los habría visto.
Serenya se acercó, conteniendo la respiración. Extendió los dedos y los tocó con la yema. La piel allí estaba caliente, viva.
Al contacto, una oleada de energía la recorrió desde el pecho hasta el vientre. Y entonces... vio algo. Un destello.
◆◆◆
El tacto de una mano en su espalda, firme, caliente. Labios rozando su cuello como si buscaran una promesa rota.
Un susurro. Un nombre. El suyo.
—Serenya... abre los ojos…
Un jadeo, su propia voz quebrada entre placer y miedo. El borde de una mesa fría bajo sus muslos. El peso de un cuerpo sobre el suyo. Y el roce de unos colmillos sobre su clavícula. No mordían. Aún no.
—Prometiste no olvidar …
El sonido de su risa le estremecía la columna. Era él, pero no. Una versión más antigua. Más salvaje. Como si ese recuerdo viniera de otro tiempo. De otra vida.
Su corazón palpitaba al mismo ritmo que la marca.
Su espalda arqueándose sobre una mesa. El aliento de alguien en su cuello. Y un dolor dulce, justo donde tenía esa marca.
◆◆◆
Un jadeo escapó de su boca. Se llevó la mano al pecho, cubriéndose, en una búsqueda por evitar que esa visión se expandiera, que ese recuerdo la invadiera por completo.
Cayó de rodillas junto al borde de la cama, temblando.
«¿Y si no es una visión? ¿Y si entró en mi mente? ¿En mi cuerpo?»
Apretó los ojos, deseando que la marca desapareciera, que la magia no respondiera más a su toque. Pero su poder burbujeaba como si celebrara el vínculo, como si lo esperara.
¿Era eso lo que había sentido antes, en la biblioteca, con su nombre susurrado? ¿Un llamado? ¿Una rendición?
No sabía si odiarlo o desearlo más.
Se quedó quieta, jadeando. No había palabras. Solo sensaciones. Una verdad que se abría dentro de ella como una grieta.
Lo que sí sabía era esto: Esa marca no era solo suya.
Y lo más inquietante no era la visión. Su cuerpo la añoraba. Y su mente ya no sabía si debía resistirse o rendirse.
La marca brillaba bajo su piel.
Y su magia… ya había respondido.