25. Lo que no se puede olvidar sin romperse
N o sabía en qué momento había llegado a la biblioteca. Solo que, después del grito y del miedo en los ojos de los demás, necesitaba un lugar donde nada se rompiera al tocarlo.
Ir allí no fue una decisión racional, sino un impulso. Una voz suave en el pecho: ve, busca, recuerda.
Entró sin saludar al guardia adormecido del umbral.
Los ventanales altos arrojaban la última luz del día sobre las mesas, y el polvo, guardando también sus secretos.
Pasó junto a una estantería baja y, sin previo aviso, un volumen cayó.
Nadie lo tocó. Se detuvo, el corazón en un salto breve.
La tapa estaba rajada, el cuero reseco por el tiempo, y cuando lo abrió, el crujido de las hojas fue como un susurro prohibido.
Una ilustración le cortó el aliento. Una mujer joven. De cabello rubio, suelto. Ojos claros, semicerrados en un gesto de éxtasis o dolor; era imposible saberlo. La piel pálida, el cuerpo delgado, casi etéreo. Y en el centro del pecho, dos puntos oscuros, un sello marcando la piel.
Estaba rodeada por fuego. Y por sombras. Y por figuras delineadas que se acercaban a su cuerpo con devoción o amenaza.
Serenya parpadeó. No se parecía a esa mujer. Y, sin embargo… Sintió que la conocía. Una hebra del tiempo se aflojó en su pecho, mezclando pasado y presente en su sangre.
Un mareo leve la obligó a cerrar el libro.
—Esto no puede ser una coincidencia… —murmuró.
En su pecho, la magia vibró, esperando ser despertada.
Respiró hondo y apoyó el libro en la mesa, con las manos trémulas. No podía detenerse ahí. Siguió avanzando entre las estanterías, con los dedos rozando los lomos antiguos. Esperaba que otro volumen saltara a sus manos. No sabía exactamente qué buscaba, pero lo sentía: estaba cerca.
Las palabras de Lioran, el eco de Caelan, incluso la mirada de Ezryn, todo parecía empujarla hacia una única verdad. Una que el tiempo había enterrado, pero que los libros quizás aún podían revelar.
La sala estaba en silencio, roto solo por el susurro de las páginas al pasar.
Se sumergió en su lectura, tan absorta en las palabras, que no escuchó la puerta abrirse ni los pasos suaves de alguien acercándose.
Fue él quien rompió el hechizo de su concentración.
Antes de hablar, su mano ya se extendía hacia el libro que ella había dejado atrás.
Sus dedos recorrieron el lomo con una lentitud casi reverente, como si reconociera su tacto, como si algo antiguo lo llamara también.
No lo abrió. No lo miró. Solo lo tocó. Y con ese gesto, las líneas entre deseo, recuerdo y advertencia se volvieron borrosas.
—Siempre te encuentro donde la grieta es más vulnerable. O tal vez… donde yo lo soy —dijo, su tono demasiado suave para ser inofensivo. La media sonrisa aún colgaba de sus labios, pero esta vez... no parecía un escudo.
Serenya contuvo la respiración. Algo en su calma, en su reconocimiento silencioso, la inquietó más que cualquier provocación directa. Era como si él también recordara. O supiera.
—Pensé que la biblioteca estaría vacía, pero parece que te has adelantado —dijo, con ese brillo insolente en los ojos que anunciaba problemas—. Espero que no estés buscando repetir la escena. Me costó días dejar de imaginarte sobre esa mesa .
Un escalofrío le recorrió el vientre antes de que su mente lo empujara al rincón del desprecio. No. No podía permitirse desearlo. No otra vez.
Se acercó un poco más, bajando la voz.
—Tranquila. Hoy no hay colmillos. Solo palabras. A menos que cambies de opinión.
Levantó la vista y sintió un impulso tan repentino como reconocible: quería volver a besarlo.
La forma en que la miraba siempre la desestabilizaba: una mezcla de desafío, curiosidad y algo más que no lograba identificar. Esta vez era diferente. Había una suavidad en sus ojos, una inseguridad que rara vez mostraba. La mirada de quien espera una respuesta que no se atreve a pronunciar.
—No esperaba que alguien viniera a interrumpir mi meditación —respondió, manteniendo el tono más indiferente de lo que realmente se sentía. Intentaba, con cada palabra, ocultar el leve titubeo que su cuerpo no podía disimular.
Ezryn avanzó, sus ojos fijos en ella, con una intensidad tan fuerte que Serenya casi podía sentirlo físicamente.
—Y, sin embargo, aquí estoy. —Su voz se volvió más grave, más profunda. Cada palabra pesaba.
—Casi los mato —susurró, más para sí que para él—. Esos soldados… no sé si siguen vivos. Perdí el control.
Ezryn arqueó una ceja, sin perder el brillo irónico en la mirada.
—¿Esperabas una medalla por contención, dulzura? —Ladeó la cabeza, mientras media sonrisa se dibujada en su boca perfecta—. Bienvenida al club. Uno bastante concurrido, por cierto. Aunque debo admitir que tú lo hiciste con más estilo.
Levantó la vista, con los ojos brillando por una mezcla de rabia y culpa.
—No es gracioso, Ezryn.
Él se encogió de hombros. Esta vez, no sonrió.
—Uno de ellos no sobrevivió .
Serenya se tensó.
—¿Cuál?
—El más joven. El que no bajó el arma ni aunque le temblaran los dientes —respondió con una calma afilada—. Cayó antes de poder escapar. Fue rápido.
El silencio que siguió pesó más que cualquier culpa.
Ezryn se acercó a una de las estanterías, deslizando los dedos por el lomo de un tomo viejo sin mirarlo.
—Nos ocupamos de él según nuestras costumbres.
Lino rojo. Sal de hierro. Tres veces su nombre susurrado al oído de la piedra.
Así evitamos que la Grieta lo reclame. Al menos, eso dicen los viejos.
—Una pausa—. Si tú no lo hubieras matado…
probablemente lo habría hecho yo. Por estúpido.
Por creerse con derecho a apuntarte. Y créeme, habría dolido más.
Ella lo miró, paralizada. Él no pareció notar el miedo que se expandía en su cuerpo.
—Yo también he matado. Muchos más que tú. La verdad es que he perdido la cuenta. Algunos lo merecían. Otros… —Sus labios se endurecieron, como si una cicatriz invisible se activara por dentro—. Simplemente estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
—No sé si podré contenerlo la próxima vez —susurró ella.
Ezryn no respondió de inmediato. Solo la miró.
—Entonces más vale que aprendas a domarlo…
o el mundo decidirá por ti. —Ezryn dio un paso hacia ella, antes de continuar—.
No vine aquí a juzgarte, dulzura. Vine porque sé lo que se siente cuando el poder arde por dentro y exige más de lo que puedes darle.
Y porque, por más que intentes ocultarlo... sé que tú también lo sientes.
Serenya frunció el ceño al notar el roce sutil, pero inconfundible, de su magia. Era un contacto mental suave y casi seductor.
—¿Qué estás buscando en esos libros? —preguntó él, acercándose aún más, el calor de su cuerpo alcanzándola. Su aliento acarició su oído, haciendo que una oleada de sensaciones recorriera su piel .
Ella intentó no dejar que su respiración se acelerara.
El roce de su magia contra la suya era casi insoportable.
Sentía una presión creciente dentro de ella, como si su poder estuviera a punto de desbordarse.
El rostro de Ezryn se iluminó, sabiendo que la atracción que compartían era más fuerte de lo que ambos querían admitir.
—Parece que tu linaje tiene más secretos de los que imaginas —dijo, su mirada brillando con un toque de desafío—.
Tal vez me puedas decir qué encuentras aquí, si te atreves—.
Ezryn apretó sus mullidos labios con fingido interés, como si evaluara una reliquia—.
O puedes no decirme nada y dejar que adivine.
Soy bastante bueno en eso... sobre todo con personas que creen que no dicen nada.
—No todos los secretos son para compartir, Maldrick —respondió Serenya, su tono firme, aunque la garganta estaba seca.
Él no cedió, su presencia envolviendo cada rincón de la biblioteca.
—Lo sabremos pronto, dulzura. Y entonces, tal vez...
tus ojos me dirán lo que tus labios aún no han dicho.
¿Sabes por qué todos quieren controlar la Grieta?
—añadió entonces, en tono casi confidencial—.
No es solo porque temen lo que guarda. Es porque intuyen lo que puede hacer…
si se le da forma. Si se le da cuerpo. —Su mirada se intensificó, cada palabra una pieza colocada con precisión—.
Y tú… tú no tienes un vínculo con ella. Tú eres su espejo.
Su origen. Su voluntad encarnada. No lo han dicho en voz alta porque no saben cómo enfrentarlo.
Pero lo intuyen. Y por eso todos te temen.
Porque si logras dominarla... si decides poseerla…
—Se inclinó un poco más—. Podrías rehacer el mundo a tu antojo. O romperlo por completo.
Serenya sintió cómo la tierra parecía hundirse bajo sus pies. ¿Poseerla? No. Ella no quería poseer nada. Pero algo dentro suyo palpitó.
Ninguno habló. Lo que ardía entre ellos no necesitaba palabras, solo resistencia. Serenya parpadeó, el pulso desbocado. Sintió que iba a decir algo, a gritar, a tocarlo… No podía pensar con claridad. La atracción era demasiado fuerte, como una fuerza magnética que la atraía hacia él sin remedio.
Tragó saliva. No sabía si huir o rendirse.
Fue en ese preciso momento cuando algo extraño sucedió. Una imagen fugaz la golpeó, tan vívida que la paralizó.
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Ezryn estaba vestido con un frac negro, elegantemente deslumbrante, su rostro iluminado por una risa alegre y despreocupada.
La escena era como un recuerdo, pero al mismo tiempo, algo totalmente ajeno a su realidad.
No era esta vida. Pero era una vida. Y su cuerpo la recordaba con un anhelo feroz, como si aquel vals hubiera sido el inicio de su condena.
Ellos dos bailaban, rodeados por una multitud invisible, la música flotando con el aroma dulzón de lirios y vino suspendido en el aire. Era un baile que nunca había ocurrido, pero que sentía como propio.
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