24. Donde nadie mira
S erenya no sabía por qué sus pasos la habían llevado allí.
No era el ala habitual, ni una sala común, ni siquiera uno de los pasillos secundarios donde los sirvientes cuchicheaban al pasar.
Era más profundo, más húmedo. Un corredor iluminado únicamente por lámparas de aceite.
Los muros, de piedra sin tallar rezumaban humedad, y el techo era tan bajo que debía agachar ligeramente la cabeza al avanzar.
No lo había planeado. Solo… caminó. Como si algo la guiara.
Sus pensamientos eran un torbellino. Las palabras de Lioran aún la quemaban por dentro. Se apoyó en la pared rugosa, respirando hondo. Fue entonces cuando los escuchó.
Voces. Risas.
No risas alegres, ni carcajadas ligeras. No. Eran carcajadas de burla. De esas que dejan un regusto agrio en la piel antes de llegar al oído.
—Ah, mira quién se nos pierde por los pasillos prohibidos —dijo una voz masculina, joven y cargada de insolencia.
Serenya se irguió, girando con cautela. Tres soldados del Bastión, uniformes oscuros, rostros demasiado jóvenes para tener tanta arrogancia acumulada.
—¿Te has escapado de tus celadores, Kael? —preguntó otro, cruzado de brazos, con una sonrisa torcida—. ¿O estás explorando para ver qué más puedes destruir ?
No respondió. Los observó en silencio, midiendo distancias, recordando cómo Lioran le había enseñado a leer la intención en los ojos antes de que llegara el golpe.
Uno de los soldados que la miraba con recelo escupió al suelo, susurrando: —Dicen que los Kael pueden matar con una sola palabra. Que ni siquiera necesitan levantar la mano.
El otro se rio con los dientes manchados.
—Palabrerías. Pero yo no le daría la espalda.
—Debe de creerse importante, ¿no? —continuó el primero—. La Reina de la Grieta.
—Quizá si le damos un poco de realidad deje de soñar con tronos —añadió el tercero, el más bajo, pero con una expresión que hervía de resentimiento.
Ella retrocedió medio paso. El corredor era estrecho. Demasiado. Las sombras bailaban con cada chispa de las lámparas, como si también observaran, expectantes.
Uno de ellos se acercó. El que había hablado primero. Llevaba la barba mal recortada y los ojos inyectados de odio. No odio personal. Odio ancestral. De clan. De prejuicio. De lo que no se puede nombrar, pero se hereda.
—¿Sabes qué creo? —murmuró, a escasos centímetros de su rostro—. Que no eres tan peligrosa. Solo una bruja vestida con ropas que no merece.
La empujó. Fue un gesto pequeño. Un roce. Pero suficiente.
El segundo se acercó por detrás.
—Vamos, no llores. Apuesto a que ni sangras igual que el resto —dijo, y alargó la mano hacia su clavícula.
—¡No! —espetó ella, retrocediendo. Pero fue tarde.
Sus dedos la rozaron. El mundo se torció. No hubo una explosión. No al principio. Solo silencio. Una burbuja de quietud, un instante suspendido en la nada. Y luego, la grieta. La que rugía bajo su piel.
Su cuerpo se arqueó hacia atrás, como si una fuerza invisible la estirara desde dentro. La piedra bajo sus pies se calentó. Sus ojos se nublaron. No de lágrimas. De luz. Una luz antigua. Blanca y densa. Como la de un sol enfermo .
—¡Por los dioses...! —gritó uno de los soldados, retrocediendo.
Ya era tarde.
La marca ardía con poder. Las venas de sus brazos se iluminaron, delineando en su piel un mapa de raíces vivas. Su respiración era irregular, y cada exhalación parecía sacudir el aire como un vendaval contenido.
El pasillo crujió y las lámparas parpadearon. Una de ellas estalló con un chispazo seco.
Serenya abrió los ojos. Eran los de la que había estado dormida. De la que recordaba.
—No debiste tocarme —dijo. Su voz no era completamente suya. Era eco.
El soldado que la había empujado intentó huir, pero la sombra se cerró a su alrededor como una telaraña líquida. No lo aplastó. No lo hirió. Solo lo detuvo. Y lo obligó a mirar.
El segundo cayó de rodillas, sujetándose la cabeza, murmurando algo entre dientes. El tercero gritó… y corrió.
Algo dentro de ella se quebró. Como un cristal templado cediendo a la presión. La magia de Serenya no se disparó hacia afuera. No fue fuego, ni relámpago. Se derramó. Como una ola densa. Como niebla viva que llenó el pasillo, impregnando la piedra, el aire, la piel.
Y entonces… las paredes comenzaron a temblar.
Un zumbido subterráneo ascendió desde el suelo.
La piedra se resquebrajó en varias direcciones.
Un arco cedió. Y con un rugido seco, una sección del techo colapsó sobre los soldados.
Uno de ellos gritó. Otro no tuvo tiempo.
La nube de polvo se tragó el pasillo. La magia no se desvaneció. Se impregnó.
No la vio de inmediato. La palabra ardía en su lengua antes de formarse en los muros. Cuando el polvo descendió lentamente, los trazos brillantes formaron palabras en una lengua más antigua que la historia misma.
Una palabra resaltaba entre todas, escrita con fuego contenido :
Ilhara
No era un nombre. Era un latido sin rostro. Serenya no la conocía. Pero algo en su piel sí. Una de las lámparas parpadeó, proyectando sombras sobre las marcas. Parecían moverse. Susurrar.
En lo más profundo de su pecho, algo dentro suyo respondió. Eran para ella. Llevaban esperándola mucho antes de que ella supiera mirar. Algo dentro empezó a doler, como si hubiera llegado tarde a sí misma
D esde el otro extremo del Bastión, un estruendo seco rompió el aire. Un lamento antiguo se expandió dejando a todo quien lo escuchase momentáneamente sordo. Un eco denso recorrió los pasillos, rebotando en las bóvedas con la fuerza de algo que acababa de romperse… o despertar.
Ezryn alzó la cabeza de golpe. El cáliz resbaló de su mano y se estrelló contra el suelo. El vino se extendió como una mancha de sangre sobre la piedra. Su respiración se agitó. Lo conocía. Lo sentía. Era ella.
Caelan, en cambio, se quedó de pie. Inmóvil. La copa tembló en su mano, pero no la soltó. Solo observó el temblor del líquido dentro, como si midiera el alcance del desastre antes de permitir que lo alcanzara.
Las antorchas chisporrotearon. Un zumbido sordo le trepaba por los huesos. Una advertencia. Un rugido contenido.
—¿La sentiste? —preguntó Ezryn, con la voz tensa.
—Está ocurriendo —dijo Caelan.
Y sin más, ambos salieron corriendo.
E l derrumbe había creado un hueco en la realidad. Un espacio saturado de magia antigua. Uno de los soldados yacía bajo la roca, inmóvil, la sangre tiñendo la piedra. Otro gemía, sin poder moverse. El tercero había huido.
No veía. No oía. Solo sentía .
El poder era un torrente, una criatura sin nombre que había estado encadenada demasiado tiempo y que gritaba por su libertad.
El aire se volvió tensión viva. Y entonces, la grieta se abrió como una herida en el cielo.
No era una fisura física. Era una hendidura en la tela del mundo: una línea de luz blanca, palpitante.
Una herida. No venía de fuera. Venía de dentro.
Como si el silencio de años se hubiera hartado… y eligiera gritar.
Serenya gritó.
Y al hacerlo el poder se contrajo. Como un corazón latiendo por primera vez. El pasillo se partió. Y no había duda: lo había causado ella. Los ecos rebotaron como rugidos.
El mundo titiló. La luz parpadeó. Y entonces, la voz… su voz… retumbó desde un lugar donde los recuerdos aún sangraban.
—Sangre Kael… heredera del equilibrio roto… ¿Estás lista para recordar?
El corazón de Serenya dio un vuelco.
Porque esa voz… era suya.
L as manos de Caelan la tomaron por los brazos. Ezryn se colocó justo detrás. Ninguno habló. La rodearon. Intentaron contenerla.
Cayó de rodillas. Sangre en la nariz. La visión doble. El alma abierta. Y todos leían su miedo.
El soldado herido gimió en algún rincón. Polvo, humo y sangre flotaban en el aire.
—¿Qué hiciste? —gruñó Caelan, su sombra girando caóticamente en torno a ellos.
Ezryn se arrodilló junto a ella.
—No. No fue ella —murmuró.
—¿Entonces quién?
—Fue lo que hay dentro de ella.
Las sombras retrocedieron. El aire se detuvo. Con la mirada rota, dijo una sola frase antes de desmayarse .
—No soy Kael. No del todo.
C uando despertó, no estaba en su habitación. Estaba en una sala que no conocía. Oscura. Silenciosa. Una sola lámpara. Y dos sillas. En una, Caelan. La otra, vacía. Ezryn estaba de pie. Un médico discutía en voz baja con alguien al fondo. El rostro del Umbrae era una máscara de piedra.
—¿Qué ha pasado? —susurró.
Se frotó el rostro. Ezryn desvió la mirada.
—Uno de ellos está grave —dijo Caelan finalmente, sin rodeos.
El silencio se volvió un abismo.
—¿Y los demás?
—Uno huyó. El otro… puede que no vuelva a caminar.
El mundo se tambaleó bajo sus pies.
Ezryn se acercó, serio.
—El Bastión entero lo sabe ya. Y alguien… alguien lo ha visto. No podremos ocultarlo.
Caelan asintió, sombrío.
—Ya no se trata de lo que eres. Ahora… se trata de lo que pueden hacer contigo.
Y, por primera vez, sintió miedo, no solo de su poder. Sino de los que querrían usarlo.