23. El nombre que no dijeron
S erenya salió de su habitación cuando la niebla aún abrazaba las almenas. No había podido dormir, no del todo, no con ese peso en el pecho que no cedía. Sus pies la guiaron sin dudar. Necesitaba verlos. Saber.
El establo aún estaba en penumbra. Olía a humedad, heno, sangre seca. Fara seguía viva.
El potrillo —flaco y recién nacido al mundo— buscaba alimento con movimientos torpes.
Ezryn dormía sentado, la espalda apoyada en la madera, la cabeza vencida sobre el pecho.
Su mano descansaba sobre el lomo de la madre, inmóvil.
La otra, en el suelo, manchada de lo que había dado y no había podido controlar.
No cruzó el umbral. Los observó unos segundos desde la puerta. Y, por primera vez en muchas horas, se relajó.
Fara respiraba. Ezryn también. Esa pequeña certeza, frágil, un brote entre ruinas, le bastó. Se giró para marcharse, pero justo entonces, él se movió. Abrió los ojos, aún nublados de sueño, y la vio. No dijo nada al principio. Solo la miró, como si no supiera si estaba soñando aún.
—Está bien —dijo al fin, con voz ronca—. Gracias a ti.
Ella asintió. Iba a irse, pero él añadió, más bajo:
—Tú la salvaste. Así que… si quieres, puedes ponerle nombre al potrillo.
Serenya no supo qué responder. Solo bajó la mirada. Y sonrió, sin mostrar los dientes. Luego, se fue.
Con el corazón algo más sereno y los pasos todavía pesados, caminó hacia el comedor.
El sol de la mañana entraba por las altas ventanas, iluminando la mesa vacía.
Serenya se sentó allí, sola, mirando los restos del desayuno que había tomado en silencio.
Los guerreros solían ser los primeros en levantarse, pero ese día, el silencio era más pesado que de costumbre.
Solo Lioran se encontraba cerca, revisando algunos pergaminos sobre una mesa al fondo de la sala.
Su mirada recorrió la habitación, pero ni siquiera Kyrion había hecho acto de presencia. La silla de Caelan, a su derecha, estaba ligeramente corrida hacia atrás. Una migaja aún fresca sobre el mantel. Alguien había estado allí… y se había ido antes de tiempo. ¿Para evitarla?
El sitio de Ezryn estaba intacto. Una criada, al pasar, murmuró con voz baja a otra:
—No ha dormido en sus habitaciones.
—¿Y entonces dónde? —susurró la otra, con una risa ahogada—. Ya sabes cómo es el Sangreth. Cuando desaparece así… suele reaparecer en sábanas ajenas.
—Dicen que no repite cama.
—Pues yo no le cerraría la puerta si llama a la mía.
Bajó la mirada. Claro que no.
Sabía dónde había estado. Toda la noche junto a Fara. Lo sabía. Pero eso no impidió el pellizco sordo, agazapado bajo el esternón. Se obligó a respirar hondo. Solo el eco de esa noche seguía latiendo en su piel. Y, bajo todo, un pensamiento que no quería admitir: «ojalá buscase mi cama».
El comedor, pese al silencio, pesaba más que de costumbre. Los clanes estaban en camino. Algunos hablarían de purga, otros de pactos. Nadie de compasión.
—Thelarys está dividido solo en apariencia —dijo Lioran sin levantar la vista—.
Los Virel y los Maldrick gobiernan, pero su acuerdo es una ficción cómoda.
El verdadero equilibrio... está condenado a romperse.
—Cogió un trozo de pan y lo desmenuzó con las manos antes de continuar—.
Después de la grieta, ambos ascendieron a los tronos Sangreth y Umbrae con sangre en las botas y un enemigo común en la espalda.
La guerra los coronó. Y la tregua… solo llegó en el Bastión del Linde.
Frágil. Vigilada. Siempre a un suspiro del colapso.
Aquí no hay paz. Solo pausa. —Suspiró—. El equilibrio siempre está en suspenso cuando las piezas clave se mueven.
Pero recuerda, Serenya, las respuestas no siempre están donde las buscamos.
Quizá deberías investigar más sobre tu linaje, sobre lo que eres realmente.
Tal vez encuentres algo que te ayude a entender lo que está por venir.
Alzó entonces la vista. Serenya lo observaba con atención.
—Tú no eres la grieta —dijo—. Eres la cuerda que todos tirarán hasta romper.
Ella no respondió. Solo frunció los labios. La noche anterior aún le dolía en los huesos.
—¿Te sientes bien?
—No lo sé —admitió, con honestidad inusual.
Lioran asintió. Había algo en él que no encajaba con su rostro tranquilo ni con su paso firme. Como si cargara más inviernos de los que el cuerpo confesaba.
Tras una pausa cargada de significado, Lioran dijo lo que llevaba rato pensando.
—Anoche, lo que dijiste… la lengua que usaste. No es una lengua cualquiera. Es antigua. Más que el Bastión. Más que cualquiera de nosotros. — Serenya lo miró, sin saber si esperaba que dijera más—. Deberías recordar de dónde viene tu voz, no solo tu poder, Serenya.
Ella tragó saliva, desviando la vista.
—¿Por qué solo tú me llamas por mi nombre?
Lioran sonrió, como quien ya conoce la respuesta.
—Porque yo no temo a lo que está por venir. Hay nombres que no se dicen en voz alta. No porque estén olvidados, sino porque siguen doliendo.
No añadió nada más. Solo se levantó y le ofreció el brazo.
Y ella, por primera vez esa mañana, aceptó el gesto sin pensarlo. Dieron un paseo por el jardín hasta que Lioran fue reclamado para solucionar un problema Sangreth y, por supuesto, ella no estaba invitada a participar.
C uando Lioran se alejó, Serenya decidió no subir a su habitación.
Caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pies la guiaran.
A su paso, algunos sirvientes desviaban la mirada.
Otros la sostenían demasiado tiempo. Un soldado que cruzó con un cubo no se apartó; el agua sucia salpicó el borde de su capa. Nadie se disculpó.
Una mujer mayor murmuró algo en voz baja al verla pasar. No alcanzó a oírlo del todo, pero la palabra bruja flotó en el aire.
Apretó los dientes y siguió caminando, hasta que se encontró frente a la puerta de la cocina.
No era común que los invitados o los de «sangre alta» se presentaran allí sin ser llamados, pero ella no tenía intención de seguir ese tipo de reglas, además de que sabía que todos la consideraban poco más que basura.
Solo quería algo sencillo. Una manzana. Algo dulce, real.
Algo que pudiera sostener con las manos sin que le recordara quién era.
Empujó la puerta con suavidad. El interior estaba caliente, lleno del aroma a pan recién horneado y caldo especiado.
Un par de mujeres se giraron al verla entrar.
Primero, silencio. Luego, cuchicheos casi inaudibles.
Una de ellas dejó caer una cuchara de madera con más fuerza de la necesaria.
Otra le clavó los ojos con una mezcla de miedo y desdén.
—¿Se le ofrece algo… señora? —preguntó una mujer de cabello gris, secándose las manos con un delantal manchado.
—Solo una manzana —respondió, midiendo su tono como quien pisa hielo fino, buscando entre los fruteros.
Un murmullo de desaprobación recorrió el espacio. Una joven se apresuró a cubrir un cesto con un paño, como si temiera que Serenya contaminara su contenido solo con mirarlo.
—No está permitido que entren los forasteros aquí — murmuró otra, sin siquiera ocultar el tono áspero.
Se irguió, sin perder la compostura, pero el calor subió por su pecho. No sabía si era vergüenza o rabia. Tal vez ambas.
Fue entonces cuando una voz se alzó desde la entrada, firme y clara.
—Ella puede tomar lo que quiera.
Mirel. Entraba con la espalda recta y la mirada afilada. Las cocineras se encogieron al verla.
—¿O queréis que le diga al General Virel o al Sangreth que rechazasteis atender a su invitada? —añadió, con una dulzura tan tensa, que heló el aire.
Las mujeres retrocedieron al instante. Mirel cruzó la estancia, tomó una manzana roja y brillante del frutero y se la tendió a Serenya con ambas manos.
—Aquí tiene, milady —dijo con una leve inclinación—. Si necesita algo más, dígamelo a mí.
Serenya no sabía si darle las gracias… o abrazarla. Tomó la fruta con un leve asentimiento. Las miradas se mantenían sobre ella, algunas llenas de temor, otras de un desprecio velado.
Salió sin decir nada. Sus dedos se cerraron en torno a la manzana. La fruta pesaba. Más que una culpa. Casi como un talismán. O tal vez era el veredicto que no se atrevieron a pronunciar en voz alta. No era hambre. Era la certeza de que su sola presencia allí incomodaba a todos.
S e dirigió al patio interior, donde los soldados solían entrenar. Esa mañana, el lugar estaba casi vacío, solamente algunos hombres relajándose tras la práctica. Se sentó en una banca de piedra, mordiendo la manzana y observando cómo los rayos del sol se filtraban a través de las almenas.
Fue entonces cuando escuchó risas infantiles. Dos niños corrían entre los arcos, esquivando charcos de agua helada y piedrecillas. Un tercero, más pequeño, los seguía torpemente, con una risa contagiosa .
La vieron. Se detuvieron. Una niña de unos ocho años, con trenzas mal hechas la miró con curiosidad.
—¿Eres la bruja? —preguntó sin miedo.
Serenya parpadeó. Luego, sonrió. No recordaba la última vez que alguien la había mirado sin temor. Esa niña, con trenzas torcidas y flores secas, la desarmó más que cualquier soldado.
—Depende de quién lo diga.
Los otros se acercaron, primero con timidez, luego con fascinación. El más pequeño se sentó a sus pies.
—Mi mamá dice que puedes hablar con las piedras —dijo, con los ojos muy abiertos.
Rio suavemente.
—A veces las piedras tienen más que decir que las personas.
La niña le ofreció una flor seca que llevaba en el bolsillo. Ella la aceptó con cuidado, con una ternura que no había sentido en días. Por un momento, el Bastión dejó de parecer una prisión. Pero la calma no duró.
—¡Vuelta a vuestras tareas! ¡Ya! —La voz cortó el aire como un látigo.
Mirel se acercaba con pasos firmes. Los niños se levantaron de golpe, pálidos, con los ojos abiertos como platos.
—Si os ven con ella, podrían castigaros —dijo, sin mirarla—. Seguid a lo vuestro.
Los pequeños corrieron sin protestar. Se quedó sentada, la flor seca en la mano. El pecho estrujado. Se alejaban y, con ellos, algo suave dentro de ella.
Mirel se detuvo junto a ella. Por un momento, no dijo nada. Luego, bajó la mirada.
—Perdóname. Sé que no es justo. Pero… no quiero que les hagan daño. Aquí todo lo que no entienden… lo castigan.
Serenya observó el espacio que los niños habían ocupado segundos antes. La flor seguía en su mano.
—¿Siempre ha sido así? —preguntó en voz baja, sin mirarla .
Mirel dudó. La sombra de una emoción más vieja que la tristeza cruzó su rostro.
—Vi algo parecido una vez. —Sus ojos no se movían, como si hablara para sí—.
Otra mujer… distinta. Los niños la seguían por los pasillos.
Se sentaban a sus pies. Le traían flores robadas del invernadero.
—Hizo una pausa. No temblaba. Pero dolía—.
Eso duró… hasta que alguien decidió que no era bueno que la quisieran.
Serenya la miró.
—¿Qué le hicieron?
No respondió enseguida.
—No todos los castigos dejan cicatrices visibles.
Y entonces, bajó la voz como si dijera algo que no debía pronunciar.
—A veces… el castigo es que te olviden. Aunque aún estés viva.
Eso era lo más peligroso de todo. No la grieta, ni el poder.
Serenya no respondió. Solo miró la flor. Y se sintió realmente sola. En un mundo donde las armas se forjan con sangre, ella era una chispa que nadie sabía cómo apagar. Ni cómo proteger.
Tenía la flor aún entre sus dedos cuando, sin saber por qué, se puso de pie.
No quería moverse, pero algo dentro de ella ya lo había hecho primero.
Caminó sin rumbo, sin destino, solo con la sensación extraña de que las paredes del Bastión la estaban guiando.
Como si alguien quisiera mostrarle algo que no estaba lista para ver.
El pasillo por el que se adentró era más frío y estrecho. Las antorchas no llegaban a encenderse del todo. Y sus pasos… ya no eran solo suyos.