22. Lo que no se puede leer sin arder #3
—No te mueras. No así. No con mis manos llenas de nada.
Se arrastró junto a Fara, hundido, exhausto. Sus dedos tocaron el cuello tenso, con ternura desesperada, hasta el costado, donde la respiración luchaba por abrirse paso. Se inclinó hacia su cabeza. Apoyó su frente contra la de ella. Cerró los ojos. No pidió. No suplicó. Solo tembló.
—Quédate —murmuró—. Por favor. Quédate conmigo.
El gruñido que le arrancó del pecho no fue humano. Ni domesticado. Fue la voz rota de un Sangreth que ama demasiado lo que está a punto de perder.
Fara respondió con un espasmo. Un aliento bronco se le escapó por las fosas nasales, seguido de un relincho ahogado que quebró la calma del establo.
Las patas se agitaron. El cuerpo entero se arqueó con violencia, como si fuera a partirse desde dentro.
Un caballo cercano resopló con fuerza, pateando la tierra húmeda.
Fara cayó de lado con un temblor que hizo crujir la paja bajo su peso.
—Si vas a morir —gruñó—, lo haré yo.
No alzó la voz. No amenazaba. Era una promesa. Un acto de compasión feroz.
—No pienso dejar que te ahogues en tu propio cuerpo.
Se agachó. Los ojos encendidos. Los colmillos, visibles. Entre ambos, solo quedaba la elección más cruel: una muerte rápida… o un milagro.
Se inclinó hacia la cabeza de Fara, temblando. Su frente unida a la suya.
—No puedo salvarte. No sé cómo. Perdóname.
Los colmillos brillaron. Bajó el rostro hacia su cuello, una caricia temblorosa, mortal. Serenya sintió que el aire se retiraba del establo.
—¡No!
Su grito lo detuvo.
Serenya se apresuró hacia al lado opuesto de la cabeza de Fara, sus rodillas hundidas en sangre y barro. Sin pedir permiso, extendió las manos y las apoyó sobre la frente del animal.
El calor brotó de su palma. La magia se deslizó por su piel como agua viva buscando una grieta.
Ezryn frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
—Calla.
No fue un insulto. Fue necesidad. Concentración.
La yegua dejó de agitarse. Sus patas seguían temblando, pero los ojos parpadearon con lentitud. Serenya murmuró algo que no entendía ni ella, un ritmo que su cuerpo reconocía, aunque su mente no lo pudiera traducir. Un murmullo suave, líquido.
— Vel tharas ilenai… en’kael venor… —La voz le tembló al final, por certeza.
Lioran se irguió.
—Eso… —susurró—. Esa lengua...
No terminó la frase.
La magia no sanaba. No curaba. Solo guiaba. Reacomodaba.
Lioran dio un paso adelante.
—La cadera… se movió. ¿La has…?
Serenya no respondió. Se mordía el labio inferior, con las manos firmes. La vibración persistía, profunda, brotando desde un lugar que no sabía nombrar. Un hilillo de sangre corrió por su mentón.
Ezryn contuvo el aliento, los labios entreabiertos, incapaz de apartar la vista de ella. La presión dentro de Fara cambió. El cuerpo del potrillo giraba con lentitud, cediendo al empuje de una fuerza muda. Todo se alineaba.
—Ahora —dijo Serenya, firme.
Se movió rápidamente y se arrodilló junto al flanco de su yegua. Hundió el brazo. Empujó. Tiró. Su cuerpo se estremecía, y en ese gesto no quedaba nada más que entrega. La desesperación sostenía cada músculo.
Un chillido rasgó el aire.
El potrillo cayó sobre la paja en un espasmo húmedo. Pequeño, flaco, cubierto de fluidos. Vivo.
Fara gimió y exhaló. Los párpados se cerraron al fin.
Ezryn se dejó caer de rodillas. El peso entero del cuerpo le venció. Las manos manchadas tocaron el suelo. La cabeza baja. El pecho, agitado. Una lágrima descendió sin que la detuviera. No la ocultó.
Su amigo lo observó en silencio.
Serenya no apartó la mirada. Seguía con las manos tendidas, aún abiertas por la energía que no quería abandonar su cuerpo.
Él alzó el rostro. Respiraba hondo, los ojos inyectados de cansancio, sudor, sangre y algo que ya no era rabia. La emoción se desbordaba sin máscara.
—Gracias… —susurró a Fara, con solo un hilo de voz.
El potrillo se estremecía, buscando el calor de la madre. Fara lo olfateó, lenta, y su respiración se volvió estable.
La magia se deshilachaba, desapareciendo sin ruido.
Al fin, tras un instante en que él pareció reconciliarse con el mundo, la miró sin deseo ni arrogancia.
—¿Cómo lo supiste?
Serenya bajó la vista. Las yemas de los dedos seguían calientes.
—No lo supe. Solo soñé. Y al despertar, el pecho me ardía.
Asintió. Ninguna burla en su gesto. Ninguna palabra de más.
—Eso arde más que cualquier herida.
Volvió a mirar a Fara, acariciándole el cuello con una ternura rota. El potrillo se movía, torpe, respirando con dificultad, pero sin rendirse.
—Me quedo. No pienso dejarla sola.
—Lo sé.
Ella se incorporó. Las piernas pesaban. El cuerpo le dolía en lugares que no sabía que podían doler. Pero no retrocedió.
Ezryn no volvió a hablar.
Lioran, junto a la puerta, la observaba con los labios apretados. En sus ojos no había juicio. Solo un silencio distinto. Afilado. Pensativo.
Serenya no miró atrás.
El Bastión permanecía dormido. Y ella no sabía si estaba más aliviada… o más asustada que nunca.
Algo se había roto.
O quizá, por primera vez en mucho tiempo… algo acababa de nacer.