La llama no escrita (Lux Mortem 1) 22. Lo que no se puede leer sin arder #2
32%

22. Lo que no se puede leer sin arder #2

La oscuridad a su alrededor pareció tensarse, expectante. La sintió. No como amenaza, sino como una membrana dispuesta a abrirse. Dio un paso.

Y desapareció.

No se esfumó. No se desvaneció. La oscuridad la cubrió. Se deslizó sobre su piel como un velo líquido. Como si la oscuridad dijera: pasa .

Cruzó entre los dos sin que pestañearan. Uno murmuró algo en un idioma gutural que no conocía. El otro ladeó la cabeza, inquieto… pero no despertó.

Emergió al otro lado, con la espalda pegada a la piedra. Contuvo el aliento. Su corazón palpitaba en su garganta .

«No debería poder hacer eso», pensó. No lo había aprendido, ni planeado. Solo… lo hizo.

El frío le calaba los dedos, le tensaba el cuello. Cuando empujó la puerta del patio, la madrugada la envolvió. El cielo aún era negro. La tierra, húmeda.

No sabía adónde iba, pero sus pies tomaron un camino conocido. El aire cambió al doblar hacia los establos: más denso, más vivo. Olía a sudor, a madera, a alarma contenida.

Y entonces lo escuchó.

Un relincho quebrado. Luego, un murmullo grave. Y luz.

Se acercó sin pensar en el ruido que hacía. Sus pasos se apagaban sobre la paja húmeda.

Dentro, el establo vibraba con una urgencia viva. El resplandor tenue de una lámpara colgante revelaba el lomo arqueado de una yegua de pelaje pálido, empapada en sudor. Su respiración era errática. Las patas temblaban. Un hilo espeso de sangre le recorría la parte interna de los muslos.

Ezryn estaba de cuclillas junto a ella, sin camisa, con los brazos y el torso manchados. No de forma teatral: barro, sangre, esfuerzo. Su cabello estaba recogido en la nuca, pero mechones sueltos se le pegaban a la frente. Jadeaba. Lioran le tendía una toalla, pero el heredero apenas la miraba.

—Estás sangrando demasiado —le murmuraba a la yegua, acariciando su cuello—. No te vayas todavía, Fara. No hoy.

El animal soltó un gemido bajo y torcido, más cercano a un lamento humano.

Se detuvo en la entrada. No sabía si interrumpir. No sabía si podía ayudar. Pero su cuerpo ya había decidido por ella.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, avanzando.

Ezryn alzó la cabeza. La luz le trazó la mandíbula y la curva del hombro izquierdo, donde una vieja cicatriz cortaba la piel en línea diagonal. Su expresión no era arrogante ni seductora. Era tensa. Cansada. Real.

—El potrillo no está girado —gruñó—. No avanza. Lleva horas así.

Lioran, al otro lado de la yegua tragó saliva .

—Si no sale pronto… —empezó a decir, pero se calló al ver cómo Ezryn cerraba los ojos con fuerza.

No preguntó más. Se arrodilló, colocándose frente a su hocico. El vapor de su aliento era caliente y húmedo. Fara la miraba con ojos grandes y enloquecidos, blancos casi enteros. Tenía miedo. Y ella también.

No lo planeó. No sabía qué decía. Las palabras brotaron de su garganta como una oración dormida:

— Vel tharas ilenai… en’kael venor.

La yegua parpadeó. Sus patas dejaron de agitarse. El pecho aún subía y bajaba con esfuerzo, pero sus ojos se calmaron, enfocados por fin. Un instante de pausa.

Lioran, desde el otro lado del establo, se irguió.

—¿Qué has dicho? —preguntó, más asombrado que incrédulo.

No lo miró.

Ezryn no pareció oír. Tenía el brazo hundido hasta el codo en el vientre de la yegua, los músculos tensos por el esfuerzo.

— Vel tharas ilenai… —repitió ella, sin saber por qué— en’kael venor.

Lioran no insistió. Pero la forma en que la observaba cambió. En sus ojos había certeza.

La humedad se acumulaba en la espalda de Ezryn, bajando desde la nuca en un hilo denso. El cuerpo, exhausto, ya no sostenía el pulso firme: vibraba, roto.

—Hermano —murmuró Lioran, con la frente surcada de líneas tensas—. No podemos sacarlo así. Si lo forzamos, desgarrará el canal. Morirá.

Ezryn tenía los dientes apretados. No miraba a nadie. Solo a ella.

Fara.

Una de sus manos seguía dentro, tanteando el interior con una desesperación que no se atrevía a nombrar. La otra sujetaba el lomo de Fara como si eso bastara para anclarla al mundo.

—No va a morir. No va a morir .

—Está atrapado —acercándose lentamente a su amigo, repitió el diagnóstico—. No podemos sacarlo así. Morirán. Los dos. No hay nada más que podamos hacer.

Retiró la mano con un gemido contenido, los dedos temblando, cubiertos de sangre espesa y fluidos calientes. El olor a hierro y miedo impregnaba cada centímetro de su piel. Se dejó caer sobre los talones, jadeando. El pecho le subía y bajaba como si acabara de pelear una batalla perdida.

Apoyó el antebrazo sobre su frente y respiró hondo, intentando no gritar. Clavó los ojos en el costado tembloroso de la yegua. La piel se agitaba con espasmos. Los músculos ya no resistían. Y, sin embargo, ella seguía viva. Todavía luchaba.

Sus labios se contrajeron en una mueca que no era dolor. Era impotencia pura. Todo su cuerpo era esfuerzo contenido, rabia sin salida. La sangre le resbalaba por el antebrazo, el sudor por el pecho. Los ojos, encendidos, parecían una herida abierta.

—Maldita sea… —escupió, con la voz ronca—. ¡Maldita sea, Fara!

Los colmillos asomaban tras sus labios, tensos, como si su sangre no supiera distinguir entre furia e instinto. Por un segundo, su figura pareció la de un depredador contenido por el último hilo de su humanidad.

Golpeó el suelo con la palma abierta. La paja húmeda crujió bajo el impacto.