22. Lo que no se puede leer sin arder
L a luna colgaba alta en el cielo nocturno, su luz filtrándose débilmente por las cortinas pesadas de la habitación de Serenya.
La brisa de la zona arrasada por la guerra se colaba a través de las rendijas de las ventanas abiertas.
Aquel aire no tenía frescura ni vida, solo un eco de la destrucción que se había llevado todo.
A pesar de estar a salvo dentro de las paredes del Bastión, la atmósfera se sentía densa, como si el lugar entero estuviera marcado por el peso de las batallas pasadas.
Se encontraba sentada sobre su cama, las manos apretadas en su regazo, con la mente girando a mil por hora.
Había vuelto de cabalgar con Caelan, un viaje que parecía interminable.
La imagen de ese paisaje desolado, los restos de antiguos combates, la neblina espesa y gris que lo cubría todo, aún persistía.
La cabalgata no había sido como esperaba.
No solo por la tierra muerta que atravesaban, sino por lo que sucedió entre ellos.
El calor se concentraba en lo más profundo de su cuerpo, como si algo antiguo despertara en la raíz de su magia.
Pero lo que más la había marcado era el extraño sentimiento que la recorrió cuando sus manos se rozaron.
La vulnerabilidad de Caelan la sorprendió. No estaba acostumbrada a verlo de esa manera, y algo en su interior se quebró, aunque no entendiera qué.
Luego, la visión había llegado de manera repentina, arrastrándola sin piedad. Las imágenes de su marca la quemaban en los recuerdos, en los sentidos.
Un golpeteo suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
Serenya levantó la vista y vio al sirviente que entraba sin previo aviso, con una bandeja de cerámica en las manos.
La taza humeante de manzanilla fue colocada sobre la mesa cerca de la ventana.
No le prestó atención. Su mente seguía atrapada en la maraña de emociones y recuerdos.
Tomó la taza entre sus manos, sin beberla.
La calidez de la cerámica la reconfortó un instante, como un recordatorio de que aún había algo tangible en el mundo, algo que no era tan incierto como lo que sentía en su interior.
De repente, un pequeño objeto sobre la mesa la atrajo.
Un libro. Sin pensarlo, lo tomó, sorprendida de no haberlo notado antes.
Lo abrió y, a medida que sus ojos recorrían las palabras, la historia que se desplegaba ante ella la absorbió.
Todo lo que había sucedido antes de su llegada.
Cada palabra parecía resonar dentro de ella, tocando algo olvidado.
La presión en su pecho aumentó. La magia que residía dentro de ella burbujeaba; era un manantial que no podía detener.
Experimentaba vértigo, mientras algo sin nombre daba paso en su interior.
En ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso. Caelan estaba de pie en el umbral, con su mirada fija en ella. La tensión se hizo palpable. Lo miró fijamente, buscando una respuesta, pero solo la observó en silencio.
—¿Lo encontraste? —preguntó, su voz grave y cargado de emociones no dichas.
Se levantó y cerró el libro con un golpe sordo. Sentía su corazón palpitar fuertemente. Respiró hondo. Lo miró con el corazón en llamas.
—No me dijiste nada, Caelan —dijo finalmente, con un tono más suave de lo que esperaba. La pregunta estaba allí, cargada de necesidad, de esa urgencia que no podía reprimir.
Él se acercó lentamente, casi como si estuviera evaluando cada paso que daba. Se detuvo cerca de la ventana, sin pronunciar palabra. Solo la miraba, su mirada vacía, fría.
—La verdad nunca es sencilla, Kael —respondió con gravedad—, y no siempre estamos listos para conocerla.
La habitación parecía encogerse. El mundo, cerrarse en torno a ella.
El ambiente se volvió helado, no por la temperatura, sino por la distancia que él imponía con su presencia.
No entendía cómo alguien tan seguro podía dar señales de vulnerabilidad, de miedo.
Y, sin embargo, algo en él le decía que había mucho más debajo de esa fachada.
—¿Tú sabes más de lo que estás diciendo, verdad?
Lo desafió, firme y decidida. No podía dejarlo ir. Se quedó callado, mirando la luna fuera de la ventana. La tenue luz se reflejaba en sus ojos de manera extraña.
—El destino siempre tiene una forma de encontrar su camino, mujer.
Y el tuyo… el tuyo está marcado por lo que llevas dentro.
—Soltó el aire contenido. Sus hombros estaban más bajos que de costumbre, como si esa confesión en la colina le pesara—.
Lee el libro y veamos qué pasa. Quizá mis ideas sean simples locuras, quizá…
Hay verdades que no se pueden leer sin arder. Lee, solo hazlo.
Esas palabras flotaron, cargadas de un peso que ella no podía comprender por completo. Cuando se dio media vuelta y salió de la habitación, ella permaneció con la mente atrapada entre lo que había dicho y lo que todavía quedaba por descubrir.
Suspiró y miró el libro. La tapa de cuero, gastada por el tiempo, parecía invitarla a profundizar aún más en los secretos que guardaba.
A medida que sus dedos lo rozaban, notó algo extraño.
La textura cambiaba con el calor de su piel, como si el libro respirara bajo sus manos. Sin pensarlo demasiado, lo abrió.
Las palabras no estaban en una lengua que recordara haber aprendido. Y, sin embargo, las entendía. Entonces se preguntó si era ella quien leía el libro… o si era el libro quien la leía a ella.
« ¿Y si no estoy recordando el pasado… sino siendo recordada por él? »
Las frases comenzaron a danzar frente a sus ojos, pero pronto su mente se vio arrastrada por la niebla del cansancio. Sus ojos se volvían pesados, el cansancio físico y emocional se mezclaban, y la incomodidad en su cuerpo se intensificaba.
Dejó que la lectura se desvaneciera en su mente mientras sus párpados caían.
El peso de las palabras, de los recuerdos que despertaban, la arrastraba hacia un lugar oscuro y profundo.
A medida que su respiración se hacía más lenta, su cuerpo se relajaba, pero su mente no encontraba paz.
Estaba a punto de sucumbir al sueño cuando la visión se apoderó de ella.
Un estremecimiento la recorrió. Los contornos de la habitación se desdibujaron y, en su lugar, vio un paisaje desolado, árido, donde la tierra rota y agrietada extendía su dominio bajo un cielo gris y plomizo. Un calor seco le dificultaba respirar.
La visión la envolvía con la misma sensación de asfixia que había sentido durante el viaje con Caelan.
El corazón le latía en los oídos. La boca seca. Una presión se apretaba justo entre sus costillas, intentando salir de su interior a través de la piel.
◆◆◆
La tierra a su alrededor parecía estar muerta, sin vida ni esperanza. No había árboles, ni hierba, solo el polvo que se levantaba al menor movimiento. El viento, como una ráfaga sin rumbo, le acarició el rostro, pero no podía sentir alivio.
En lo alto de esa tierra muerta, como una grieta en el mismo cielo, flotaba una cicatriz de luz blanca que palpitaba como un corazón.
La grieta. O su reflejo. Y la sombra que se acercaba, envuelta en ecos de otra vida, parecía tener el poder de abrirla…
o cerrarla. En la distancia, un resplandor turbio se alzaba, el último aliento de un sol que no quería morir.
De repente, se alzó frente a ella, difusa, pero con una presencia abrumadora. El calor se intensificó, y un destello de luz iluminó la figura que se acercaba lentamente. Intentó moverse, pero sus piernas estaban clavadas al suelo. La visión tenía dominio sobre ella. No podía oponerse.
Aunque no podía verla con claridad, algo en su interior le decía que era Caelan.
La conexión se tensó. Un hilo invisible. Innegable. La marca en su piel ardió como un fuego recién encendido.
Avanzó entre la bruma. No era del todo Caelan. No era del todo humano. Era sombra y fuego. Y cuando se detuvo frente a ella, sus labios se movieron.
—Serenya Kael.
No fue un saludo. Fue un reconocimiento.
Como si al decir su nombre, algo en el mundo se realineara.
—Esto no tiene vuelta atrás, Serenya. Si eres lo que yo creo que eres, el equilibrio que has conocido hasta ahora... está a punto de quebrarse.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, y la visión se desvaneció en un parpadeo.
◆◆◆
Abrió los ojos, respirando con fuerza, la sensación de esa conexión ardiendo en su piel. El libro había caído a un lado y su cuerpo estaba empapado en sudor frío.
El sueño se desvanecía rápido, pero algo seguía oprimiéndola, una presión sorda, caliente, que no pertenecía del todo al miedo. Había sido algo oscuro, sin forma, pero con nombre. Uno que se le escurría entre los labios incluso despierta.
Inspiró hondo, aún sentada en la cama. El sabor a hierro inundaba su boca. Estaba sudando, pero tenía la piel helada. Una punzada de urgencia le quemaba el estómago, como si alguien hubiera gritado su nombre desde lejos. Desde muy lejos. Desde adentro.
Se levantó sin encender la lámpara. La luz le habría parecido una traición.
Al levantarse, se tambaleó y debió sentarse en el suelo. Recogió una piedra al azar. La giró entre los dedos como si en sus grietas pudiera encontrar respuestas. Estaba cálida. Como si hubiera estado esperando por ella. La soltó y se recostó. Inspiró.
Quemaba.
Eligió ropa sencilla, ropa de moverse: pantalones de lana, una camisa de lino oscura, el chaleco sin broches. Se ató el cabello sin pensar, recogido alto, fuera del rostro. Calzó las botas gastadas. Su cuerpo se movía antes que su voluntad.
Salió.
Todo estaba en silencio, pero no en paz. Las piedras guardaban algo. Y esa presión en su pecho seguía guiándola, firme, ineludible.
A cada lado de la puerta, los dos guardianes seguían allí. De pie. Encapuchados. Armados. Dormidos. No era un sueño profundo, ni una borrachera del cuerpo. Era una quietud antinatural.
Se detuvo en seco. Su aliento era una bruma corta entre los labios. Sabía que no debía ser así. Que ellos no dormían. Nunca. Y, sin embargo…