21. Una promesa a punto de quebrarse
E l mundo no se movía. No había viento. No había sonido.
Solo el olor húmedo de la tierra bajo sus pies, el crujido leve de raíces ocultas y la presencia de musgo pegado a las piedras como una promesa antigua de vida.
Nada se movía… pero todo estaba por despertar.
Solo el aliento cálido de Caelan, contenido, contra su piel.
Sus dedos se crisparon sobre la tela. Su cuerpo se tensó con una certeza que su mente aún no lograba entender.
—¿Algo se rompió?
Soltó una exhalación seca, amarga.
—Como si algo que había estado muerto empezara a moverse otra vez.
La verdad pendía entre ellos. Letal. Y ninguno de los dos sabía qué pasaría si alguien la decía en voz alta.
Un conejo salió disparado entre los matorrales, cruzando el claro con una sacudida de hojas secas. Caelan lo siguió un instante con la mirada, pero no dijo nada. Como si en esa carrera desesperada viera reflejado algo que también huía dentro de él.
La observó largo rato. Un nudo espeso se le instaló en la garganta. El corazón golpeaba con fuerza. Su cercanía no era una amenaza, sino una pregunta peligrosa .
Luego, sin previo aviso, deslizó una mano por su muslo. Firme. Seguro. Nada que pudiera atribuirse al azar. Serenya sintió su respiración entrecortarse. Inclinó el rostro hasta que sus labios quedaron a centímetros de su oído.
—Mujer…
Cerró los ojos.
—¿Por qué no pronuncias mi nombre? ¿Por qué nadie lo hace? Dime la verdad.
Ni siquiera pestañeó. La quietud, su única defensa. Pero su pulgar trazó un lento círculo sobre su muslo, un roce que la dejó sin voz. Cuando al fin respondió, fue en un susurro cargado de todo lo que no podían decir.
—No sé si estás preparada para escucharla. Ni siquiera sé si yo lo estoy para aceptar lo que creo.
Ella abrió los ojos. Su pecho subía y bajaba con rapidez.
—Inténtalo.
La miró un instante. Luego, con un movimiento fluido, desmontó.
Serenya apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él tomara su cintura con firmeza.
No la bajó de inmediato. La deslizó lentamente, su cuerpo rozando el suyo.
Cada músculo firme bajo la ropa. Su torso aplastado contra su vientre.
Los hombros, tan anchos, la envolvían por completo; bastaría un gesto para encerrarla en ellos.
Sus muslos se rozaron; el suelo la sostuvo, pero no fue él quien la soltó.
Imponente, sólido, tallado para la guerra.
La mantuvo pegada a él.
—¿Estás temblando? —murmuró.
Serenya no respondió. No podía. Él inclinó la cabeza, su boca peligrosamente cerca de la suya.
—¿Soy yo quien te provoca esto? ¿Me deseas?
El calor le subió por la piel.
—Suéltame.
Esbozó una media sonrisa, pero no se apartó.
—Pídelo bien.
«El muy»…
Se humedeció los labios. Caelan la observó hacerlo, su mirada deslizándose hacia su boca con una intensidad inusitada. Su pulso martilleó en su garganta. Estaba atrapada: en su cercanía, en su aliento quemándole la piel, en ese deseo abrasador que la paralizaba.
Sin pensar, sus dedos se cerraron sobre su antebrazo. No fue un gesto de rechazo. Fue ancla. Instinto. Como si su cuerpo eligiera quedarse… antes de que su orgullo pudiera impedirlo.
Todo estaba a un suspiro de suceder. Un par de pájaros levantaron vuelo desde las ramas cercanas, sobresaltados.
El aleteo rasgó el silencio como una advertencia sin lenguaje.
Y justo entonces, antes de que pudiera levantar su boca hacia la de él, un sonido interrumpió el momento.
Un galope firme, seguro. Luego, una voz, profunda y teñida de diversión.
—Vaya, vaya… Qué escena tan conmovedora. Si me hubiera retrasado un poco más, tal vez me encontraría con una escena aún más íntima.
Giró el rostro justo a tiempo para ver a Ezryn detener su montura junto a ellos.
Vestía como si el frío no le afectara en absoluto, la capa abierta, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros.
La expresión de quien ha visto demasiado y aún encuentra forma de divertirse a costa ajena.
Sus ojos se posaron en ella primero, con un brillo especulativo.
Luego, se deslizaron hacia Caelan. Y su sonrisa se ensanchó.
—Aunque, claro, nuestro Umbrae no es precisamente famoso por su paciencia. ¿O sí? —No reaccionó de inmediato. Serenya vio cómo su mandíbula se tensaba. Ezryn chasqueó la lengua, fingiendo pesar—. Oh, vamos. No pongas esa cara. No es la primera vez que te escapas con alguien en una noche como esta.
Sintió el cambio en la tensión de Caelan. Sutil, pero feroz. El recién llegado también lo notó porque la curva de sus labios se volvió venenosa cuando añadió, con deliberada lentitud:
—Aunque si la memoria no me falla, la última vez acabó con algo más que una despedida .
Serenya vio el destello de vergüenza y rabia cruzar fugazmente los ojos masculinos antes de que pudiera esconderlo tras su máscara de indiferencia. Algo en su pecho se apretó. Ezryn la miró entonces, con su encanto habitual, como si la conversación anterior no hubiese sucedido en absoluto.
—Pero basta de nostalgia. Habéis tenido vuestro momento, es hora de volver. Los clanes llegarán pronto y debemos prepararnos. —Acarició a su caballo, casi sin notarlo—. A menos, por supuesto, que realmente queráis escapar juntos. En ese caso, avisadme. Me encantaría ver cómo termina.
Tuvo un segundo para procesar sus palabras antes de que su voz resonara en su mente, privada, íntima.
—Pero sabemos que no puedes elegir, ¿verdad, querida?
Cada palabra le recorría la espalda como una lengua mental, deliciosa y prohibida. Ya no la miraba, pero sintió que aún así estaba centrado en ella. Volvió a hablar, esta vez sin arrogancia, como si se le escapara un secreto en mitad del fuego.
—Ojalá no deseara que me eligieras.
Y por un instante, deseó no haberlo escuchado. Porque lo que sintió no fue deseo. Fue lástima. Y eso, en Ezryn… dolía más que el desprecio.
Caelan se acercó a su montura con brusquedad, sin mirarlo.
La rodeó con un brazo por la cintura y la subió con facilidad, sujetándola con la naturalidad de quien carga acero cada día, antes de montar él también.
Ella, sin poder evitarlo, se quedó observando a Ezryn un segundo más porque, por primera vez desde que lo conoció, sintió que él también guardaba secretos.
Secretos que, quizá, podrían importarle demasiado.
Ezryn no dijo nada más, pero antes de girar a su caballo, posó sus ojos sobre ella por última vez. Un destello crudo de algo contenido demasiado tiempo.
Serenya contuvo el aliento.
¿Por qué dolía tanto esa mirada, si nunca había sido suya?
Nadie dijo una palabra mientras hacían el camino de regreso.
Los brazos de Caelan seguían rodeándola, pero algo había cambiado. Ya no eran contención ni promesa. Un muro levantado a medias. Serenya lo sintió en la forma en que respiraba: pausado, demasiado medido. Como si temiera lo que podía soltar si aflojaba el control.
A su alrededor, los árboles apenas se mecían, como si compartieran la contención. El susurro de las hojas era irregular, como respiraciones que dudaban. Incluso la naturaleza parecía sostener algo entre los dientes.
Y entonces, murmuró sin aviso:
—No le mires así.
No fue reproche. Fue un resquicio.
Serenya mantuvo la vista al frente.
—No le estoy mirando.
—Lo haces —dijo él—. Aunque no te des cuenta.
Su tono era neutro. Demasiado. El tipo de neutralidad que solo usan quienes están evitando sentir.
—¿Y tú? —preguntó ella, sin girarse—. ¿Te das cuenta de cómo me miras?
Hubo un instante en el que creyó que no respondería. Pero lo hizo.
—Intento no hacerlo.
La confesión quedó suspendida entre ambos. Un hilo invisible.
—¿Por qué? —susurró.
Caelan tardó un segundo más de la cuenta. Cuando habló, el sonido que emergió fue distinto: más bajo, más hondo.
—Porque a veces, cuando te miro... hay algo que me resulta... familiar.
Algo se agitó en su memoria. Un destello sin forma. Un dolor antiguo, sin nombre. Una pérdida que no terminaba de cicatrizar. Cerró los ojos para no enfrentarse a lo que su cuerpo parecía recordar antes que su mente.
El galope seguía lento, constante. El paisaje no avanzaba. Se arrastraba al ritmo de sus palabras .
—No es posible —añadió, sin que nadie lo pidiera.
Serenya tragó saliva.
—¿El qué no es posible?
Apretó las riendas levemente. Su mirada se perdió en el horizonte.
—Lo que siento —dijo, casi en un susurro—. No tiene lógica. No contigo.
El aire se le clavó en el pecho.
—¿Y si no se tratara de lógica?
Guardó silencio. Un silencio que parecía pesar más que cualquier respuesta. Hasta que, finalmente, dijo:
—Solo prométeme algo.
—¿Qué?
—Si algún día… si llegas a saber quién eres de verdad… —se interrumpió—. No dejes que eso lo destruya todo.
Serenya lo miró, sin atreverse a tocarlo.
—¿El qué?
Ladeó el rostro. No del todo, solo lo justo para sentir su cercanía.
—Esto —susurró—. Lo que sea que… sea esto.
El Bastión ya se alzaba ante ellos. Frío. Inmóvil.
Y la grieta, dentro de ella, se agitó. No como una advertencia.
Como una confirmación.
Porque a veces, el alma elige mucho antes de que la historia comience a escribirse.