La llama no escrita (Lux Mortem 1) 20. Cicatriz #3
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20. Cicatriz #3

—Lo destruyeron. —Su tono no tembló, pero había algo en él, algo afilado, latente bajo la superficie.

Serenya mantuvo la mirada fija en las ruinas.

—Lo sé.

Caelan giró el rostro y aunque no podía verlo del todo, sintió la intensidad de sus ojos sobre ella.

—¿Y aún dudas de qué lado estás ?

La pregunta la atravesó porque no tenía una respuesta. No aún. El silencio se extendió entre ellos. Sintió el movimiento sutil de su respiración, el calor de su piel aún más presente bajo la noche fría.

—¿Cómo lo supiste?

Ella parpadeó.

—¿El qué?

—Lo de mi cicatriz. Tengo muchas, pero esa es especial.

Se humedeció los labios. No era una pregunta casual.

Él realmente quería saber. Quería entender por qué ella parecía ver más allá de lo que él dejaba mostrar.

Y no estaba segura de tener la respuesta.

Pero sí sabía una cosa. Sentada entre sus brazos, con su aliento mezclándose con el suyo en el aire helado de la colina, era lo último en lo que podía pensar.

Bajó la mirada, como si las palabras se formaran solas en su lengua antes de que pudiera decidir si decirlas o no.

—Te lo dije. Lo vi en un sueño —susurró finalmente.

Caelan se tensó tras ella. No de forma evidente, pero lo sintió en la manera en que su respiración se contuvo un segundo más de lo normal, en la forma en que sus manos se aferraron con más firmeza a las riendas.

—¿Un sueño? —repitió, más grave de lo usual.

Asintió, sin girarse del todo. Sus pensamientos la llevaron de nuevo a esa imagen borrosa que aún ardía en su mente: una tormenta de sombras, el destello del acero, y luego él, de rodillas en el suelo, su pecho alzándose y cayendo con dificultad, la piel marcada por el filo de un arma que nunca llegó a ver.

Había sentido el dolor como si fuera propio, una herida ardiente en su piel antes de despertar jadeando en la oscuridad.

—Vi la herida antes de notarla en ti. Vi… el momento en que la recibiste. —Exhaló con lentitud—. No sé cómo, pero lo supe.

El silencio entre ellos se volvió algo más pesado.

Entonces, Serenya lo sintió. No la risa ligera de burla que esperaba.

No la incredulidad que cualquier otro hombre habría mostrado.

Sino algo más oscuro, más profundo. Una risa baja, contenida, nacida de un lugar tan enterrado que parecía casi ajeno a él mismo.

Caelan apartó la mirada y aunque no dijo nada, la sensación que desprendía lo decía todo.

No le sorprendía. Le aterraba. Y luego, con un movimiento sutil, hizo que el corcel avanzara.

El galope comenzó pausado, pero pronto se volvió más firme.

Cada impacto del trote contra el suelo enviaba una sacudida a través de sus cuerpos.

Cada choque los unía un poco más. Su agarre en las riendas era firme, seguro, como todo en él.

Cada tanto, su mano se movía sobre el cuero, rozando la suya de manera casi imperceptible. Pero ella lo notaba. Notaba todo.

Intentó fijar la mirada en el paisaje que se desplegaba ante ellos: los campos cubiertos de un manto plateado bajo la luna, la brisa nocturna deslizándose como un susurro sobre la hierba alta.

Pero su atención no podía sostenerse allí.

No cuando la firmeza de su presencia se colaba entre sus costillas, a través de la delgada barrera de tela.

No cuando cada movimiento de Caelan, cada respiro apenas contenido, rozaba su espalda con la amenaza silenciosa de lo inevitable.

—¿Siempre cabalgas así? —preguntó, con un tinte de burla que ocultaba el temblor interno que no pensaba mostrar.

Caelan se inclinó lo suficiente para que su aliento, cálido y pausado, rozara la piel sensible de su cuello.

—¿Así cómo?

Su voz era una vibración que le recorrió la espina dorsal como un roce tangible. Serenya sintió el escalofrío antes de poder evitarlo, la piel erizándose bajo el roce de su respiración.

—Tan… cerca. Tú no entiendes lo que haces con el espacio que ocupas.

El sonido que él emitió no fue exactamente una risa, sino un gruñido. Algo que reconoció de inmediato, porque lo había oído antes, en batallas no libradas con acero.

—Si prefieres tomar las riendas, dímelo .

Las palabras eran una invitación disfrazada de desafío, una cuerda tendida entre ellos que solo bastaba con tensar un poco más para que se rompiera. Serenya sintió su mirada recorriendo la línea de su cuello, deteniéndose en el pulso acelerado en su garganta.

—Tarde o temprano, las tomaré.

Caelan sonrió contra su piel, un gesto que ella no vio, pero sintió. Su mejilla rozó la de ella en un contacto fugaz, un respiro de calor antes de apartarse lo suficiente para dejar la ausencia quemando.

—Veremos.

Sin advertencia, sin concederle la oportunidad de replicar, él presionó los flancos del corcel.

Más tarde, el galope aminoró hasta convertirse en un trote suave cuando llegaron a la cima de la colina.

Desde allí, el paisaje se desplegaba en un mar de sombras y luces plateadas, el reflejo de la luna danzando sobre los valles.

El viento soplaba frío, alzando mechones que se enredaban entre sus labios.

Detrás de ella, sentía su pulso contra la piel, cálido y firme.

Su pecho, sólido como piedra, se alzaba y bajaba contra su espalda con cada inhalación profunda.

Su mano descansaba cerca de su cadera, un contacto lo suficientemente leve para parecer accidental, lo suficientemente presente para incendiarla. Serenya se obligó a respirar hondo, a fingir que su cuerpo no vibraba con cada roce.

—Mira allá —indicó él.

Señaló un punto lejano en el horizonte. Más allá de la llanura, las sombras de montañas se alzaban bajo la luz de la luna.

—Allí está mi hogar.

Serenya siguió la dirección de su dedo, pero su atención estaba atrapada en otra parte. En la dureza que se tensaba contra su espalda. En la calidez de sus muslos firmes a ambos lados de los suyos. En la forma en que su mano parecía no querer alejarse de su cintura.

—No esperaba que me lo mostraras —murmuró, sin atreverse a moverse demasiado.

Caelan tardó un momento en responder.

—Supongo que no lo habría hecho con nadie más.

El tono de su voz la sorprendió. No era el guerrero impenetrable. No en ese instante. Serenya giró ligeramente la cabeza, lo suficiente para mirarlo de reojo. Sus labios quedaron peligrosamente cerca de los de él, tanto que un suspiro los habría rozado. Caelan no se apartó.

—Háblame de ello —pidió en un susurro.

El silencio le ganó la partida. Sus ojos se quedaron fijos en los de ella, oscuros, insondables.

La duda parpadeó en su mirada. Luego, su voz rompió el silencio.

Le habló de la guerra. De los años en batalla.

De las tierras que protegió y las ciudades que ardieron.

De las noches en vela y de las cicatrices invisibles, las que el tiempo no borra.

Había algo en su voz. No solo cansancio.

Era culpa. Serenya lo percibió antes de que él lo dijera.

Como una herida abierta que nunca terminó de cerrarse.

El silencio se extendió entre ellos, solo interrumpido por el ulular del viento en la colina.

—¿Cuándo empezó la guerra? —preguntó Serenya, la mirada fija en el horizonte.

Tardó demasiado en responder.

—Cuando yo ya era un hombre.

Ella frunció el ceño.

—Eso no responde mi pregunta.

Exhaló una risa sin humor.

—No. No lo hace.

—Entonces dime… ¿Quién la empezó?

No respondió de inmediato. El viento arreció, helado contra la piel de Serenya. Caelan bajó la vista a sus manos, los dedos apoyados sobre las riendas.

Durante un largo instante, no dijo nada. Como si buscara la respuesta en el cuero tenso entre sus dedos. Como si nombrarla fuera abrir de nuevo una herida. Luego, al fin, su voz rompió el silencio.

—Yo .

El corazón de Serenya tropezó en su pecho. Lo miró, buscando la mentira. La provocación. La trampa en sus palabras. No encontró nada de eso. Solo verdad. Y culpa. Se giró en la montura, enfrentándolo.

—¿Cómo?

Los ojos grises eran insondables.

—No importa.

—Para mí sí.

Deslizó el pulgar sobre las riendas, trazando un pensamiento invisible en el cuero.

—No hoy.

Serenya sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por el frío. Por primera vez desde que lo conoció, hubo algo en él que no pudo descifrar.

—No eras solo un guerrero —susurró.

Apretó la mandíbula.

—Lo suficiente para perderlo todo.

El silencio volvió a caer entre ellos, esta vez más íntimo. Serenya no se movió. Solo lo observó, intentando encajar las piezas de un pasado que aún no conocía, pero que la rodeaba como un eco.

Bajó la mirada, como si pudiera ver bajo la capa. Esa cicatriz no era solo suya. Era de los dos. Una herida vieja. Una historia no contada.

El viento silbaba entre la hierba alta, arrastrando el peso de las palabras que Caelan no decía.

La brisa acariciaba sus mejillas, helada, pero el calor la envolvía.

Había algo roto en su voz que resonaba en ella como una campana olvidada.

No sabía si quería consolarlo… o romperse también.

Finalmente, se inclinó un poco más en la montura hasta quedar relajada contra su pecho.

Apoyó una mano sobre la tela gruesa de su abrigo. Caelan se tensó.

—¿Sabes quién soy en realidad?

Él bajó la mirada.

—No lo sé. —Su voz descendió a un murmullo rasposo—. Pero cuando te vi… algo dentro de mí se rompió.