20. Cicatriz #2
—¿Quieres que juegue a los rodeos, Sangreth? No tengo tiempo para eso.
La observó fijamente, la diversión danzando en el fondo de sus pupilas.
—Tal vez sí. Pero eso no significa que tengas todas las respuestas.
Se giró entonces hacia Caelan, que no había dicho una palabra .
—Y tú, Umbrae. ¿Piensas hablar o seguirás fingiendo que no estoy aquí?
Él levantó la cabeza lentamente. Su mirada era hielo puro.
—No hay nada que fingir, mujer.
—Oh, no me vengas con eso. —Ella avanzó sin miedo—. Lo sientes. Lo sé.
Frunció el ceño, manteniendo el resto de su cuerpo inmóvil, como una estatua.
—No sé de qué hablas.
Serenya rio suavemente, con esa burla ácida que ella misma no sabía si dirigía a ellos o a sí misma.
—Claro que lo sabes. —Dio otro paso hacia él—. Me miras como si fuera un error que no debió ocurrir. Como si fuera algo imposible.
Ezryn observaba la escena con interés, pero no interfirió. Caelan exhaló despacio.
—No tengo tiempo para esto.
Ella estiró la mano antes de que pudiera alejarse, su palma presionando el pecho del general. El latido bajo su piel. El calor de su cuerpo. Y algo más. Bajo sus dedos, la textura de una cicatriz. Y cuando sus dedos la rozaron, no solo vio: sintió. El dolor. La traición. Una promesa rota
La imagen golpeó su mente con la fuerza de una tormenta.
◆◆◆
Sábanas revueltas. Un cuerpo sobre ella, la piel marcada por múltiples cicatrices, pero no por esa. Manos enredadas, labios desesperados. Un nombre en su boca, ahogado entre jadeos. Luego, sangre. Una daga a la altura del corazón. Una empuñadura que, de alguna manera, le era familiar.
◆◆◆
Serenya se tambaleó un instante, su respiración agitada. Él se tensó, pero no apartó su mano.
—¿Qué…? —Un susurro, atrapado entre incredulidad y al go más oscuro—.Alzó la vista, sus ojos clavados en los de él—. Lo he visto.
Ezryn se irguió ligeramente. Caelan frunció el ceño. Por un segundo, pareció que iba a apartarse. Pero no lo hizo. Su cuerpo tembló, como si una parte de él se resistiera... y otra la deseara con desesperación.
—¿Qué has visto?
Ella cerró los ojos un instante.
—A ti. —Su voz salió más baja, más íntima—. En mis sueños.
Ni una palabra cortó el aire por un minuto entero. Todos estaban sumidos en sus propios pensamientos. Su pecho subía y bajaba con más rapidez. No lo soltó.
—¿Vas a seguir negándolo?
Cuando sus dedos rozaron la cicatriz, Caelan atrapó su muñeca, con la urgencia de quien no sabe si quiere apartarla o sostenerla para siempre.
—No juegues con esto, Kael.
Ella se inclinó lo suficiente para que su aliento rozara su piel.
—No estoy jugando.
Ezryn soltó un suspiro teatral.
—Esto se está poniendo interesante.
Lo ignoró. El otro, en cambio, aflojó el agarre.
El silencio entre ellos no era vacío, sino una espera cargada.
Serenya lo observó, intentando encajar las piezas de un pasado que aún no comprendía.
Tenía la impresión de que si hablaba demasiado pronto, algo dentro de él —o de ella— se rompería.
Así que solo lo miró. Lo sostuvo y esperó.
—No lo recuerdas.
No era una pregunta. Serenya negó despacio.
—No con claridad. Pero lo siento. Como si estuviera impreso en mí.
El heredero de las sombras cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había algo diferente en ellos. Algo que ella no supo descifrar. Ezryn chasqueó la lengua .
—Me encantaría quedarme a ver en qué acaba esto, pero me temo que la conversación ha dejado de ser entretenida para mí.
Se giró con una sonrisa vacía y salió de la sala, dejándolos solos. La pausa entre ellos pesaba más que cualquier palabra. Finalmente, él dejó escapar un suspiro.
—Ven conmigo.
Serenya arqueó una ceja.
—¿A dónde?
Él sostuvo su mirada, y esta vez no había hielo en sus ojos.
—A cabalgar.
Serenya sintió su corazón acelerarse.
—¿Por qué?
Su expresión, ilegible.
—Porque tal vez haya algo que pueda mostrarte.
E l olor a heno y cuero curtido envolvía el aire dentro de los establos. La luz era tenue, filtrándose entre las vigas de madera, proyectando sombras alargadas sobre los caballos que resoplaban con impaciencia.
Afuera, la brisa nocturna traía consigo el eco lejano del Bastión: el tintineo de las armas, las voces de los soldados cambiando guardia, el lejano crepitar de las antorchas.
Serenya deslizaba los dedos por la crin del animal que Caelan había elegido para ellos. Un corcel oscuro, musculoso, de mirada fiera. Su piel vibró, no por el caballo, sino por la mirada desde la penumbra.
—No te veía como alguien que compartiría su montura —comentó sin volverse, sintiendo el peso de su mirada sobre ella.
Estaba ajustando las cinchas y dejó escapar un suspiro grave, como si la idea le incomodara tanto como le intrigaba.
—No lo soy.
La respuesta la hizo sonreír.
—Entonces, ¿por qué lo haces ?
Se giró hacia un banco junto a los arreos, donde dos capas pesadas reposaban dobladas. Se colocó la suya con movimientos prácticos y luego tomó la otra, de un negro más azulado, más corta, pensada para una figura más pequeña. Se la tendió sin decir nada.
La miró un segundo, pero no dudó. La tomó, sintiendo el peso del forro de lana y el olor tenue a humo y cuero impregnado en la tela.
—¿Siempre tienes capas para invitadas? —murmuró, mientras se la echaba al hombro.
Él no se molestó en responder. Pero cuando pasó junto a ella, le ajustó el broche de la capa con dedos firmes, rápidos. Un gesto sin delicadeza, pero innegablemente íntimo.
—No suelo tener invitadas —dijo simplemente.
Aunque no la tocó al hablar, su presencia era tan sólida como el muro de piedra a su espalda. El calor que irradiaba parecía desafiar la fría noche que acechaba más allá de las puertas del establo.
—¿Tienes miedo de cabalgar conmigo, mujer?
Su voz fue un roce grave contra su oído. Ella giró el rostro, atrapada entre el desafío en sus palabras y la intensidad de su cercanía.
—No.
—Bien. —Sus manos pasaron junto a ella, alcanzando las riendas con facilidad—. Sube.
Tomó aire y obedeció. Sus dedos se aferraron a la silla mientras montaba con destreza, acomodándose sobre el cuero firme. Antes de que pudiera estabilizarse del todo, sintió el movimiento detrás de ella. Caelan se subió sin esfuerzo, con la fluidez de un guerrero que había hecho eso miles de veces.
El impacto de su cuerpo fue inmediato. Quedaron alineados, tan juntos que el roce de sus piernas se volvió inevitable. Apenas un resquicio de distancia, apenas una excusa. Entonces, sus brazos la rodearon al tomar las riendas, cerrándola en un círculo del que no podía escapar .
«No es por él». El pensamiento cruzó su mente como un latigazo. No obstante, su pulso contaba otra historia.
—No te pongas tensa —murmuró Caelan, su aliento rozando la curva de su cuello. Su tono era bajo, como si disfrutara demasiado de la idea de que ella sí lo estaba.
Serenya cerró los ojos un segundo, respirando hondo. «Esto no es por él. Es solo la situación. El roce. El maldito calor bajo la capa», repetía su mente como un mantra.
—No sé de qué hablas. Este animal es inmenso, me pone nerviosa caerme.
—Oh, claro. El caballo.
La frase salió más seca de lo que pretendía. Lo peor para ella fue sentir la sombra de una sonrisa contra su piel, fugaz y peligrosa, justo antes de que chasqueara la lengua y pusiera la montura en marcha. El corcel se movió con energía, sacándolos del refugio del establo.
Nadie se atrevió a frenarlos. Ni a preguntar a dónde iban, siquiera a mirarlos dos veces.
A medida que cruzaban las puertas del Bastión, la brisa nocturna les golpeó el rostro con su aliento frío. Sin embargo, Serenya lo único que sentía era a él.
Cada movimiento los obligaba a chocar. Cada trote, cada cambio de ritmo, la empujaba más contra Caelan.
Demasiado cerca. Aferró la crin con fuerza, tratando de concentrarse en la textura de los cabellos gruesos entre sus dedos, en la respiración del animal, en cualquier cosa que no fuera el calor trepando por su columna, el peso de su propia traición recorriéndole la piel.
Él no se apartó. Sabía que ella lo notaba.
Que su cuerpo se tensaba un segundo antes de cada contacto, que su agarre en las crines se volvía más fuerte cada vez que su espalda se hundía contra su torso.
Lo sabía y, aun así, no hizo nada por evitarlo.
—Relájate, mujer —insistió, demasiado cerca de su oído derecho—. Si te esfuerzas tanto en ignorarme, Saor podría empezar a sospechar.
Ella apretó la mandíbula.
«Bastardo».
No lo miró. No reaccionó. Porque eso significaría admitirlo. Y admitirlo significaría que él había ganado.
—¿Saor? —musitó, sin apartar la vista del horizonte—. ¿Libre o salvaje?
—Ambas —respondió él, con un gesto breve.
—Entonces al menos ten el mérito de ponerle nombres honestos a las cosas que crees domar.
Él no sonrió, pero en sus ojos brilló algo más que irritación. Curiosidad. Tal vez peligro.
Cabalgaban hacia la colina que dominaba el valle hacia el sur, donde la hierba alta se mecía como sombras vivas bajo la luna.
Cuando Serenya alzó la vista, no vio solo el horizonte, sino las ruinas.
Lo que alguna vez había sido un pueblo se extendía más allá de la colina, sumido en la quietud espectral de lo que ya no existía.
Restos de casas carbonizadas, vigas rotas como huesos expuestos a la intemperie, calles cubiertas de ceniza.
Caelan tiró suavemente de las riendas, frenando al caballo.
—Allí —señaló de forma áspera, contenida.
Serenya no necesitó que le dijera más. Conocía la historia.
Todos en el Bastión la conocían. No porque alguien se atreviera a contarla a viva voz, sino porque estaba escrita en los libros.
Crónicas de guerra que relataban lo que pasó aquella noche.
Un asentamiento leal a los Virel, reducido a cenizas por Ezryn y sus guerreros en una sola embestida.
No hubo advertencias, no hubo tregua. Solo fuego y gritos ahogados por el crepitar de las llamas.
Sintió la respiración masculina contra su mejilla, la tensión contenida en su postura.